14 de julio: La Toma de la Bastilla y el grito eterno de libertad, igualdad y fraternidad

Un día como hoy, pero de 1789, el pueblo de París tomó por las armas la fortaleza medieval conocida como La Bastilla, una prisión que durante 400 años había sido el máximo símbolo del despotismo monárquico. Aquella jornada no solo marcó el colapso del Antiguo Régimen, sino que dio inicio a la Revolución Francesa, un hito histórico cuyo legado de derechos universales sigue interpelando a la humanidad en la actualidad.
Las Efemérides del "Pelícano"Hace 1 horaDiario BonaerenseDiario Bonaerense

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Un día como hoy, pero de 1789, el pueblo de París tomó por las armas la fortaleza medieval conocida como La Bastilla, que había sido durante 400 años una prisión donde muchas víctimas pagaron con sus vidas el despotismo de los reyes. No fue un hecho de importancia militar o estratégica, sino simbólico. Ese día marcó el final del Antiguo Régimen y el inicio de la Revolución Francesa. 

Los poderosos no quisieron crear un impuesto a los más ricos y, entonces, aumentaron el pan y los alimentos de manera brutal. Hacía calor y en las calles se veía a muchos pobres mendigando, prostitutas desesperadas y tejedoras alteradas. También había mucha discusión y arengas inflamadas que pretendían erigirse en solución, hasta que se detectó el símbolo de la dominación: La Bastilla. 

En su interior había solo siete presos, pero la batalla por su conquista duró cuatro horas. El rey se negaba a entregarla, hasta que cayó. En ese momento, los cuerpos sintieron la sensación de victoria. Lo que vino después se puede leer en los libros; lo que quedó para siempre es que la libertad, la igualdad y la fraternidad pueden cambiar el mundo. 

Este día emblemático tiene su historia. Francia era gobernada por una monarquía absolutista cuyo poder “provenía” de una decisión divina (se decía que el rey curaba enfermedades y hasta la tartamudez), y su apoyo social eran la nobleza y el clero, que representaban el 3% de la población. El otro 97% constituía el Tercer Estado: eran los artesanos y trabajadores, la pequeña y mediana burguesía, los campesinos y los pobres de la ciudad y el campo. 

No obstante, hacía algunos años se difundían ideas y textos que intentaban confrontar con esa realidad asfixiante. La novedosa visión emanada de la Enciclopedia de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, la teoría de división de poderes que expuso Montesquieu en El espíritu de las leyes, la censura al poder y al fanatismo de la Iglesia que expresaban los libros de Voltaire, o el principio de soberanía popular que planteó Jean-Jacques Rousseau en El contrato social, eran claros ejemplos. 

Por otra parte, la monarquía estaba en problemas con la realidad. El crecimiento de la industria y el comercio resultaba contradictorio con el sistema de normas económicas imperantes; el feudalismo y la pobreza extrema del campesinado francés eran intolerables, y la exención de impuestos para los estamentos sociales más poderosos, injustificable. El déficit financiero causado por el apoyo a los independentistas de Norteamérica que luchaban contra los ingleses y los disparatados gastos de la corte de Versalles eran inviables, y la presión fiscal para equilibrarlo era insoportable. 

Por último, la existencia de una sequía extendida durante la década de 1780 provocó la suba descontrolada de los precios de artículos básicos para la subsistencia, lo que implicó motines y revueltas. En ese contexto insostenible, el 5 de julio de 1788 el rey convocó a la reunión de los Estados Generales para mayo del año siguiente y nombró a Jacques Necker como ministro de Finanzas. Este cuerpo no había sido convocado en los últimos 170 años y el rey Luis XVI hizo una trampa: convocaba a elegir a los representantes, pero nada decía sobre cómo se computarían los votos en dicha reunión. 

El 5 de mayo de 1789 fue el día elegido. El clero y los nobles pretendían el voto por estamento social, mientras que el pueblo y los burgueses (el Tercer Estado) pretendían el voto individual de cada representante electo. El conflicto estalló. La mayoría popular (577 consejeros) se constituyó en Asamblea Nacional, se trasladó al frontón Tripot, en Versalles, y el 20 de junio pronunciaron el Juramento del Juego de Pelota, en el que se comprometieron a seguir unidos hasta dotar a Francia de una Constitución. 

Algunos representantes del bajo clero y nobles de ideas liberales se unieron al grupo republicano. El rey cedió. El 27 de junio ordenó a la nobleza y a la Iglesia incorporarse a la Asamblea Nacional. No obstante, acuarteló a 20.000 soldados (la mayoría mercenarios suizos y alemanes) en Versalles, en otro intento intimidatorio. El 10 de julio, los representantes de París electos para la reunión de los Estados Generales decidieron constituirse en un nuevo poder municipal y formar la Guardia Nacional para enfrentarse a la posible represión. 

El 11 de julio, Luis XVI desplegó sus fuerzas en Versalles, Sèvres, el Campo de Marte y Saint-Denis, y destituyó al ministro de Finanzas, Jacques Necker, proclive a ejecutar ciertas reformas y única esperanza de la burguesía y el pueblo. La noticia se conoció el 12 de julio; una muchedumbre de 10.000 personas rodeó a un destacamento de la caballería alemana y hubo un largo enfrentamiento con piedras. La Guardia Francesa recibió la orden de reprimir, pero los suboficiales —opuestos a esa orden imperial— tomaron el control de la fuerza y los oficiales cedieron. Otra manifestación irrumpió en los jardines del Palacio Real y recorrió la ciudad vestida de negro y con un busto de Necker. París ya era un polvorín. 

El 13 de julio fueron incendiados cuarenta de los cincuenta puestos de control en las entradas de la ciudad. A la tarde, la muchedumbre rodeó el Ayuntamiento de París, logró que se repartieran algunas armas y que se ampliara la Guardia Nacional a un número de 48.000 componentes. El problema era que, en su gran mayoría, estaban desarmados y había que remediar esa debilidad. Mientras tanto, la Asamblea Nacional se declaraba en sesión permanente en Versalles. 

El 14 de julio por la mañana, con el periodista Camille Desmoulins a la cabeza, unas 100.000 personas se dirigieron al arsenal de la Marina ubicado en Los Inválidos y tomaron las armas: 30.000 mosquetes sin pólvora o munición, 12 cañones y un mortero. La custodia del arsenal no estuvo dispuesta a enfrentarse a la multitud. A unos centenares de metros se encontraban otros regimientos de caballería, de infantería y de artillería que también se negaron a reprimir. La multitud se dirigió a La Bastilla; allí había 13.600 kilos de pólvora, necesarios para sostener la rebelión.

Hubo cuatro intentos de negociación con la guarnición que defendía el lugar, constituida por 82 hombres que contaban con 18 cañones de alto poder de fuego. Todas las negociaciones fueron estériles. A las 13:30 comenzaron las escaramuzas en el patio exterior. A las 15:00 horas, el alcaide Bernard-René, marqués de Launay, ordenó el comienzo de los cañonazos contra los revolucionarios.

En el ínterin, integrantes de la Guardia Francesa se sumaron a la insurrección. Fue una masacre, pero la multitud no retrocedió hasta que a las 17:00 horas la guarnición se rindió. El saldo fue de 97 muertos y 83 heridos entre los atacantes. A las 17:30 horas se abrieron las puertas del presidio, la gente entró, liberó a los 7 presos, detuvo a la guarnición y la trasladó al Ayuntamiento de París. En el camino, el marqués de Launay fue apuñado y degollado. Su cabeza fue clavada en una pica y exhibida en el trayecto. Tres guardias y dos mercenarios suizos fueron asesinados. La indignación era incontenible. 

Al día siguiente, el rey reconoció su derrota, instruyó la desconcentración de sus tropas y restituyó al ministro de Finanzas. Se eligió un nuevo alcalde de París, el marqués de La Fayette asumió el mando de la Guardia Nacional y se instauró la escarapela azul, blanca y roja como símbolo distintivo. La revolución parisina se extendió al resto de Francia; se organizaron los municipios y los propios cuerpos de guardias nacionales. La revolución había triunfado. 

Luego vendrían los decretos del 4 y 11 de agosto que suprimieron los derechos feudales, abolieron las prebendas del clero y permitieron la confiscación de sus propiedades, y eliminaron el diezmo. El 26 de agosto se votó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que establecía los principios de libertad, igualdad, inviolabilidad de la propiedad y resistencia a la opresión. También se demolió La Bastilla, se crearon los tribunales populares, se utilizó la guillotina y se estableció la Constitución que consolidó nuevas relaciones políticas y sociales. No se cumplieron todos los anhelos revolucionarios, pero el feudalismo quedó sepultado. 

El 14 de julio fue un gran triunfo de la movilización popular que trascendió a su época y cuyo legado todavía debemos recuperar plenamente como humanidad. Ese día, la inmensa mayoría de la gente que vivía en París se sintió feliz y fue parte de un viaje que recorrió el mundo y todavía lo recorre. No terminó de cumplirse totalmente, pero fue un avance de proporciones inimaginables para la humanidad. 

La historia nos demuestra que falta libertad, igualdad y fraternidad en todos los rincones del planeta, y que debemos aprender cómo lograrlo. En tiempos recientes, un pequeño virus develó la profundidad de las injusticias que soportamos, la codicia de los poderosos, lo perjudicial que es el individualismo imperante y lo frágiles que somos.

Sigamos remando sin perder el coraje ni el humor. Algún día encontraremos el rumbo preciso y daremos la vuelta olímpica. Nosotros o los que nos sigan en el tiempo.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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