
3 de junio: Manuel Belgrano, abanderado del coraje cívico pintado de celeste y blanco
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1770, nacía Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, abogado, economista, periodista, diplomático, militar improvisado por las circunstancias, creador de nuestra bandera nacional, impulsor de la educación y figura central del proceso de la independencia de nuestro país.
Nació en Buenos Aires, siendo el cuarto hijo de un total de quince hermanos. Su madre era María Josefa González Casero, de ascendencia santiagueña y guaraní, y su padre era el genovés —oriundo de Omeglia— Doménico Belgrano Peri, un comerciante que había arribado en 1751 al Río de la Plata y que había alcanzado cierto grado de opulencia con su actividad.
Manuel Belgrano cursó sus estudios en el Real Colegio de San Carlos (actual Colegio Nacional de Buenos Aires) y, a los 16 años, partió a España para estudiar Derecho en las universidades de Salamanca y Valladolid, donde se graduó como bachiller en Leyes en 1793. Durante los últimos cuatro años de estudios realizó pasantías de abogado en Madrid que le permitieron acceder a la licenciatura en Leyes. Su trabajo fue públicamente reconocido y obtuvo la autorización papal para leer literatura “prohibida”. Su interés se centraba en la economía política, los procesos de soberanía popular, las reglamentaciones del intercambio comercial y el manejo de los recursos económicos. También fue influenciado por la Revolución Francesa, la impronta de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y los cuestionamientos al derecho divino atribuido a los reyes. Estudió otras lenguas, profundizó en economía política y se especializó en derecho público.
En 1794 regresó a Buenos Aires con un nombramiento bajo el brazo: secretario perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Comenzaba así su experiencia como funcionario. Durante su gestión, resolvió diferendos comerciales y fomentó la agricultura, la industria y el comercio. Adhería firmemente a las ideas del libre cambio de mercancías. Sus estrategias se vieron limitadas por el monopolio económico español que reinaba en estas tierras, pero encontró otro mecanismo de movilidad social: la educación.
Fundó la Escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo, e impulsó la creación de las Escuelas de Comercio y de Arquitectura y Perspectiva. Fue el autor intelectual de El Telégrafo Mercantil, periódico donde se publicaban informaciones relevantes para comerciar productos autóctonos; por ejemplo, la abundancia de vizcachas, venados, zorros, nutrias o perros cimarrones en las costas de Quilmes y en los arroyos del Riachuelo para la obtención de cueros, o de cisnes y gaviotas, muy apreciadas por sus plumas. Mechaba esa información con propuestas para abrir el comercio hacia otras naciones y con críticas sutiles pero mordaces a las autoridades coloniales.
También colaboró en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, donde impulsó la necesidad de manufacturar las materias primas antes de la exportación, limitar la importación a mercaderías imprescindibles y crear una marina mercante. Simultáneamente, fue nombrado capitán de las milicias urbanas, cargo que desempeñó sin entusiasmo porque no le interesaba la carrera militar. Durante el comienzo de las invasiones inglesas, fue el único funcionario del Consulado que se negó a jurar lealtad al invasor, razón por la cual debió exiliarse en la Banda Oriental.
A su regreso, fue nombrado sargento mayor en el Regimiento de Patricios. Sus diferendos con algunos oficiales hicieron que renunciara, y se puso a las órdenes de Santiago de Liniers, con quien estudió rudimentos de táctica militar. Durante las segundas invasiones, revistó como ayudante de campo del coronel César Balbiani, reemplazante de Liniers mientras este preparaba las tropas en la Banda Oriental. Luego de la segunda derrota inglesa, retornó a cumplir sus funciones en el Consulado.
Sus ideas políticas anclaron en un principio en el monarquismo liberal, referenciadas en la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija del derrocado rey español Carlos IV. Logró publicar el Correo de Comercio, que usó como excusa para reunir a su grupo político y comunicar sus ideas. El carlotismo jugó un papel importante en los debates previos a la Revolución de Mayo; a él adherían también Juan José Castelli y Juan José Paso. Los tres integraron luego la Primera Junta. Las urgencias crecieron y la disponibilidad de tropas era escasa. En ese contexto se designó a Belgrano, a pesar de su poca preparación militar, como jefe de la expedición militar al Paraguay.
En su camino, laudó en disputas de los cabildos de Corrientes y Yapeyú, trazó las líneas del pueblo de Curuzú Cuatiá, fundó Mandisoví (actualmente Federación) y redactó el Reglamento para el régimen político y administrativo y reforma de los 30 pueblos de las Misiones. En terreno paraguayo, sufrió las derrotas de Paraguarí y Tacuarí. No logró la adhesión inmediata del Paraguay al gobierno de Mayo, pero influyó de manera decisiva en las ideas de quienes participaron en la Revolución de Mayo de 1811 en Asunción, hecho que aseguró la soberanía del Paraguay frente a toda potencia extranjera y abrió el camino a su propia independencia.
Inmediatamente después, fue nombrado jefe de la Expedición Libertadora a la Banda Oriental, donde designó a José Gervasio Artigas como segundo jefe interino del Ejército de Operaciones de la Banda Oriental. Debió retornar a Buenos Aires, donde enfrentó un juicio de cargos sobre su actuación en el Paraguay. Durante meses se tomaron declaraciones a subordinados y funcionarios; todos reconocieron el valor y la honradez con que actuó, por lo que fue sobreseído de manera unánime. El 16 de noviembre de 1811 fue designado al frente del Regimiento de Patricios, tras la separación de Cornelio Saavedra. Su designación fue resistida por las tropas, lo que provocó el llamado Motín de las Trenzas, que Belgrano reprimió con dureza, derivando en la ejecución de cuatro soldados y suboficiales.
El regimiento fue enviado a custodiar las barrancas del río Paraná contra los avances realistas. Allí, el 27 de febrero de 1812, inauguró la batería “Independencia” y ordenó al vecino de la Villa del Rosario, Cosme Maciel, izar por primera vez la bandera celeste y blanca, en consonancia con los colores de la escarapela que había aprobado el Triunvirato a instancias suyas. Este hecho marcó su primer enfrentamiento con el gobierno central, que le prohibió utilizarla. Ese mismo día fue designado jefe del Ejército del Norte.
El panorama que recibió Belgrano era desolador: un ejército diezmado por la derrota de Huaqui, con pocas armas y más de 400 heridos. El prócer utilizó su experiencia política y se apalancó en la sabiduría militar de su segundo, Eustoquio Díaz Vélez, y del artillero barón de Holmberg. Recompuso la disciplina, levantó la moral de la población y rumbeó hacia San Salvador de Jujuy. Impuso el reclutamiento de todos los varones aptos, reordenó las tropas y armó una retaguardia con los gauchos jujeños, quienes formaron el cuerpo de “Los patriotas decididos”. Dispuso no dejar elemento alguno de utilidad para el invasor realista que avanzaba de forma implacable e inició una retirada táctica histórica: el Éxodo Jujeño. Las tropas españolas, comandadas por Pío Tristán, acosaban la columna patria; la retaguardia contenía los ataques, hasta que el 3 de septiembre se enfrentaron en el combate de Las Piedras, donde la victoria patriota cambió la situación anímica de las fuerzas.
Belgrano tenía la orden taxativa del gobierno de retirarse hasta Córdoba. Desobedeció la instrucción; se pertrechó en Tucumán y el 24 de septiembre dio batalla. La victoria del Ejército del Norte fue aplantante y decisiva. Persiguió a sus enemigos y el 20 de febrero de 1813 volvió a derrotarlos en la batalla de Salta. Estas dos batallas a campo abierto fueron las más importantes en el proceso de la independencia nacional, ya que consolidaron las fronteras y levantaron en armas a los pueblos de Chuquisaca, Potosí y Cochabamba. Luego sobrevinieron las trágicas derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, lo que derivó en el reemplazo de Belgrano en la comandancia del Ejército del Norte a manos del general José de San Martín.
Después de una desgastante misión diplomática en Europa, retornó a la patria convencido de la urgente necesidad de declarar la independencia. Su modelo político era una monarquía constitucional parlamentaria al mando de un descendiente de la Casa de los Incas, proponiendo concretamente a Juan Bautista Túpac Amaru. Esa propuesta la realizó en la sesión secreta del 6 de julio de 1816 ante los congresales de Tucumán. Aunque el proyecto no fue aceptado, su profunda explicación sobre la necesidad de ser autónomos influyó decididamente para que, tres días después, se impulsara la Declaración de la Independencia.
Retornó a la jefatura del Ejército del Norte, donde derrotó al caudillo santiagueño Juan Francisco Borges, quien encabezaba una rebelión contra el gobierno central, y recibió posteriormente la orden de enfrentar a los caudillos federales del Litoral. Belgrano no estaba convencido de continuar los enfrentamientos civiles e internos y, si bien envió al coronel Juan Bautista Bustos a contener a Estanislao López, evitó hostilidades mayores que desangraran a las provincias. En 1819, una cruel dolencia comenzó a minar su salud, lo que lo obligó a trasladarse a Buenos Aires. Padecía una hidropesía avanzada que lo confinó al reposo en su misma casa natal, produciéndose su fallecimiento el 20 de junio de 1820. Murió en la más absoluta pobreza; fiel a sus principios de desprendimiento, había donado los 40.000 pesos oro recibidos por sus triunfos en Tucumán y Salta para la construcción de cuatro escuelas en el norte de nuestro territorio. Aquellos establecimientos demoraron casi 200 años en completarse.
¡Salud, general Manuel Belgrano! Por tu entereza moral, por tu lucha constante para que la educación picara en punta en la sociedad, por tu disciplina de acero para ser el militar que las circunstancias exigían y tu enorme rebeldía para desobedecer las órdenes que confrontaban con tus principios y los de una patria soberana.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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