
31 de mayo: La Revolución de los Siete Jefes, la primera sublevación mestiza en nuestro territorio
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1580, ocurría la también llamada Revolución de los mancebos en el entonces pueblo de Santa Fe de la Vera Cruz, un movimiento que cuestionó la autoridad española en esa región y trató de imponer un gobierno criollo a orillas del Paraná. Pero esa rebelión tiene su historia.
Los mestizos o mancebos de la tierra eran numerosos en Asunción, capital política y administrativa de la Gobernación del Paraguay y del Río de la Plata. Eran jóvenes de madres pertenecientes a los pueblos originarios y padres españoles. No tenían autorización para portar armas ni poseían derechos políticos, y eran discriminados por su origen. Luchaban de manera constante por su reconocimiento como criollos plenos, pero no tenían éxito; los españoles los ninguneaban de forma sistemática.
En ese contexto, el capitán Juan de Garay formó una expedición para fundar una ciudad sobre el río Paraná, aguas abajo. Algunos mancebos lo vieron como una oportunidad y se alistaron. A pesar de las prohibiciones vigentes contra los mestizos, Garay compró 53 arcabuces y los repartió entre la tripulación. A mediados de septiembre partieron y, luego de dos meses de navegación, llegaron a un paraje cercano al río San Javier. El 15 de noviembre de 1573, Garay junto a nueve españoles y setenta mancebos fundaron Santa Fe de la Vera Cruz, en el sitio donde hoy se encuentra la localidad de Cayastá. Aquella era tierra de calchines, abipones y mocovíes, cuya preexistencia quedó debidamente registrada en el acta de fundación.
Tras el establecimiento, se repartieron solares para la construcción de viviendas, chacras para el cultivo de cereales y, en áreas más alejadas, estancias destinadas a la cría de ganado. Los más beneficiados en dicha distribución fueron los españoles, mientras que los mancebos tuvieron que conformarse con los terrenos más distantes y riesgosos. El esfuerzo de estos últimos había sido importante, pero la recompensa resultó escasa. Los puestos políticos también fueron ocupados mayoritariamente por los peninsulares. La bronca fue grande, y los sueños de igualdad anidados en los mancebos comenzaron a desvanecerse.
Con los años, Santa Fe de la Vera Cruz se convertiría en un punto importante en el flujo comercial entre Asunción y el Alto Perú, pero la situación de los mestizos no mejoró de forma sustancial. Juan de Garay viajó hacia Lima en 1576 y, posteriormente, se le encomendó la fundación de otra ciudad más al sur, la actual Buenos Aires. En su lugar, eligió como Teniente de Gobernador al flamenco Simón Xaque. Esta designación potenció el enojo de la mayoría, obviamente mestiza, que comenzó a pergeñar la idea de introducir cambios profundos en la vida social y política del pueblo.
Simultáneamente, el gobernador de Tucumán, Gonzalo de Abreu, reclamaba que su gobernación debía extenderse hasta las orillas del Paraná. En conocimiento de esta situación, dos jóvenes mancebos ensillaron sus caballos y se dirigieron a Tucumán. Se reunieron con Abreu y sellaron un acuerdo por el cual recibirían el apoyo del gobernador si lograban deponer a las autoridades de su pueblo. A cambio, abrirían las puertas para incorporar a Santa Fe a la gobernación de Tucumán.
El 1º de enero de 1580 se produjo el recambio de cabildantes en Santa Fe de la Vera Cruz. La reunión fue sumamente tensa. Un grupo de criollos propuso un alzamiento contra los españoles que detentaban el poder y disponer una orden de arresto contra Juan de Garay y los Vera y Aragón, verdaderos mandamases políticos del lugar. Finalmente, desistieron momentáneamente a la espera de juntar más fuerzas y asegurar el apoyo del gobernador Gonzalo de Abreu. Mientras tanto, continuaron con la conspiración. Los jóvenes comenzaron a reunirse de forma secreta para establecer una estrategia común para la rebelión y acopiar ballestas, espadas, arcabuces y lanzas. Era evidente que el poder político y los mayores beneficios económicos continuarían en manos de la minoría española si no actuaban; no había lugar a dudas.
El 31 de mayo de 1580 estalló finalmente la insurrección. La comandaban siete jóvenes mancebos: Lázaro de Venialvo, Diego de Leiva, Domingo Romero, Pedro Gallego, Diego Ruiz, Rodrigo de Mosquera y Francisco Villalta. El líder del movimiento era de Venialvo. Actuaron con rapidez y sigilo: capturaron al Teniente de Gobernador Simón Xaque, al Alcalde Pedro de Oliver, al Alguacil Mayor Bernabé de Luxán y a Alonso de Vera y Aragón, al tiempo que desarmaron a todos los españoles. Formaron una Junta que congregó a 34 habitantes, y su primer acto fue exigir la igualdad plena entre españoles y mancebos. Luego nombraron Teniente de Gobernador a Cristóbal de Arévalo, un español que mantenía una relación de amistad con ellos, y Maese de Campo a Lázaro de Venialvo. Inmediatamente, Arévalo decretó la prohibición de la salida del pueblo de sus habitantes bajo pena de muerte. Ese acto resultó inconveniente y produjo el enojo de una cantidad considerable de pobladores neutrales.
La tensión en el asentamiento era grande. Los jóvenes habían logrado reducir a los españoles y difundían sus ideas respecto al reparto igualitario de tierras y la posibilidad de tener un gobernante criollo. Sin embargo, cometieron un error táctico al nombrar a un español como Teniente de Gobernador. Sus coterráneos peninsulares se organizaron ante la certeza de perder sus tierras y su poder, y convencieron a Cristóbal de Arévalo de encabezar la traición. Algunos de los propios insurrectos también decidieron traicionar a sus compañeros y aliarse con los españoles.
Primero se dirigieron a la casa de Lázaro de Venialvo. Ante su sorpresa, y sin sospechar el cambio de actitud de quienes lo visitaban, el líder fue apuñalado. En su residencia se encontraban los presos realistas, quienes fueron liberados de inmediato. Luego, los contrarrevolucionarios se enfrentaron a Pedro Gallego, Diego de Leiva y Domingo Romero, quienes, en franca inferioridad numérica, fueron reducidos, apuñalados y decapitados en la plaza pública. Finalmente, persiguieron a Diego Ruiz, lo atraparon y lo llevaron al rollo de la justicia (una columna de piedra con una cruz en su vértice), donde lo enjuiciaron sumariamente y lo degollaron. Las cabezas de los sublevados fueron exhibidas en la entrada y salida del pueblo como muestra de poder y escarmiento ante la rebeldía.
Rodrigo de Mosquera y Francisco Villalta lograron escapar hacia Córdoba y Santiago del Estero, territorios pertenecientes a la gobernación de Tucumán. Sin embargo, allí se habían producido cambios políticos drásticos: Gonzalo de Abreu había sido depuesto y el nuevo gobernador era Hernando de Lerma, quien acusó a los dos jóvenes de traidores y los ejecutó.
Lo sangriento de la contrarrevolución sorprendió a los habitantes de Santa Fe de la Vera Cruz. Las intenciones de los Siete Jefes no eran desmedidas y la reacción oficial resultó desproporcionada. Pese al desenlace, su legado fue heredado por las siguientes generaciones. En 1592, Hernando Arias de Saavedra, popularmente conocido como Hernandarias, se convirtió en el primer criollo en ejercer como Teniente de Gobernador de Asunción. En 1593 ocupó el cargo de gobernador interino del Río de la Plata; entre 1594 y 1596 fue designado Teniente de Gobernador de Santa Fe de la Vera Cruz; y entre 1596 y 1618 ejerció como Gobernador del Paraguay y del Río de la Plata, región que, a partir de ese último año y por su petición expresa, fue dividida en dos territorios autónomos.
Los Siete Jefes no intentaban separarse de la Corona de España ni encolumnar a otras ciudades tras de sí; solo buscaban igualdad de trato, un reparto justo de las tierras y un gobierno representativo para las mayorías de su pueblo. Fue un intento fatal que concluyó de forma abrupta, pero no fue en vano: su espíritu de equidad fue el que triunfó décadas después en un territorio de indiscutible mayoría mestiza. Es más, la provincia de Santa Fe, junto a Córdoba, Entre Ríos, Corrientes, la Banda Oriental y la comandancia de los pueblos de Misiones, conformaron la Liga Federal o Liga de los Pueblos Libres entre 1814 y 1816, constituyendo otro hito de autonomía frente al poder centralizado de Buenos Aires.
En la actualidad, algunas calles de la ciudad de Santa Fe llevan los nombres de estos jóvenes, y un destacado barrio costero se denomina Siete Jefes. Lo mismo ocurre en las localidades de Cayastá, Pilar y Sa Pereira. Además, un club de la Liga Independiente de Fútbol de la ciudad de Santa Fe lleva su nombre colectivo, y la fecha del acontecimiento sigue estampada de forma permanente en la parte superior del escudo oficial de la provincia. De esa historia también venimos.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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