2 de mayo: Leonardo da Vinci, "Il uomo universalis"

Un día como hoy, pero de 1519, se despedía Leonardo di ser Piero da Vinci: pintor, escultor, anatomista, arquitecto, ingeniero, urbanista, inventor, científico, botánico, paleontólogo, cartógrafo, escritor, filósofo, luthier, músico y poeta.
Las Efemérides del "Pelícano"02 de mayo de 2026Diario BonaerenseDiario Bonaerense

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Leonardo da Vinci. Diariobonaerense.com.ar

Nació en un lugar cercano a Florencia. Fue hijo natural de Caterina di Meo Lippi, una joven campesina de 15 años, y de Piero Fruosino di Antonio, notario, canciller y embajador de la República de Florencia, quien nunca lo reconoció. Vivió sus primeros cinco años con su madre y, en 1457, se mudó a la casa de sus abuelos paternos en Vinci. Su abuela, Lucia di ser Piero di Zoso, que era ceramista, probablemente lo inició en el mundo del arte. Desde niño fue muy curioso, amante de la naturaleza, rebelde y provocador. Aprendió a leer y escribir con rapidez; era afecto a las caricaturas y al dialecto toscano; se instruyó en aritmética, pero careció de una buena enseñanza de latín.

El común denominador de esos años eran las guerras interminables entre las ciudades-estado, pequeñas repúblicas y feudos en poder de príncipes o papas, en un estado de violencia envolvente aunque también, paradójicamente, de esplendor artístico. En ese contexto se formó y desarrolló Leonardo. En 1460 se mudó con su padre a Florencia y en 1466 ingresó como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio, reconocido pintor, escultor, orfebre y fundidor, quien le enseñó las técnicas de esas artes y lo inició en la talla del mármol y el bronce. Incorporó conceptos básicos de química, metalurgia, carpintería, mecánica, cálculo algorítmico, manejo del ábaco, trabajo en cuero y yeso, y preparación de colores y pintura para frescos. Simultáneamente, visitaba el taller de Antonio Pollaiuolo, donde incorporó el arte del esmaltado y mejoró sus técnicas de grabado. En 1472 terminó sus estudios y se registró en el gremio de artistas y doctores en medicina, la Compagnia di San Luca.

Ya había aprendido una técnica venida de los Países Bajos, la pintura al óleo, que permitía un mejor manejo del pincel y una mayor penetración en la tela. La puso en práctica en su colaboración para El bautismo de Cristo, obra en la que superó a su propio maestro. Agregó a sus conocimientos el esfumado, técnica que permite dar una sensación de lejanía y suavizar los contornos. En esa época pintó su primer cuadro, La Virgen del clavel, y más tarde La Anunciación. En 1478 se alejó de Verrocchio y se convirtió en maestro pintor independiente.

En 1482 se incorporó a la corte de Ludovico Sforza, duque de Milán. Se encontró en una ciudad más abierta y académica que le permitió desarrollar sus múltiples conocimientos. Su puesto de trabajo fue el de ingeniero militar, desde donde desarrolló sus conceptos de hidráulica, mecánica, arquitectura y urbanismo. Diseñó sistemas de palancas para multiplicar la fuerza humana y de defensa contra la artillería enemiga, planos para canalización de ríos y villas espaciosas para combatir el hacinamiento producido por la peste en Milán. En simultáneo, pintaba. La hermandad de la Inmaculada Concepción lo contrató para realizar una obra en la iglesia de San Francisco. Nació así La Virgen de las Rocas, pintura al óleo sobre madera donde demostró su dominio del claroscuro, que daba a las figuras un aire de irrealidad. Tenía que ejecutarlo en ocho meses; tardó veinte años y en dos etapas.

En esa época entabló amistad con el fraile, matemático y economista Luca Pacioli, quien escribió La divina proporción y encargó a Leonardo las ilustraciones. Sus estudios sobre anatomía no se detendrían. En 1490 realizó la ilustración de El hombre de Vitruvio, una obra hecha con plumín, pluma y tinta en papel sobre las proporciones del cuerpo humano, con notables anotaciones sobre anatomía. Es el famoso dibujo de dos cuerpos humanos superpuestos y enmarcados en un círculo y un cuadrado como presentación de su estudio sobre el canon de las proporciones humanas. Ese mismo año pintó La dama del armiño, retrato de la joven Cecilia Gallerani, amante del duque de Milán, en la que produjo una innovación para la época: la composición en tres cuartos de perfil. En 1495 realizó La belle ferronière, retrato de otra joven con mirada desafiante y sonrisa misteriosa.

En 1498 deslumbró con La última cena, un fresco sobre yeso y tiza pintado con témpera, realizado en el convento Santa Maria delle Grazie. Retrata el momento dramático en que Jesús anuncia: “Uno de ustedes me traicionará”. La verosimilitud de las expresiones, la representación de los rasgos físicos y psicológicos de cada personaje, cómo los apóstoles se miran unos a otros y la profundidad ambiente devenida de la perspectiva, hacen de esta obra una genialidad.

En 1499 huyó a Venecia, ciudad amenazada por los turcos, donde trabajó como ingeniero militar. Elaboró sistemas de defensa ante un eventual ataque naval, diseñó una escafandra submarina, carros de combate, aletas para obuses de mortero y un cañón a vapor. En paralelo, inició los bocetos de La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana para el convento de la Santa Anunciación. En 1502 fue convocado desde Florencia por César Borgia para fortalecer las defensas de los territorios conquistados. Recorrería Emilia-Romaña y Las Marcas, y regresaría a Florencia en 1503.

Pero también haría arte. De esa época es La Gioconda, retrato insuperable de Lisa Gherardini (la Madonna), esposa de Francesco del Giocondo. La utilización del esfumado para separar y fusionar los rasgos de su rostro, la perspectiva aérea que permite ver más objetos a medida que uno se aleja de la obra, el tránsito de los colores hacia los grises y azules, y su expresión indeterminada la convierten en una obra maestra que Leonardo llevó consigo hasta sus últimos días.

Luego deambuló por Milán, Roma y Francia. Se dedicó a estudiar distintos fenómenos de la naturaleza y su aplicación a la vida cotidiana. En 1505 redactó el Códice sobre el vuelo de los pájaros y de sus observaciones generó el diseño de un helicóptero rudimentario. También inventó un telar mecánico, la máquina de cardar y la de “afeitar sábanas”, la máquina para pulir espejos y el primer higrómetro (instrumento para medir la humedad del aire). Continuó con el estudio de la anatomía humana. Dibujos minuciosos de huesos, músculos, tendones, el corazón y el sistema vascular, el sistema reproductivo y otros órganos internos, y sobre los movimientos del ojo —que compiló junto al doctor Marcantonio della Torre— fueron publicados bastante tiempo después (1680) bajo el imaginario y enigmático título de Tratado de la pintura.

Convivió muchos años con dos de sus alumnos. Con Gian Giacomo Caprotti, a quien Leonardo apodaba “Il Salai” (pequeño diablo), pícaro, de trato difícil y acaparador inconsulto de bocetos, pero de una relación muy intensa con el maestro. Y con Francesco Melzi, metódico, eficaz y observador, quien fue su secretario personal y heredó la mayoría de sus obras y dibujos.

La inventiva culinaria fue otra de sus especialidades. Uno de sus padrastros, Accatabriga di Piero del Vacca, era pastelero y le enseñó los primeros rudimentos del arte de cocinar. En su juventud trabajó en la taberna “Los tres caracoles”; luego, con el pintor Sandro Botticelli, fundó el restaurante “La enseña de las tres ranas de Sandro y Leonardo”, donde intentaron limitar las exageradas porciones que se servían y variar los monotemáticos menús (en general, polenta con carne), pero fracasaron. Por último, fue Maestro de Banquetes y Ceremonias en la corte milanesa de Ludovico Sforza, donde trabajó con Battista de Villanis, quien lo acompañó hasta sus últimos días. El mito le atribuye la escritura de un libro de recetas y modos de cocción, pero nunca pudo ser confirmado ni desmentido.

Vegetariano, disléxico, zurdo, experto en escritura especular (de derecha a izquierda), ambidiestro vincular (escribía con una mano y pintaba con la otra al mismo tiempo), exigente, estudioso, innovador, perfeccionista, pasional y alborotador.

¡Salú, Leonardo! Por tu sabiduría inmensa, por transmitir tu ideal de belleza a obras inimitables, por tu irreverencia conceptual y por tu audacia artística y científica. Un partícipe honorario de nuestra popular imaginaria.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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