18 de junio: Lakshmibai, la reina rebelde que desafió al Imperio británico y se convirtió en leyenda de la India

A 168 años de su caída en combate, recordamos a Manikarnika Tambe, la rani de Jhansi. Su rechazo a la opresión de la Compañía de las Indias Orientales, su liderazgo en la Rebelión de 1857 y su trágico final con la espada alzada la consagraron como la mayor heroína de la resistencia contra el colonialismo.
Las Efemérides del "Pelícano"18 de junio de 2026Diario BonaerenseDiario Bonaerense

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Un día como hoy, pero de 1858, fue asesinada Manikarnika Tambe, cuyo alias fue Lakshmibai, reina del Estado indio de Jhansi, quien se transformó en una de las figuras más importantes de la “Rebelión de la India” ocurrida en 1857 y de la resistencia al Imperio británico. Es considerada la mayor heroína de la India. 

Nació en 1828 en Varanasi (Benarés), en el seno de una familia de brahmanes. Su padre era Moropant Tampé, un asesor de la corte. Su madre falleció cuando ella tenía apenas cuatro años. En esas circunstancias, su padre decidió que viviera con él en la corte del peshwa (primer ministro) de Bithur. Ese hecho le permitió recibir una educación poco común para una niña de esa época: aprendió a leer y a escribir, y adquirió los conocimientos de la guerra de la mano de su padre, tales como artes marciales, manejo de la espada y equitación. 

En 1842, con catorce años, fue entregada en matrimonio al marajá de Jhansi, Gangadhar Rao, con el propósito de parir un hijo varón que perpetuara la herencia de la dinastía. Despuntaba así Lakshmibai, la reina (rani) de Jhansi. Este territorio pertenecía al Imperio marata, que dominaba el centro-norte del subcontinente indio. El matrimonio tuvo un hijo en 1851 que falleció a los cuatro meses de vida. De acuerdo a las costumbres imperantes, antes de morir, el marajá debía adoptar un niño de la familia para que lo sucediese en el cargo. Ese niño fue Damodar Rao. 

A la muerte del marajá, Lakshmibai se encontró encerrada entre la tradición religiosa y las normas establecidas por el Imperio británico. Decidió enfrentar a ambas. La costumbre consuetudinaria imponía que la viuda debía aceptar el suicidio ritual en la pira funeraria de su marido (satí). Sin embargo, Lakshmibai desplegó una doble estrategia: apeló a la prohibición británica para evitar la inmolación y, al mismo tiempo, se aferró a una interpretación de los tratados y enseñanzas hindúes (śāstras) para defender los derechos hereditarios de su hijo adoptivo. Ganó la pulseada y fue designada regente de Damodar Rao. 

El otro escollo fue una norma imperial: la “Doctrina de la caducidad”, por la cual quien no tuviera hijos de sangre debía entregar sus dominios a la Compañía Británica de las Indias Orientales, la empresa exportadora de seda, algodón, especias, oro y piedras preciosas que funcionaba como el verdadero respaldo de la ocupación británica en la India. Para ejecutar esa norma, Lord Dalhousie, gobernador británico del territorio ocupado, designó un administrador. Lakshmibai se opuso a tal medida y contrató a un abogado inglés, John Lang, para defender sus derechos sobre el reino y la heredabilidad de su hijo adoptivo. 

Los británicos hicieron oídos sordos al intento judicial, establecieron una guarnición para supervisar los asuntos económicos del reino de Jhansi y le ofrecieron una jugosa pensión a cambio de ceder el control del territorio. Lakshmibai la rechazó con una frase cuyo uso se ha popularizado en la India para diversas circunstancias: “No renunciaré a mi Jhansi”. Fue presionada mediante diferentes acciones, pero no accedió a las exigencias británicas y, en marzo de 1854, se retiró al palacio de Rani Mahal. El conflicto continuó latente. 

Al mismo tiempo, se estaba gestando una rebelión popular contra la opresión británica. La colonización de la India se ejecutó desde la iniciativa privada y su mascarón de proa fue la Compañía Británica de las Indias Orientales. Su instalación comercial fue mutando progresivamente a agente de dominación territorial mediante enfrentamientos con portugueses, neerlandeses, franceses y mongoles, masacres de indios en diferentes puntos geográficos del subcontinente y la consolidación de mecanismos de explotación de los recursos y de la población. Una mixtura de violencia y diplomacia. 

Para ello, crearon un cuerpo militar multitudinario y una doctrina normativa. Organizaron una fuerza constituida por 40.000 oficiales británicos y 200.000 soldados cipayos de origen hindú y musulmán, quienes tenían ciertos privilegios por acatar y ejecutar las órdenes del invasor. A su vez, crearon la “Doctrina del lapso”, un mecanismo de anexión de los estados principescos que habían acordado un estatus provisorio de sobrevivencia, y establecieron la mencionada “Doctrina de la caducidad”, con las cuales fueron absorbiendo territorios y mercados. En paralelo, impusieron mayores cargas impositivas a la población. 

Por último, suprimieron escalonadamente los beneficios de los que gozaban los cipayos, distanciaron el contacto entre oficiales y tropas e introdujeron el uso de fusiles Enfield P53, que los soldados debían cargar manualmente mordiendo el extremo del cartucho embebido en grasa de vaca, de cerdo o de ambas. Este uso confrontaba abiertamente con los principios religiosos de los nativos, quienes repudiaban el contacto o la ingesta de alimentos derivados de esos animales. 

La expansión territorial violenta, la impunidad jurídica, la imposición de la tortura como método cotidiano de opresión, los mecanismos contradictorios con la tradición legendaria de hindúes y musulmanes, la soberbia social creciente de los ocupantes y la elevada carga fiscal conformaron una combinación letal para que se desatara la Rebelión de la India de 1857. Esta comenzó en Bengala, donde soldados cipayos de varios regimientos se amotinaron contra la discriminación permanente y en ascenso. La rebelión se extendió hacia otras regiones. Lakshmibai se unió a otros príncipes rebeldes y se puso al frente de la lucha. Su aprendizaje del arte de la guerra fue vital: se convirtió en la líder de la revuelta y Jhansi se transformó en el principal bastión rebelde. El general Hugh Rose comandó a las fuerzas británicas, superiores en tropas y armamentos, en lo que fue una lucha desigual, encarnizada, valiente y contra el sometimiento. 

Los ocupantes sitiaron la fortaleza de Jhansi. La resistencia fue dura, pero finalmente la plaza cayó. Lakshmibai logró huir a caballo con su hijo en la espalda, reagrupó sus fuerzas y acordó con los líderes tribales Nana Saheb y Tantya Tope ocupar el castillo de Gwalior para resistir desde allí. El avance británico se redobló con una perla perversa y distintiva: se puso precio a la cabeza de la reina rebelde. Después de tres días de combate, la fortaleza cayó en manos británicas. Lakshmibai logró huir nuevamente y asentarse en Morar, a pocos kilómetros. Con sus tropas leales enfrentó su último combate con la espada alzada y su caballo indómito. Para evitar que su cuerpo fuera usurpado por los británicos, sus seguidores lo quemaron en un acto ritual. 

La rebelión fue derrotada en forma sangrienta, pero tuvo consecuencias institucionales profundas. Lo ocurrido obligó a que la Compañía Británica de las Indias Orientales fuera disuelta, y los ocupantes tuvieron que reorganizar su ejército, el sistema financiero y la administración. Desde ese momento, el país pasó a ser gobernado de forma directa por la corona británica. Nacía el sangriento Raj británico, que sobrevivió 90 años pero sucumbió definitivamente en 1947, luego de largas luchas independentistas que dieron nacimiento a la República de la India.

Aunque los británicos tuvieron que retirarse, la leyenda heroica de Lakshmibai todavía recorre la India. ¡Salud, Lakshmibai! Por tu valentía para enfrentar al invasor, por tu decisión de confrontar las consecuencias nefastas de algunas tradiciones y costumbres, y por tu ejemplo de dignidad que perdura en la conciencia popular y ayuda a construir identidad.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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