
11 de julio: Aníbal Troilo, el alma y el bandoneón mayor de Buenos Aires
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1914, nacía Aníbal Carmelo Troilo, bandoneonista, compositor y director de orquesta que perfeccionó la composición tanguera y llevó los acordes del suburbio y el barrio al centro porteño con un stop en el Teatro Colón.
Nació en el barrio del Abasto. Fue hijo de Felisa Bagnoli, descendiente de italianos de Campobasso, y de Aníbal Troilo, proveniente de la zona de Chieti, cerca de Pescara. Pichuco quedó huérfano de padre a los ocho años y se mudó con su familia a una casa de Soler y Gallo. Era un asiduo concurrente “de vereda” para escuchar a los músicos de los bares del barrio. Su primer encuentro cercano con un bandoneón fue a los nueve años, en un picnic que organizaba la sociedad “La Fanfarria” en el Hipódromo Nacional (actual estadio de River Plate). Quedó prendado. Cuando los músicos fueron a comer un asado, él puso el bandoneón en sus piernas y se generó el embrujo que marcaría su destino.
En 1930 comenzó a jugar en la primera división del tango. Formó parte del sexteto del violinista Elvino Vardaro, con Osvaldo Pugliese en el piano, Pichuco y Miguel Jurado (después reemplazado por Ciriaco Ortiz) en bandoneones, Alfredo Gobbi en segundo violín y Luis Addesso en contrabajo. En ese momento decidió abandonar los estudios que cursaba en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, donde había llegado a tercer año.
Luego deambuló por las orquestas de Pacho Maglio, Julio de Caro, Juan D'Arienzo, Ángel D'Agostino y Juan Carlos Cobián. Hasta que en 1937 el dueño de Marabú, la boite mayor de Buenos Aires, le pidió que formara una orquesta. El 1º de julio debutó con su formación, cuyo cantor era su gran amigo Francisco Fiorentino, y tembló el centro porteño. Allí conoció al amor de su vida, la griega Ida Dudui Kalacci, Zita. Se casaron por civil al año siguiente, unos meses antes de la muerte de la madre de Pichuco, pero compartieron vivienda solo cuando doña Felisa falleció. Formaron una pareja pasional, emblemática, turbulenta, escandalosa y divertida; cada uno fue la otra mitad del otro.
En esa época descollaban los cantores y las orquestas eran afiatadas, pero se bailaba poco. Hasta que llegó Juan D’Arienzo y le imprimió a la orquesta un ritmo frenético que se traducía en el compás de los bailarines que abarrotaban los salones. Troilo mascullaba. Se encontraba entre ese ritmo magnético y el tango de salón de Osvaldo Fresedo. Sentía que el tango debía equilibrar las cargas. Y encontró una síntesis entre la orquesta y el cantor para que disfrutaran los bailarines. Surgió el compositor exquisito, el director que marcaba el estilo y el bandoneón insignia.
También fue la era del sólido respaldo del piano de Orlando Goñi, “El mariscal del tango”, que marcaba el tempo y decoraba la base de los temas con los graves imponentes. Y luego, la brillantez y la garra tanguera de otro pianista excepcional, José Basso. Por último, se consolidó la división del trabajo entre directores y arregladores. Aparecieron junto al maestro nombres como Argentino Galván, Emilio Balcarce y Astor Piazzolla.
Una parada obligada en su biografía fue su amistad con Julián Centeya, quien lo iba a buscar a su casa, le pedía que se armara del bandoneón y fuera con él a visitar a los presos. Su tournée era variada: la Penitenciaría Nacional de la avenida Las Heras, Caseros, Mercedes. Llegaban y desgranaban tangos, milongas y poesía lunfarda. Era el momento donde la bruma y el hastío se disipaban, donde el barrio volvía en sonidos y palabras reconocibles, donde el idioma era común y la música acariciaba el alma. Como les decía Julián: “Entre ustedes que están afuera y nosotros que estamos adentro (de la ley), vamos a chamuyarla un poco lunga”. Arrancaban arriba de una tarima y la tarde se transformaba.
Volviendo al tango, en 1953 formó un dúo con el guitarrista Roberto Grela y, juntos, volvieron al origen tanguero. Tocar “a la parrilla”, es decir, sin arreglos escritos, solo a base de ensayos, con composiciones simples pero no obvias, sin piano ni violín; y cuando se transformó en cuarteto, incorporaron guitarrón y contrabajo. De allí surgieron versiones de “La cachila”, “La maleva”, “El abrojito”, “A Pedro Maffia”, “Mi refugio”, “Taconeando” y “Sobre el pucho”. Un verdadero lujo.
A finales de los años 50 y mediados de los 60 abandonó paulatinamente el protagonismo como ejecutante y privilegió su rol de director. Incorporó cantantes que marcarían estilos como Roberto Rufino, Roberto Goyeneche, Elba Berón, Tito Reyes y Nelly Vázquez. Y sería el momento de “La última curda” (con letra de Cátulo Castillo), “Te llaman malevo”, “¿Y a mí qué?”, “Desencuentro”, “Yo soy del treinta”, “Milonguero triste”, la excepcional “Nocturno a mi barrio”, “Milonga de La Parda” y “El último farol”.
Después resistió los embates del Club del Clan y del rock and roll desde el mítico local Caño 14, con su cuarteto formado por Ubaldo de Lío en guitarra, Osvaldo Berlingieri en piano (después reemplazado por José Colángelo) y Rafael Del Bagno en contrabajo. Fuera de esta formación, sus últimas composiciones fueron “Fechoría”, “Una canción”, “La patraña”, "Fujiyama” y “Tu penúltimo tango”, con letra de Horacio Ferrer.
Pichuco tuvo un diferencial que lo distinguió: siempre fue a más. Las composiciones crecieron hasta el final, su adaptabilidad a los sonidos de la ciudad y a los gustos del oyente fueron notables, y su raigambre tanguera no se debilitó a pesar de los cambios estructurales del género. Parecía que la agudeza de su oído mejoraba con la edad y su olfato para el gusto popular se perfeccionaba. Poseía un fraseo impecable, capacidad para ejecutar solos con extrema delicadeza y volumen bajo (como si llamara al oyente para escucharlo en confidencia), ejecución clara, ritmo llevador, armonía simple, belleza melódica y composiciones complejas pero de una notable esencia tanguera.
El 18 de mayo de 1975 se despidió de este mundo. Era una noche fría. La ciudad se iba paralizando a medida que se conocía la noticia. Los tangueros y las tangueras derramaron un lagrimón gigante. A nuestra música ciudadana se le hizo un vacío enorme. Los bandoneones se entristecieron, las orquestas hicieron un silencio respetuoso y las milongas se vistieron de luto.
Nos dejó su sonrisa somnolienta y sus composiciones indelebles que nos siguen otorgando identidad. Callejero empedernido, aficionado al whisky, a las carreras de caballos, a la buena comida, a las sobremesas largas y a las escapadas improvisadas, fue un hombre instintivo, cultor de amistades blindadas, generoso al extremo (por demás, decía Zita), noble, buen tipo, sensible, socio número 814 de su amado Club Atlético River Plate y profundamente estudioso y alegre. Sin duda, fue un integrante destacado de nuestro imaginario popular.
¡Salud, Pichuco! Gracias por darle vuelo a la música del barrio y del suburbio, por tu suavidad para encontrarle cabida a los cambios sin dejar de ser tanguero, por codearte con el lunfardo y la academia sin despeinarte, y por dejarnos esa imagen eterna: con los ojos cerrados y la cara de costado, tocando el bandoneón como nadie más podrá hacerlo.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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