
30 de marzo: Marcha de los trabajadores/as contra la dictadura genocida
Diario Bonaerense
Esa mañana la ciudad de Buenos Aires amaneció sitiada por las fuerzas policiales. En Córdoba capital el Tercer Cuerpo de Ejército patrulló las calles con convoyes de hasta siete vehículos. Espectáculos similares se vivieron en Mendoza, Rosario, San Miguel de Tucumán, Mar del Plata, Neuquén. Las consignas eran “Paz, pan, trabajo” y “Luche y se van”. Los cantos más escuchados y que inundaron el país fueron “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar” y “El pueblo unido, jamás será vencido”.
Los milicos no distinguían quienes participaban de la marcha de quienes salían de sus trabajos o vivían en el centro porteño. Estaban histéricos, desbordados, incrédulos, asombrados por la multitud que los repudiaba y desafiaba. La represión fue brutal en todo el país. Pero en Mendoza fue más sangrienta. La nutrida columna de trabajadores/as que se acercaba al Centro Cívico fue baleada por efectivos de la Gendarmería Nacional que bajaron de un vehículo oficial y dispararon a mansalva. Hubo siete heridos, uno de gravedad. Era José Benedicto Ortiz, secretario general de la Asociación Obrera Minera Argentina. Fue llevado al Hospital Central por sus compañeros pero no sobrevivió a las heridas y murió el 3 de abril.
En la ciudad de Buenos Aires fueron tres horas de corridas interminables, reagrupamiento y volver a encolumnarse para ir a Plaza de Mayo. Gases lacrimógenos y palos por doquier. Una tarde dominada por la transpiración. Esa transpiración que emana de la bronca, el miedo, los cánticos interminables que nos unían aún sin conocernos, las corridas para escapar de la represión y los tercos retornos a las avenidas que nos llevaran a la plaza donde hace muchos años se decide la historia del pueblo argentino.
Salimos encolumnados más de 100 compañeros de un edificio de Gas del Estado ubicado en Alsina y Salta. Doblamos en Santiago del Estero y en la puerta de la Lotería Nacional, la Infantería reprimió con dureza. Zafamos porque continuaron con otro grupo que venía detrás. En ese mismo momento, se producían detenciones masivas en Avenida de Mayo; muchos laburantes fueron trasladados en colectivos de línea requisados por las fuerzas de seguridad. Se intentó llegar a Plaza de Mayo, pero el despliegue de gases y piedras fue disgregando las columnas. Al final de la tarde, el recuento en bares y puntos de encuentro servía para identificar detenidos y heridos. Hubo cinco mil detenciones en toda la ciudad en una jornada infectada de servicios de inteligencia y personal uniformado.
Tras contactar abogados y recorrer varias comisarías, se logró ubicar a los detenidos en distintas seccionales, compartiendo celdas con compañeros de diversos gremios, como los portuarios del SUPA. Las discusiones entre familiares y policías en las dependencias marcaban el clima de una jornada donde ya no quedaba espacio físico para más arrestos. A la noche se realizó el último control para asegurar que todos estuvieran ubicables.
Esa movilización marcó un punto de inflexión. El ardor en los ojos, mezcla de gases y emoción, confirmaba que los trabajadores movilizados habían sido parte fundamental del principio del fin de la dictadura genocida. Ese día se sintió que el régimen empezaba a retirarse.
Un abrazo enorme al Negro Molina, Héctor, Helio, María Teresa, Víctor, Susana, Silvia, Claudio, Viviana, Juan, Tomasito, Omar y a los miles que participaron de aquel día histórico.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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