8 de julio: Brassaï, el fotógrafo nocturno que se convirtió en el ojo de París

A más de cuatro décadas de su partida, recordamos a Gyula Halász, el artista multidisciplinar húngaro que revolucionó la fotografía del siglo XX. Con su lente capturó la elegancia, el misterio y los submundos de la noche parisina de entreguerras, transformando la niebla, los adoquines y los personajes marginales en obras de arte imperecederas.
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8.7 Biografia-de-Brassai

Un día como hoy, pero de 1984, se despedía Gyula Halász —cuyo seudónimo era Brassaï en honor a su lugar de nacimiento—, fotógrafo autodidacta, periodista, ilustrador, escultor, escritor y cineasta húngaro, considerado uno de los más grandes artistas de la lente del siglo XX, quien retrató como pocos la vitalidad y el lado oscuro de París. 

Nació en 1899 en Brassó, una ciudad de Transilvania que en esa época pertenecía al Imperio austrohúngaro (hoy denominada Brașov y perteneciente a Rumania). Fue el hijo mayor del matrimonio conformado por Mathilde Verzar, de ascendencia armenia y religión católica, y Gyula Halász, profesor de literatura. Cursó sus estudios en su ciudad natal, donde demostró un gran talento para el dibujo y un sólido dominio del húngaro, el francés y el alemán. 

Durante la Primera Guerra Mundial se refugió con su familia en Budapest, donde terminó sus estudios secundarios y se graduó. A pesar de la continuidad de las hostilidades, prosiguió sus estudios de pintura y escultura en la Academia Húngara de Bellas Artes de Budapest. En el otoño de 1917 fue convocado al servicio militar e incorporado al regimiento de caballería austrohúngaro, pero un esguince de rodilla y su posterior período de recuperación en un hospital militar evitaron su participación en los combates. Finalizada la conflagración se alistó en el Ejército Rojo húngaro, en apoyo de la efímera República Soviética de Hungría, que duró tan solo 133 días y fue reemplazada por un gobierno conservador con su consecuente secuela represora. 

Ante este panorama huyó a Berlín, donde trabajó como periodista para periódicos húngaros e ingresó a la Academia de Bellas Artes de Berlín-Charlottenburg, institución en la que profundizó sus conocimientos de pintura, música, teatro, literatura y poesía. En 1924 viró su brújula y enfiló hacia París; allí se reencontró con amigos húngaros de su estadía berlinesa y se instaló en el barrio de Montparnasse.

Perfeccionó su francés y reincidió en su trabajo periodístico para diarios alemanes y húngaros. Incorporó caricaturas y fotografías dibujadas a sus artículos en una época en la que la fotografía comenzaba a reemplazar a las ilustraciones. Creó su propio estudio y luego se asoció con la agencia de fotografía alemana Mauritius Verlag. En 1925 llegó a París el experimentado fotógrafo húngaro André Kertész, quien se acercó a Gyula, lo introdujo en los secretos de la fotografía nocturna y lo llevó a colaborar con el semanario francés Vu. Fue entonces cuando Halász abandonó su inclinación por la pintura y la escultura para sumergirse por completo en el mundo de la fotografía. Así nacía Brassaï. 

Formó parte de una pléyade de fotógrafos de entreguerras que, por razones desconocidas, eran casi todos húngaros: László Moholy-Nagy, György Kepes, André Kertész, Károly Escher, Martín Muncácksi, Zoltán Glass, Ata Kandó, Lucien Hervé y el gran Robert Capa (Endre Ernö Friedmann), quien llegó a decir: “Para ser un gran fotógrafo, primero y antes que nada, se necesita ser húngaro”. Su grupo de amigos, a quienes también retrataba, se ensanchaba continuamente con figuras de la talla de los pintores Pablo Picasso, Henri Matisse y Joan Miró; el escultor Alberto Giacometti; los escritores Jean Genet y Henry Miller; el ensayista Léon-Paul Fargue; y los poetas Jacques Prévert y Henri Michaux. 

En esa época conoció al gran fotógrafo de la arquitectura y las calles parisinas de fines del siglo XIX y principios del veinte, Eugène Atget, quien ejerció una notable influencia en su estilo. Las imágenes de Brassaï eran cada vez más requeridas y comenzó a colaborar con publicaciones como Paris Magazine, Pour lire à deux, Scandale, Voilà y Regards. Su fuerte era la combinación del mundo delictivo y la sexualidad. También trabajó en la revista de arte Minotaure, refugio de los surrealistas, donde trabó amistad con Man Ray, Salvador Dalí, Paul Éluard y André Breton. Era otro mundo y otra visión, una oportunidad única de conocer los misterios de ese universo mágico.

En 1933 lanzó una recopilación de fotos en su libro titulado Paris de nuit (París de noche), que significó un verdadero impacto al plexo. Era el mundo del blanco y negro, el reino de los adoquines, las veredas parisinas, las sombras, las siluetas sugerentes y el imperio de la lluvia y la niebla; una conjunción de elegancia y sordidez, paz y misterio. El trabajo representó una revolución técnica para una época ansiosa de arte desacralizado. Tres años más tarde publicó Voluptés de Paris (Placeres de París), donde retrató a las prostitutas callejeras, los bailes gais, los maleantes con trajes y gorras oscuras, y a la vapuleada comunidad portuguesa, trabajadora y pobre, junto a "Kiki", la reina de Montparnasse, el Casino de Paris y otros lugares de encuentro citadino. Aunque su intención artística se vio enfrentada a la interpretación superficial y voyerista que inicialmente tuvo su trabajo, aquello le sirvió de aprendizaje para sus futuros retratos.

Con esos reparos continuó su búsqueda de imágenes tanto en el submundo parisino como en los encuentros de la aristocracia y la burguesía. Registró clubes, burdeles, prostitutas esperando clientes con dignidad y elegancia callejera, bares y cafeterías con mujeres fumando de forma desafiante y seductora, cuerpos inertes en la calle, policías pétreos, amantes, besos robados en esquinas solitarias de faroles tenues y pasos perdidos. En paralelo, retrató desfiles de moda, vestidos caros, salones de fiesta, restaurantes y plateas de teatro. La cotidianidad, los disloques sociales, las lejanías y la nocturnidad variopinta quedaron retratados sin filtro.

Su manera de trabajar con la cámara era sumamente personal. En las escenas exteriores, su tiempo de obturación tenía como medida la duración de un cigarrillo. En interiores, colocaba su cámara en un trípode, abría el obturador y, de forma aleatoria, disparaba un destello de luz.

De golpe, se presentó la Segunda Guerra Mundial. Brassaï resistió en París; obtuvo documentos rumanos falsos y trabajó en un encargo clandestino de su amigo Picasso: fotografiar esculturas para un libro en ciernes. Además, se enfrascó en el dibujo, también por impulso del pintor malagueño. En 1945 pudo exponer esas ilustraciones en su ciudad adoptiva con relativo éxito.

En 1949 adquirió la nacionalidad francesa y se casó con la fotógrafa Gilberte-Mercédès Boyer, quien tuvo una gran influencia en su estilo de trabajo futuro. Comenzó a desempeñarse para la revista estadounidense Harper's Bazaar, lo que le permitió encontrarse con nuevas realidades que implicaron otros desafíos artísticos. De este modo, exploró diferentes estéticas y realidades callejeras y arquitectónicas en los Estados Unidos, Brasil, España, Escocia, Italia, Marruecos, Grecia y Turquía.

En 1956 estrenó el film Mientras haya animales, el cual recibió el premio a la película más original en el Festival de Cannes. Tampoco se privó de la escritura: publicó diecisiete libros, entre los que se destacaron Historia de María y Conversaciones con Picasso. En 1961 publicó Graffiti, una colección de fotografías de los gritos y arañazos en las paredes parisinas, capturadas durante tres décadas. Como coleccionista empedernido de imágenes y objetos, pudo generar una secuencia fotográfica que colocó a esa veta artística en otra escala de consideración, siendo uno de los primeros retratistas en considerarla un arte.

Brassaï dejó de tomar fotografías profesionales en 1962, coincidiendo con el fallecimiento de Carmel Snow, la editora de Harper's Bazaar en Nueva York. Au revoir...

Si Eugène Atget capturó la esencia del viejo París y Robert Doisneau registró el lado más leve del París diurno en la posguerra, Brassaï retrató el mundo saturado de entreguerras, a sus criaturas nocturnas y esa luz difusa que emana belleza húmeda, intriga, violencia, amor y espesura.

En el verano de 1984 guardó su cámara definitivamente en Beaulieu-sur-Mer, en la región de Alpes Marítimos, al sur de Francia. Quizás fue de noche, rodeado de mundos retratados con maestría directa y de una instantánea enorme llena de personajes anónimos que lo saludaron agradecidos.

¡Salud, Brassaï! Por iluminar la enigmática oscuridad nocturna, que no solo se compone de luna y estrellas…

Ruben Ruiz - El Pelícano

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