28 de mayo: Leonardo Favio, el creador solitario que tenía un pueblo en la cabeza

A 88 años del nacimiento de Fuad Jorge Jury Olivera, un repaso por la vida y la obra monumental del artista mendocino que tradujo el sentir popular en canciones de masas y obras maestras del cine nacional.
Las Efemérides del "Pelícano"28 de mayo de 2026Diario BonaerenseDiario Bonaerense

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Un día como hoy, pero de 1938, nacía Fuad Jorge Jury Olivera, cantante, compositor, director de cine, actor, guionista y libretista argentino que hizo de la balada romántica latinoamericana un estandarte sostenido en la simpleza de sus letras, la efectividad y la cercanía emocional. Asimismo, hizo de sus películas una policromía de arte histórico-político, sin bajar línea ni aleccionar, pero mostrando con realismo la infancia pobre, las facetas complejas del poder, las vicisitudes de los subalternos sociales, la marginalidad y la proximidad entre el juego, la sexualidad y la inocencia. 

Fue un peronista visceral. No necesitó de un carnet para explicar su sentimiento político, el cual estuvo apegado a la experiencia práctica que vivió desde la infancia: obras y hechos que explicaban razones.

Nació en Las Catitas, departamento de Santa Rosa, provincia de Mendoza. Fue hijo de la actriz y escritora Manuela Olivera Garcés (más conocida como Laura Favio) y del ciudadano de origen sirio-libanés Jorge Jury Atrach. A los pocos meses de su nacimiento, su familia se mudó a un barrio muy pobre de Luján de Cuyo. Poco tiempo después, su padre abandonó a la familia. 

Su infancia fue dura, enmarcada en la pobreza, la vida callejera, los reformatorios, los internados y las comisarías. En su tiempo libre de escándalos, aprendió a tocar la guitarra de la mano de un zapatero chileno con el que acordó un trueque tan antiguo como simple: clases por trabajo. 

Su madre escribía guiones para productoras de Buenos Aires. Así, logró para su hijo un papel en un radioteatro de Radio El Mundo. Nacía entonces Leonardo Favio (el nombre artístico surgió por el alias en honor a Da Vinci y el apellido en homenaje a su madre). Luego, gracias a su tía materna, logró un papel en una pequeña escena de la película Cuando en el cielo pasen lista (1945). 

A fines de la década del 50 se instaló en Buenos Aires. Nuevamente, su tía le consiguió un papel de extra en la película El ángel de España (sobre la vida de Pedrito Rico) y trabajó como actor en el programa televisivo Todo el año es Navidad, junto a Raúl Rossi, donde fue descubierto por el director Leopoldo Torre Nilsson. Este último lo introdujo como actor en los filmes El secuestrador, Fin de fiesta y La mano en la trampa. También actuó en El jefe, dirigido por Fernando Ayala; Dar la cara, dirigida por José Martínez Suárez con música del "Gato" Barbieri; y La terraza, dirigida por Torre Nilsson con música de Jorge López Ruiz, entre otras producciones. 

Su carrera actoral ya se había asentado y su estadía en Buenos Aires se volvió permanente. En esa época conoció a María Vaner, con quien se casó y tuvo dos hijos. Siempre se sintió atraído por la dirección. En las películas en las que actuaba fue conociendo los secretos del métier y se animaba a insinuar indicaciones respecto al modo de ubicar la cámara. 

En 1964 dirigió su ópera prima: Crónica de un niño solo, un fresco reflexivo sobre el abandono, la pobreza y la incomprensión social. La obra narra la historia de Piolín, su vida en el orfanato, su rebelión ante los excesos del personal carcelario, su fuga y su llegada a un barrio pobre que no puede consigo mismo y que no reparará en su indefensión; el desenfreno tribal ante un amigo indefenso y la ternura infantil ante la puerta de un prostíbulo. Son sensaciones de libertad mixturadas con un viaje a la nada y el recuerdo de que la pérdida de la inocencia es un salto demoledor. 

Esta obra maestra (considerada por sus pares como una de las mejores películas argentinas) fue realizada con recursos mínimos, apoyada en la intuición inefable de un observador agudo de la realidad. Cuenta con planos de profundo realismo, una formidable fotografía en blanco y negro, ternura sin paternalismo, un lenguaje dramático apropiado, diálogos parcos e imágenes icónicas, tales como las escenas iniciales del correccional, el movimiento de los pibes por las escaleras en esa arquitectura aplastante y la corrida de Piolín en la calle después de escaparse del encierro.

En 1967 estrenó El romance del Aniceto y la Francisca... (cuyo título original es más largo), una historia filmada íntegramente en Mendoza sobre el amor y el desamor, y las consecuencias de los romances cruzados. La cinta posee una narración reconocible, salpicada de imágenes y símbolos populares, con la inclusión de obras de teatro o funciones de circo dentro del mismo film. Un verdadero hallazgo.

La trilogía se completó con El dependiente (1969), realizada en Derqui, provincia de Buenos Aires. Esta es una historia de personajes con aspiraciones mínimas, subordinados por la mediocridad, con miedo a romper las rutinas de un peso demoledor, secretos familiares y un desenlace que acompaña el drama de los personajes y sus circunstancias con perpleja levedad.

Al mismo tiempo, Leonardo Favio se iba transformando en un ídolo popular de la canción. Se había iniciado en "La botica del ángel", espacio cultural alternativo que dirigía Eduardo Bergara Leumann, donde Favio debutó junto a otras figuras emergentes como Nacha Guevara, Susana Rinaldi, Marikena Monti, Horacio Molina, Marilina Ross, Valeria Lynch y el Cuarteto Zupay, incursionando también con notable repercusión en la televisión. 

Su primer éxito fue "Fuiste mía un verano". Un golazo que encadenó una serie interminable de temas muy populares en todo el continente: "Ella... Ella ya me olvidó. Yo la recuerdo ahora", "Quiero aprender de memoria", "Ding Dong, Ding Dong, estas cosas del amor", "Chiquillada", "Con el Tilín Tilón", "Para saber cómo es la soledad", "O quizás simplemente le regale una rosa", "No juegues más", "La Bohemia", "No me importa lo que diga la gente" y "Me siento libre". 

Dueño de una voz de barítono y una pinta de hombre sufrido pero no sufriente, era entrador y empático. Sus composiciones eran simples, de poesía llana, descripción de situaciones cotidianas y un gran manejo del vocabulario popular (como el uso del "vos" en lugar del "tú", común en las canciones de la época, o de la palabra "piba"), además de la utilización de diminutivos. Nacía así el ídolo popular: cercano y reconocible. 

De pronto, dejó la canción y enfiló hacia el cine y la participación política. Era una época prolífica y de posicionamientos. Adoptó un estilo más radicalizado y estrenó Juan Moreira (1973). No era un film histórico ni político tradicional, sino cultural. Utilizó un símbolo de la mitología popular: injusticia, proscripción, bandidaje y violencia, una historia vívida difundida entre los paisanos y trabajadores. Fue una ficción construida con herramientas de la realidad que incorporó una conexión disruptiva al vincular el film con la historieta, los relatos orales y el circo criollo. Otro gol. 

La historia argentina dejó su huella en su vida: la persecución política de la Triple A, el divorcio de María Vaner y el uso de su figura para ser el presentador del trunco acto de recibimiento del pueblo peronista a su líder en Ezeiza, que terminó en tragedia.

Sin embargo, su arte no se detuvo. Continuó con Nazareno Cruz y el lobo (1975), una ficción basada en otro mito popular: el del Lobizón, monstruo legendario de la mitología guaraní. Fantasía, dramatismo y participación popular se conjugaron en un final de trágicas consecuencias. Aún hoy se mantiene como la película más vista de la historia del cine argentino, con cuatro millones de espectadores.

La dictadura más sangrienta de nuestra historia le impuso un exilio obligado en 1976. Se trató de una nueva apuesta por el amor junto a Carolina Leyton (Carola), con quien concibió un hijo y una hija. Volvió por un rato en 1987 y realizó una extensa gira por Latinoamérica. Años después retornó definitivamente y se despachó con Gatica, el Mono (1993), la pintura de un ídolo popular sin filtro, su exagerada vida dentro y fuera del ring, el ascenso y la caída, su entorno, su amor por Perón, sus fantasías cumplidas y sus sueños inalcanzables. Un auténtico fresco argentino.

Entre 1996 y 1999 realizó su gesto artístico póstumo: Perón, sinfonía de un sentimiento, un film de casi seis horas de duración sobre la historia del peronismo, los antecedentes históricos que lo precedieron y la impronta popular permanente que irradió. 

En la primavera de 2012, una hepatitis C y una inoportuna neumonía se combinaron para finalizar su vida cinematográfica. Uno de los creadores del alma popular se iba. Los mitos, los personajes y los paisajes amigos lo despidieron, mientras tarareos conocidos crecieron con la multitud. 

¡Salud, Leonardo Favio! Por hacernos cantar canciones entradoras y pegadizas, y emocionarnos con personajes duros, angustiados y soñadores, que no pedían ni ofrecían perdón. Un personaje ineludible de nuestro imaginario popular, siempre con su pañuelo atado a la cabeza.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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