
María Elena Walsh: El último gran mito de la infancia argentina
Diario Bonaerense
Un día como hoy pero de 1930 nacía María Elena Walsh, poeta, escritora, compositora, cantante, folclorista y guionista argentina que nos abrió los ojos y los oídos. Nos hizo pensar a muchos argentinos que pocas veces habíamos escuchado canciones hechas para nosotros sin subestimarnos por nuestra edad; achicó notablemente la distancia de los chicos con la música y la poesía, revolucionando el género para luego hacer lo mismo con las canciones para adultos.
Nació en Villa Sarmiento, en el oeste del Gran Buenos Aires. Hija de Enrique Walsh, empleado ferroviario inglés que trabajaba como jefe de contaduría en el Ferrocarril Oeste, y de María Elena Monsalvo, hija de criollo y andaluza. De niña interactuó con la radio; escuchaba tango o jazz y a Niní Marshall. Posteriormente, fue devota del cine sonoro, seguidora de la pareja formada por Fred Astaire y Ginger Rogers, de Bing Crosby o Shirley Temple. A los 12 años se enfrentó al deseo de sus padres y consiguió que la enviaran a la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires, donde se recibió de profesora de Dibujo y Pintura. A los 15 años publicó su primer poema, “Elegía”, en la revista Hogar. A los 17 murió su padre y publicó su primer libro de poemas, Otoño imperdonable, que recibió el segundo premio Municipal de Poesía.
En 1948 aceptó la invitación del poeta Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia para una beca en la Universidad de Maryland. A su retorno trabajó dando clases de inglés y en 1951 publicó un poemario compartido con su novio, el escritor Ángel Bonomini. Ese mismo año tomó contacto con la folclorista Leda Valladares, que la invitó a emigrar a Europa. En 1952 se instalaron en París e iniciaron una larga relación artística y de pareja. Formaron el dúo Leda y María y comenzaron a cantar vidalas y bagualas de tradición oral andina en cafés y cabarets parisinos, relacionándose con artistas como Violeta Parra o Jacques Brel. Una novedad y un éxito que duró varios años.

En 1956 retornaron a Argentina y María Elena ya barruntaba escribir canciones infantiles. Su antecedente familiar eran las nursery rhymes y los limericks que le recitaba su padre, y su presente era un compendio de nuevos ritmos. Leda y María emprendieron una gira por el noroeste y editaron sus primeros discos de folclore, pero las diferencias artísticas aparecieron: Leda se aferraba a la pureza y María Elena pretendía incorporar la justicia social y el feminismo. En 1958 comenzó a guionar programas de televisión y grabaron Canciones de Tutú Marambá, que contenía temas emblemáticos como “La vaca estudiosa” y “El Reino del Revés”. Tras cartón, presentaron en el San Martín el espectáculo Canciones para mirar, un acontecimiento cultural que duró dos años en cartelera.
En 1962 realizaron su último espectáculo juntas, Doña Disparate y Bambuco, donde aparecieron Manuelita y el Mono Liso. Tras la separación del dúo en 1963, María Elena consolidó su universo literario con libros como Zoo loco y el imperdible Dailan Kifki. En 1968, se metió con el mundo de los adultos y estrenó Juguemos en el mundo, tocando temas espinosos como el exilio y las actitudes de la clase media en canciones como “Los ejecutivos” o la inapelable “Serenata para la tierra de uno”. La dictadura de 1976 la censuró, pero ella respondió con coraje en 1979 con su artículo “Desventuras en el País Jardín-de-Infantes”. Contrariamente a lo pretendido por los represores, sus temas “Como la cigarra” u “Oración a la Justicia” se convirtieron en himnos de la resistencia.
Con la recuperación democrática recibió el reconocimiento de todas las generaciones. María Teresa Andruetto la llamó “reina de la metáfora” porque, hablando de animales, hablaba de cuestiones nacionales. Fue una relatora concisa de nuestra idiosincrasia: irónica, filosa, feminista cuando era difícil serlo y centrojás elegante para jugar con nuestras contradicciones.
Salú María Elena!! Por tus canciones que nos acompañaron sin distinción de edad, por tu sensibilidad, por tu forma fácil de reflejar cosas complejas, por tu humor y por tu poesía inoxidable.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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