
16 de mayo: Primer Rosariazo, solidaridad y bronca contenida
Diario Bonaerense
Las asambleas estudiantiles en Rosario se venían realizando por reivindicaciones sectoriales, pero el 16 de mayo la convocatoria tuvo un eje central: repudiar la muerte de Juan José Cabral durante el “Correntinazo”. El rector de la universidad, José Luis Valentín Cantini, intentó frenar la protesta declarando el cierre de la casa de estudios por tres días. Lejos de disuadir, los estudiantes se concentraron en el comedor universitario de Corrientes al 700, expresaron su solidaridad con el movimiento correntino y aprobaron marchar hacia el centro.
El sábado 17 de mayo, tras una nueva asamblea frente al comedor, la marcha avanzó por la ciudad. Al pasar frente a la sucursal del Banco Alemán Transatlántico, la explosión de un petardo desató una feroz represión policial con balas de goma y de plomo. Los manifestantes se dispersaron y un grupo ingresó a la galería Melipal, un paseo de compras que se transformó en una trampa mortal.
Allí, el oficial inspector Juan Agustín Lezcano, quien dirigía el operativo, disparó a la cabeza del estudiante de Ciencias Económicas, Adolfo Bello. Ante el estupor general, los propios efectivos cargaron el cuerpo en un auto y lo llevaron a un nosocomio cercano, donde Bello murió pocas horas después.
Durante los tres días siguientes, Rosario fue un hervidero de actos relámpago y denuncias. El 21 de mayo, el Comité de Lucha de Estudiantes y la CGT de los Argentinos convocaron a una “Marcha del Silencio”. Cinco mil personas, entre obreros y estudiantes, marcharon desde la Intendencia hacia la sede de la CGT en calle Córdoba 2060. La respuesta del gobierno fue un despliegue masivo de Infantería, Montada y carros hidrantes. Esta vez, el pueblo respondió con barricadas y fogatas, obligando a la policía a retroceder hasta la Jefatura.
En medio de los enfrentamientos, un grupo se dirigió a la radio LT8 para transmitir una proclama. A pocos metros, en la calle Dorrego, el estudiante y aprendiz metalúrgico Luis Norberto Blanco, de solo 15 años, cayó baleado por la espalda. Su muerte inmediata llevó al gobierno a declarar a Rosario “zona de emergencia”, bajo control militar del general Roberto Fonseca, quien decretó el estado de sitio y la pena de muerte.
Pese a la Gendarmería patrullando las calles y los 89 detenidos, el plenario de 38 gremios ratificó el paro para el 23 de mayo. El ausentismo en Rosario y San Lorenzo fue total. El momento más conmovedor fue el entierro de Luis Norberto Blanco: siete mil personas caminaron 87 cuadras escoltando sus restos hasta el cementerio.
Simultáneamente, en la localidad de Pérez, 2.000 trabajadores ferroviarios iniciaron una huelga tras la suspensión de sus delegados Enrique Gigena y Roberto Forcatto. Este conflicto fue el eslabón que uniría las luchas hasta engendrar el Segundo Rosariazo en septiembre de ese mismo año.
¡Salú, pueblo rosarino! Por hacer estallar la solidaridad, por la unión obrero-estudiantil y por demostrar que la dictadura no duraría los veinte años que pretendía. ¡Honor a Adolfo Bello y a Luis Norberto Blanco!
Ruben Ruiz - El Pelícano


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