12 de julio: René Favaloro, el médico que curó muchos corazones y entregó el suyo

Un día como hoy, pero de 1923, nacía René Gerónimo Favaloro, el cardiocirujano, educador, escritor e inventor argentino que revolucionó el tratamiento de las enfermedades coronarias. Su desarrollo de la técnica del bypass vascular cambió la historia de la medicina mundial y su profundo humanismo dejó una huella imborrable en la sociedad.
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Un día como hoy, pero de 1923, nacía René Gerónimo Favaloro, cardiocirujano, educador, escritor e inventor argentino que desarrolló la técnica del bypass coronario mediante la utilización de la arteria mamaria interna y revolucionó el tratamiento de las enfermedades coronarias. 

Nació en la ciudad de La Plata, más precisamente en el barrio El Mondongo. Fue hijo de Geni Ida Raffaelli, modista, y de Juan Bautista Favaloro, carpintero. Sus padres eran inmigrantes italianos humildes, esforzados y honestos que sostenían la perseverancia y el esfuerzo como principios vitales. Cesárea, su abuela materna, fue su primera maestra en el vínculo con la naturaleza y el amor por su tierra. 

Cursó los estudios primarios en la Escuela Nº 45 y la secundaria en el Colegio Nacional Rafael Hernández, uno de los cuatro establecimientos dependientes de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Posteriormente, ingresó a la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP y, a partir del tercer año, comenzó el practicantado (residencia) en el Hospital Policlínico, donde ingresaban los casos más complicados de la provincia de Buenos Aires. Fue una escuela de magnitudes impensadas. Allí adquirió un panorama de múltiples patologías y tratamientos, lo que definió su vida profesional. 

Fueron dos años de aprendizaje continuo y esfuerzo tenaz. Además, se mezclaba con los alumnos del último año de la carrera y presenciaba operaciones de profesores como José María Mainetti o Federico E. B. Christmann, de quienes aprendió las ansias de renovación y las técnicas que aplicaría en su futuro como médico. En 1949 se recibió y accedió al cargo de médico auxiliar en forma interina en el mismo Hospital Policlínico. A los pocos meses fue convocado para comunicarle su designación como titular. Parecía que los planetas se alineaban; sin embargo, el diablo metió la cola. En la ficha de confirmación al cargo se exigía que el profesional aceptara la doctrina gubernamental. Favaloro respondió que lo pensaría y finalmente no aceptó ser parte de ese mecanismo. 

Al año siguiente recibió una carta de su tío que vivía en Jacinto Arauz, un pueblo de 3500 habitantes en la provincia de La Pampa. En ella le explicaba que el único médico del lugar, Dardo Rachou Vega, estaba enfermo y debía realizar un tratamiento en la ciudad de Buenos Aires, por lo que le pedía a su sobrino que lo reemplazara por unos meses. En mayo de 1950, Favaloro llegó al pueblo. Fue conociendo a los pacientes, en su mayoría obreros rurales, e incorporando las costumbres del lugar. A los pocos meses, el doctor Rachou falleció de un cáncer de pulmón y, entonces, Favaloro se asentó en ese alejado territorio del sudeste pampeano. El 18 de noviembre se casó con su novia de la adolescencia, María Antonia Delgado, y comenzaron su vida en común en la interminable llanura. 

Al poco tiempo se incorporó su hermano médico, Juan José. Ambos transformaron una vieja casona en un centro asistencial de 23 camas con el equipamiento acorde y cambiaron las coordenadas sanitarias de la zona. Bajo su gestión, casi desapareció la mortalidad infantil, la desnutrición y las infecciones que arreciaban durante los partos; además, crearon un banco de sangre y enseñaron pautas para el cuidado de la salud a través de charlas comunitarias permanentes. Fueron 12 años de práctica constante, en condiciones precarias y con una alta dosis de eficacia. 

Durante esa etapa, Favaloro también realizaba cursos de capacitación en La Plata y seguía los adelantos técnicos mediante revistas especializadas. Se interesó en las incipientes intervenciones cardiovasculares y en la cirugía torácica. Mascullaba la idea de cerrar la etapa de médico rural para incursionar en la especialización como cirujano. 

Con recomendaciones de sus profesores llegó a los Estados Unidos en 1962. Ingresó como residente en el servicio de Cirugía Torácica y Cardiovascular de la Cleveland Clinic y luego formó parte del equipo de cirugía. Al principio se concentró en las enfermedades cardiovasculares y congénitas pero, de a poco, se interesó por las técnicas diagnósticas de enfermedades coronarias y vasculares graves, y por el estudio de la anatomía de las arterias coronarias y su relación con el músculo cardíaco. Luego de su turno en la clínica, se pasaba horas repasando bibliografía y evaluando ensayos. Empezaba así su carrera con la revascularización miocárdica. 

En 1966 realizó la disección de las arterias mamarias internas, paso indispensable para efectuar el primer doble implante de arteria mamaria interna. Para ello, diseñó un estabilizador especial (popularmente conocido como estabilizador de Favaloro) que permitía separar los tejidos y visualizar la arteria mamaria en toda su extensión para facilitar su conexión a la arteria descendente anterior. Los resultados iniciales fueron mixtos: se registró una mortalidad postoperatoria razonable en los pacientes con obstrucciones en la arteria derecha, pero una alta mortalidad entre los que padecían obstrucción del tronco de la arteria coronaria izquierda. 

En 1967 varió su enfoque. Pensó en la oportunidad de utilizar la vena safena en la cirugía coronaria. En mayo empleó, por primera vez, una vena tomada de la pierna del paciente para rodear una obstrucción de las arterias del corazón y restablecer completamente la irrigación sanguínea. Fue una revolución. La vida de los pacientes cambió en forma radical: nacía el bypass coronario. 

Al año siguiente perfeccionó el mecanismo de bypass de la arteria coronaria con injerto y luego realizó un bypass doble (arteria coronaria derecha y arteria descendente anterior) que abrió las puertas para la realización de múltiples bypass. Para 1970 se habían realizado 1086 bypass de la arteria coronaria con injerto con una mortalidad de solo un 4,2%. La cirugía cardiovascular había dado un paso gigante. 

No obstante, bullía en su cabeza la idea de replicar esta experiencia en su país. Habían sido diez años de interactuar con la élite de la cirugía cardiovascular y hacer su aporte; ahora era el turno del fin del mundo. En 1971 regresó a la Argentina y operó en el Sanatorio Güemes, donde fue colega del doctor Luis de la Fuente, impulsor de la angioplastia con stent y medicamento, de la neoarteria y de las células madre. Con él discutió la idea de crear un centro de excelencia que combinara la atención médica, la investigación y la educación. 

Así fue que en 1975, junto a otros colegas, creó la Fundación Favaloro, que funcionó como clínica y centro de capacitación. En el año 1980 fundó el Laboratorio de Investigación Básica (mantenido con dinero propio), dependiente del Departamento de Investigación y Docencia de la Fundación, que luego se convirtió en el Instituto de Investigación en Ciencias Básicas del Instituto Universitario de Ciencias Biomédicas. En 1992 se inauguró una entidad sin fines de lucro: el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro. 

Su lema fue “tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico» y la institución se especializó en cardiología, cirugía cardiovascular y trasplantes cardíacos, pulmonares, cardiopulmonares, hepáticos, renales y de médula ósea, entre otras áreas. Finalmente, en agosto de 1998, nació la Universidad Favaloro. El proyecto avanzaba a velocidad de crucero, pero con el complejo trasfondo de la economía argentina. 

En 1984 también había sido convocado por el presidente Raúl Alfonsín para integrar la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). Sin embargo, presentó su renuncia in limine. Las razones nunca estuvieron claras y se tejieron muchas versiones al respecto: algunas razonables, otras contradictorias y otras criticables, pero él jamás las aclaró.

Llegó el año 2000 y la Argentina estaba sumergida en una profunda crisis. La Fundación Favaloro no rechazaba a ningún paciente. La vida laboral interna estaba tensionada por la decisión innegociable de ofrecer prestaciones de máxima calidad a todos y todas, frente a la imposibilidad material de hacer frente al pago total de salarios y de insumos. El PAMI y las obras sociales no cumplían con sus pagos y la deuda de la institución ascendía a 75 millones de dólares. La situación era crítica. Solicitó reiteradas ayudas al gobierno nacional y nunca tuvo respuesta. Denunció en reiteradas oportunidades el pedido de coimas de algunas obras sociales, pero pocos lo quisieron escuchar. 

Acorralado y cansado de sentirse mendigo en su propio país —según sus propias palabras—, ingresó al baño de su casa y se descerrajó un tiro en el corazón. Su Fundación quebraba, mientras sus acreedores se escabullían y reaparecían sin pudor a la vista de todos. Su decisión fatal fue coherente con su inflexible línea ética. 

Humilde, apasionado, disciplinado, estoico, polémico, exigente con sus pares, antiperonista público, fanático de Gimnasia y Esgrima La Plata, médico siempre presente con los de abajo, docente campechano y heredero de la paciencia y el método artesanal del carpintero. René Favaloro fue un hombre trágicamente argentino.

¡Salud, Favaloro! Gracias por tu intrepidez, por tu capacidad para curar, por tu sabiduría para aprender y enseñar, por tu honestidad brutal y por tu agónico final que aún hoy permanece como una advertencia para todo el país.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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