
22 de julio: Día Internacional del Trabajo Doméstico, la lucha por visibilizar el motor invisible de la economía y la sociedad
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1983, durante el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe celebrado en Lima, Perú, se declaró el 22 de julio como el Día Internacional del Trabajo Doméstico. El objetivo de la iniciativa fue impulsar el reconocimiento de las labores que realizan las mujeres dentro de los hogares, con especial énfasis en las tareas de cuidado.
En aquel encuentro se acordó definir a las tareas de cuidado como el conjunto de actividades que se realizan a fin de satisfacer las necesidades básicas para la existencia y el desarrollo de las personas. Es decir, “todas las actividades orientadas al cuidado personal, el cuidado directo de otras personas, la provisión de precondiciones para que esas tareas se efectúen (compra de alimentos, de medicamentos, de artículos de limpieza o de útiles escolares) y la gestión y organización de dichas tareas (cocinar los alimentos para satisfacer la necesidad básica de alimentación del grupo familiar, ayudar a la realización de actividades escolares), administrando el tiempo de las mismas”.
Históricamente, el trabajo reproductivo ha sido circunscripto al ámbito doméstico o familiar, subordinándolo al trabajo productivo (la creación de bienes y servicios), que es el único reconocido de manera social y económica bajo el rótulo formal de "trabajo". La perspectiva mercantil dominante en la economía determina que al trabajo destinado a cubrir las necesidades básicas se le conceda únicamente un valor de uso, mientras que a los productos destinados al intercambio en el mercado se les reconoce un valor de cambio. Esta mirada despoja de valor social al trabajo reproductivo, no le confiere rango de categoría económica y reitera el extendido error conceptual de confundir el trabajo con el empleo.
Además, el trabajo reproductivo o doméstico posee dos características salientes: es "invisible" (no remunerado) y el sujeto social que mayoritariamente lo realiza es la mujer. Estas aristas no son casuales; están estrictamente condicionadas por una visión social, económica y política de antaño que hoy comienza a crujir por arcaica e injusta. A tal punto resulta retrógrado este esquema, que en la mayoría de los países no constituye un rubro incluido en los cálculos del Producto Interno Bruto (PIB), aun cuando se estima que su valor económico real equivale a un 20% del total de la producción nacional.
Resulta indispensable promover una perspectiva que considere al trabajo como un elemento de cohesión social, dotando de valor real al dominio individual y colectivo del tiempo, y fortaleciendo nuevos modos de cooperación y de intercambio que generen otras relaciones sociales. En dicho escenario, cobran una relevancia ineludible las tareas de cuidado, sostén y maternaje.
Cocinar, calentar o preparar alimentos, limpiar la vivienda, lavar la ropa y la vajilla, limpiar y arreglar la ropa y el calzado, cuidar a los hijos y a los adultos mayores, ayudar al cumplimiento de las tareas escolares, realizar las compras diarias, y mantener y gestionar los servicios del hogar requieren conocimientos específicos, tiempo y recursos. Tomando la célebre frase de la escritora, filósofa y feminista Silvia Federici: “Eso que llaman amor, es trabajo no pago”.
Según los datos de la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo, las mujeres dedican en promedio unas 42 horas semanales a las tareas domésticas, mientras que los hombres destinan solo 15 horas a los mismos fines. Esta brecha se profundiza aún más cuando las tareas son realizadas por mujeres con discapacidad, ya que implican una mayor cantidad de tiempo, sumado a un desgaste físico y psíquico superior.
La situación se complejiza cuando las tareas domésticas y de cuidado deben tercerizarse. Muchas mujeres acuden a redes de apoyo compuestas por madres, abuelas, tías, suegras, hermanas, vecinas o amigas para que cubran su ausencia y así poder ingresar al mercado laboral; es decir, delegan la responsabilidad en otras mujeres de su entorno. En el mejor de los casos, se contrata personal remunerado de casas de familia o se apela a servicios privados de cuidado y coberturas médicas. Cuando estas soluciones resultan inviables económicamente, muchas trabajadoras se ven obligadas a renunciar a sus empleos, o bien a aceptar jornadas limitadas con menores salarios, cayendo en la precarización laboral. Estas no son realidades aisladas, sino casos que se repiten de forma masiva en la aldea global.
La pandemia de COVID-19 agravó notablemente esta situación. Se sumaron nuevas imposiciones a la jornada diaria que fueron organizadas y ejecutadas de forma mayoritaria por las mujeres. Asimismo, variables como la pertenencia social, el nivel de ingresos, la empleabilidad, las cuestiones étnicas y de edad, el lugar de residencia, las dimensiones de la vivienda y el acceso a una conectividad razonable multiplicaron su importancia para desarrollar la vida en el ámbito doméstico (especialmente durante las cuarentenas), profundizando las diferencias sociales y las tensiones familiares.
Las consecuencias económicas de la crisis sanitaria, los niveles de desocupación, el distanciamiento y el aislamiento social extendido, la incertidumbre sobre la cotidianeidad y el desconcierto generalizado sobre las soluciones eficaces para enfrentar al virus alteraron los niveles de tolerancia social. En muchos casos, esto derivó en un incremento de la violencia intrafamiliar, un terreno donde, mayoritariamente, las mujeres y los menores sufrieron las consecuencias más graves, tal como lo demostró el preocupante crecimiento en el número de femicidios y de denuncias por violencia hacia las infancias.
Actualmente, se transita la pospandemia sin haber encontrado aún un rumbo claro que compense el descalabro social producido por la hecatombe sanitaria. Ha crecido la angustia social, la intolerancia, la desigualdad y la desesperación por tomar atajos que muchas veces se demuestran ineficaces y contrarios a los intereses de las mayorías. Los hogares reproducen este escenario crítico, y la importancia de las tareas de cuidado y de sostén se ha acrecentado notablemente ante la inestabilidad económica actual.
En estos contextos de crisis, el trabajo doméstico no desapareció ni mutó, sino que continuó desarrollándose sin solución de continuidad. Se trata de una prueba irrefutable de la importancia del trabajo doméstico para el sostenimiento de la vida. En la actualidad, muchos varones van comprendiendo estos fenómenos que, si bien no son nuevos, adquieren relevancia pública al registrarse y visibilizarse, permitiendo ensayar cambios de conducta en el ámbito privado.
Las estructuras económicas tradicionales persisten en su negación, a pesar de que la evidencia sobre la importancia del trabajo reproductivo o doméstico es cada vez más contundente. Por ello, se requiere de una mayor visibilización y de un cambio profundo de paradigma para que esta labor sea finalmente reconocida y valorada con la justicia económica que corresponde.
¡Salud a las mujeres con trabajos "invisibles", que cada día se hacen más visibles y exigen el justo reconocimiento y los derechos laborales que amerita su condición de trabajadoras!
Ruben Ruiz - El Pelícano


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