
1º de Mayo: Día del Trabajador y la Trabajadora
Diario Bonaerense
Chicago era la segunda ciudad más poblada de EE. UU.; en ella se encontraba el segundo conglomerado industrial más grande y era el lugar donde se verificaban las peores condiciones laborales del país. En sus fábricas trabajaban hombres, mujeres, niños y ancianos en jornadas extenuantes cuyo único límite era no superar las 18 horas diarias sin causa justificada. En caso de que los patrones incumplieran la norma, la multa era de apenas 25 dólares.
La huelga fue iniciada por 400.000 trabajadores en 5.000 establecimientos de 1.500 localidades. La mitad de los huelguistas lograron esa conquista en forma inmediata. Chicago estuvo paralizada desde ese 1º de mayo. Solo funcionaba la fábrica de maquinaria agrícola McCormick, que lograba sacar su producción mediante centenares de rompehuelgas contratados. El 2 de mayo hubo una concentración de 50.000 trabajadores que fue reprimida violentamente. Al día siguiente, miles de personas se concentraron en la puerta de McCormick y, a la salida de los rompehuelgas, se produjeron violentos enfrentamientos. Hubo seis muertos y decenas de heridos, todos ellos huelguistas.
El 4 de mayo se convocó a una concentración en Haymarket Square de la que participaron pacíficamente 3.000 trabajadores. Al concluir el mitin, se produjo una violenta embestida de 200 policías y una bomba explotó entre los uniformados, produciendo la muerte del oficial Matthias Degan y heridas a otros 50 policías, de los cuales murieron seis en días posteriores. Nunca se supo de dónde partió el artefacto; nadie vio que alguien lo arrojara. No importó: comenzó la metralla contra los manifestantes, que tuvo como resultado la muerte de 38 de ellos y provocó heridas a otros 115.
Los días posteriores cundió el terror. Hubo allanamientos, encarcelamientos, amenazas, torturas y “tres confesiones”. Los procesos amañados y sin pruebas concluyentes finalizaron con cinco condenas a muerte, dos cadenas perpetuas y una condena a 15 años de prisión. El 11 de noviembre de 1887 fueron ahorcados los dirigentes August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel (Louis Lingg se había suicidado el día anterior) ante la bronca general. Samuel Fielden y Michael Schwab iniciaron sus penas perpetuas y Oscar Neebe la prisión menos gravosa. La memoria de los trabajadores en el mundo los reconoce como los Mártires de Chicago. En 1893, el gobernador de Illinois reconoció la falsedad del proceso y promovió la libertad de los presos que aún vivían.
En 1889, el Congreso Obrero Socialista instituyó el Primero de Mayo en honor a los luchadores y a las víctimas de esta gloriosa gesta que quedó marcada en la historia de la humanidad. El 1º de mayo de 1890 se conmemoró por primera vez en nuestro país con un acto al cual asistieron 2.000 trabajadores. Al día siguiente, los patrones les anoticiaron que les habían descontado la jornada.
Llegamos a 2026 y conmemoramos nuestro día en un estado de confusión repetido y con un despliegue desembozado de los poderosos que avanzan sobre derechos adquiridos por la clase trabajadora mundial, lo que genera bronca en algunos, miedo en otros e inmovilidad en tantos más. El poder ignora el esfuerzo que realizamos los trabajadores para superar la pandemia y subestima nuestro aporte en la lenta reconstrucción de la economía local y global. La desestructuración de la clase trabajadora está haciendo la otra parte de la tarea en esta lucha desigual entre el 1% que concentra la riqueza mundial y el 99% que pelea para no perder calidad de vida, o llega a fin de mes alienado, o apenas sobrevive, o lagunea en la pobreza, o sucumbe en la miseria.
La precariedad laboral, la persistente desintegración social, el afán para dinamitar la educación y la formación, la limitación al acceso de la salud, la presión cotidiana por encerrar nuestros cerebros y corazones en un dispositivo, el floreo de las fake news que contaminan las relaciones humanas, las guerras regionales que esconden una guerra mundial en capítulos, las opacas transacciones cripto, las migraciones forzosas y la destrucción sistemática de nuestra casa común para generar rentabilidad pretenden ser impuestas como la normalidad que debemos aceptar sin chistar. Su consecuencia natural tiene un nombre: opresión de las mayorías humanas.
Ante esa realidad perversa, pero con chances de consolidarse por un tiempo largo, hay remedio: el fortalecimiento de los principios colectivos y las libertades individuales, el imperio de la sabiduría colectiva, la transmisión de la historia no escrita aún por los perdedores, la masividad de los cuerpos en movimiento callejero para exigir una sociedad justa, la necesidad de una nueva práctica política que genere unidad con nuevos valores compartidos y la firmeza para no aceptar la desigualdad ni el robo de nuestro futuro común ni la corrupción corrosiva que erosiona la confianza y la esperanza.
No naturalicemos salarios insuficientes, jubilaciones que castiguen a quienes construyeron este país y este planeta, alquileres imposibles de pagar para varias generaciones, una educación cada vez más básica y con menos espíritu crítico, una alienación en red e instantánea, una humanidad de relaciones líquidas y aislada en su metro cuadrado, o una destrucción suicida del globo. No legalicemos una nueva tecnocracia ni a sus socios fugadores ni a promotores de estafas cripto.
Seamos reincidentes. Organicemos la voluntad colectiva por consolidar derechos inalienables y responsabilidades acordes, por trabajo decente y distribución justa de la riqueza que generamos los trabajadores, por el movimiento libre de las personas y no solo de las mercancías, por usar la tecnología a favor de las mayorías y no de su expulsión, por entrenar la curiosidad e incentivar las ganas de aprender y aplicar esos conocimientos, por tener pensamiento propio, y por enfrentar la soberbia y la avaricia.
Lo precario debe ser el individualismo, el miedo, los límites impuestos por el poder real, la codicia, la ganancia a costa de la vida y del planeta, el aislamiento humano y el "vale todo". También los atajos, la avivada y la neutralidad permanente ante los hechos que definen nuestras vidas. Los poderosos nos quieren descartables, desunidos e inmersos en una virtualidad falsa y asfixiante.
Las mayorías sabemos que la vida cotidiana no es ciencia ficción, que nuestra rutina sostiene la rueda de la historia y la economía, y que transpiramos la camiseta multicolor para ser parte de una alegría global que pueda ser continuada por las generaciones venideras con sus propias coordenadas. Somos más. Muchos más. No dejemos el mundo en manos de unos pocos.
¡Feliz Día del Trabajador y la Trabajadora!
Ruben Ruiz - El Pelícano


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