
19 de julio: Roberto Fontanarrosa, el genial retratista de la identidad, el fútbol y el humor argentino
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 2007, se despedía Roberto Alfredo Fontanarrosa, "el Negro", humorista gráfico, escritor, guionista, fanático de Rosario Central, inteligente, irreverente, melancólico, espontáneo, creador nato e incuestionablemente argentino; como dijo él mismo con ironía una tarde (pero podemos repetir muchos de nosotros cualquier día): “Estoy comprometido con mi tierra, casado con sus problemas y divorciado de sus riquezas”.
Sus padres eran Berto, vendedor de seguros, y Rosa, ama de casa, ambos exjugadores de básquetbol que no pudieron transmitirle su pasión al más pequeño de sus hijos. El Negro siempre fue fiel al fútbol. Nació en el centro de Rosario —en la intersección de las calles Catamarca y Corrientes—, asistió a la escuela primaria Mariano Moreno y cursó sus estudios secundarios en el Politécnico. El 1 de agosto de 1954 fue por primera vez a un estadio de fútbol. Ese día, Rosario Central le ganó 9 a 2 a Tigre con goles de Oscar Massei, Antonio Gauna, Miguel La Rosa, cuatro de Juan Portaluppi y dos de Antonio Zin. Fue amor a primera vista y pasión eterna por el Canalla.
Su otra gran pasión fue la lectura de revistas como El Rayo Rojo, Puño Fuerte, El Tony u Hora Cero, lo que alimentó su adicción por dibujar a sus personajes favoritos. Como consecuencia de este interés, se anotó en un curso por correspondencia de la Escuela Panamericana de Arte.
En el colegio industrial libró una pelea desigual con matemáticas, física y química, por lo que decidió abandonar los estudios en tercer año. Su padre, quien tampoco había terminado el secundario, lo respaldó y, junto con su madre —como era natural en esa época—, le exigieron que comenzara a trabajar. Tenía 15 años. Su madre insistió en que, además, aprendiera inglés. No hubo enojo en la decisión; era un camino habitual para los jóvenes de aquel entonces.
En 1963 ingresó en la agencia de publicidad de Roberto Reyna. Aunque le fue bien, la actividad no era de su real interés. En 1968 trabajó en Deporte 70 y en la Revista Boom, donde publicó su primer chiste gráfico: un policía mostraba orgulloso su cachiporra manchada de un rojo sangre y decía: "No hay dudas, eran comunistas". En 1971 aparecieron, en unos pocos números de la revista Tinta, los primeros trazos de un personaje de leyenda: Boogie, el aceitoso, una parodia de James Bond, el agente secreto 007, y una historieta “a la italiana” —es decir, exageradamente trágica— que se llamó Tadea y sus hijos. En 1972 comenzó a trabajar en la mítica revista cordobesa Hortensia junto a Caloi, Brócoli, Lolo Amengual, Crist y se afianzó como creador en un equipo de primera línea con serias aspiraciones de campeonato.
Allí consolidó a Boogie, el aceitoso, quien ya se presentaba como un mercenario feroz, veterano de Vietnam, con mandíbula estilo bulldog, musculoso, machista y odiador serial de homosexuales, negros, judíos e inmigrantes, que no dudaba en venderse por dinero; un matón barato siempre dispuesto a desenfundar su Magnum 44 deluxe. Un dibujo irónico que, lamentablemente, no resultaba tan irreal.
También dio nacimiento a su otro personaje emblemático: Inodoro Pereyra, el renegau, junto a Mendieta, su perro parlante. Pereyra era un gaucho solitario en la pampa inmensa que mantenía conversaciones existenciales con su inteligente can y que se fue transformando en un anfitrión de raros personajes ante quienes su carta de presentación era: “Pereyra por mi madre, Inodoro por mi tata, que era sanitario”. Un personaje inolvidable que tuvo su tira, su historieta y hasta sus propios libros de recopilación. Al poco tiempo, comenzó su participación en la revista Satiricón, donde publicó historietas basadas en cuentos de Jorge Luis Borges y en diversas películas de la época.
En 1973 inició su extensa trayectoria en Clarín, diario en el que publicaba una tira diaria y donde conformó un equipo de lujo convocado por Caloi, integrado también por Crist, Rivero, Dobal, Altuna, Ian, Tabaré y Viuti. Fue una época dorada en la que, para muchos lectores, el diario comenzaba a leerse de atrás hacia adelante, es decir, por la contratapa. En 1974 compartió sus horas de trabajo con la revista Mengano, a donde llevó a la rastra a Inodoro Pereyra. Ese mismo año aparecieron los dos primeros libros dedicados a sus personajes estrella, publicados por Ediciones de la Flor.
En 1976, Inodoro Pereyra y Mendieta se mudaron a Clarín, pero lo hicieron acompañados de Eulogia Tapia, la china que lo acompañó siempre, aunque ahora con una fisonomía notablemente renovada. En 1979, Boogie, el aceitoso se instaló en las páginas de Humor Registrado y La Maga. En 1980 se dio un gran gusto profesional y los espectadores lo agradecieron profundamente: colaboró de manera activa en la preparación de los espectáculos del grupo Les Luthiers. ¡Una delantera creativa formidable! En 1981 comenzó su periplo como escritor con la edición de su primera novela, Best Seller, y su continuación, Área 18, además de su primer libro de cuentos, El mundo ha vivido equivocado. De allí en adelante continuó con su prolífica tarea de escriba. Fútbol, política, situaciones cotidianas magistralmente descriptas, mujeres y más fútbol poblaron sus textos. Se acumularon títulos memorables como No sé si he sido claro, Nada del otro mundo (donde se incluye el icónico cuento 19 de diciembre de 1971, en celebración del gol de palomita de Aldo Pedro Poy a Newell's en la semifinal del Nacional ’71), El mayor de mis defectos y Uno nunca sabe.
Hasta que en 1995 apareció La mesa de los galanes, una recopilación de anécdotas, mitos urbanos, diálogos fantásticos, negocios salvadores y sueños incumplidos que amasó durante dos décadas participando de la mesa de amigos que se juntaban diariamente en el bar El Cairo, ubicado en la esquina de Santa Fe y Sarmiento de su querida Rosario. En ese bar conoció a Gabriela Mahy. Muchos coinciden en que fue un amor a primera vista que provocó la separación de su primera esposa e inauguró una larga convivencia de pareja, así como una desgastante relación con su hijo, Franco Fontanarrosa, tras el deceso del maestro de la historieta.
En 1984 se sumó a la revista Fierro y creó a Sperman, una parodia de Superman. Se trataba de un donante de esperma —con un traje delirante— cuya misión era luchar contra la infertilidad y la impotencia, ocultando su identidad bajo la apariencia de un campesino llamado Nicholas Colbert, propietario de la firma Hens & Eggs, quien nunca podía conquistar a la esquiva y virgen Laura.
En 2003 le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad que fue limitando sus movimientos —especialmente los de su prodigiosa mano derecha— y lo obligó a utilizar una silla de ruedas hasta sus últimos días. A pesar de las dificultades físicas, tuvo la fuerza y la genialidad necesarias para participar activamente del III Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en 2004 en Rosario. Allí pronunció su hilarante ponencia sobre “Las malas palabras”, su condición, reputación y uso popular, sumado a un minucioso análisis de la palabra mierda que desacartonó por completo a los escritores, filósofos, autoridades y expertos presentes. También tuvo resto para escribir otras dos obras fundamentales: El rey de la milonga y Cuentos de fútbol para los fanáticos del fútbol, además de dejar listos diversos textos sueltos preparados para su publicación póstuma, Negar todo.
Fue un gran amigo de figuras como Joan Manuel Serrat, César Luis Menotti, Eduardo Galeano, Eduardo Sacheri, Horacio Salas, Crist, el Chelo Molina, el Pitufo, el Negro Centurión, Rodolfo Belmondo, Chiquito Reyes, el Pelado Reinoso, Malena Cirasa y La Turca (las únicas mujeres admitidas en la mesa de los galanes), Chiche Bratch (histórico mozo del bar El Cairo) y muchos otros.
¡Salud, Roberto! Por tu maestría en retratar al futbolista que todos quisimos ser, nuestras tradiciones rurales y urbanas, nuestras complicidades, nuestros sueños y nuestras fantasías. Siempre logrando arrancarnos una risa. Un imprescindible de la cultura popular que siempre esperará tu retrato magistral y tu diálogo desopilante.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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