
14 de junio: Osvaldo Dragún, el motor del teatro independiente y la resistencia cultural
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1999, se despedía Osvaldo “Chacho” Dragún, dramaturgo, gestor y teórico teatral, personaje ineludible del movimiento del teatro independiente, cofundador de Teatro Abierto, asociado al realismo teatral y profundamente comprometido con la realidad latinoamericana.
Nació en 1929 en Colonia Berro, una colonia agrícola característica de la inmigración judía en la provincia de Entre Ríos. Fue hijo de un padre anarquista y una madre actriz que habían huido de Rusia y habían tenido que comprar el apellido “Dragún” en el barco que los trajo a la Argentina. La lectura y los deportes eran actividades innegociables en una casa de recursos escasos pero estrechamente vinculada a la cultura. En 1943, Osvaldo se mudó con su familia a la ciudad de Buenos Aires; tiempo después comenzó la carrera de Derecho, pero la abandonó para volcarse de lleno a su vocación indisimulable: el teatro.
Aquel quiebre coincidió con el arribo de su tío Juan, un luchador derrotado en la Guerra Civil Española que había sido prisionero en los campos de concentración para refugiados españoles en Francia. Se trataba de un hombre letrado, culto y crítico veraz que lo impulsó a leer a Antón Chéjov, Henrik Ibsen, Máximo Gorki, George Bernard Shaw y Eugene O'Neill, convirtiéndose en un guía formidable para su formación.
En 1947 escribió su primera obra, El gran duque ha desaparecido, la cual no llegó a estrenarse. Se inició formalmente en un grupo filodramático de su barrio, La Paternal, que tenía una particularidad: sus integrantes eran todos jugadores de básquet. Las pequeñas giras que realizaban le impedían mantener un trabajo regular. Poco tiempo después se incorporó al elenco del Teatro IFT (Idisher Folks Theater - Teatro Popular Judío), donde adaptó piezas como Madre Coraje y Judíos sin dinero. Con el afán de perfeccionar su escritura, ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y comenzó a trabajar como guionista, época en la que también se afilió al Partido Comunista.
En 1956 se incorporó al Centro de Estudios de Arte Dramático Fray Mocho Teatro Escuela, creado años antes por Oscar Ferrigno. Un autor ineludible de esa etapa fue el alemán Bertolt Brecht, cuya obra teórica y conceptos de modernización del campo teatral se expusieron profusamente en dicho espacio, logrando concretar un arte popular con estilo nacional en combinación con las corrientes estéticas europeas que impactaban en esos años.
Allí, Dragún escribió el célebre libro Historias para ser contadas, desde cuyo texto adaptó cuatro obras breves que tuvieron una enorme repercusión: Historia de un flemón, una mujer y dos hombres; Historia de cómo nuestro amigo Panchito González se sintió responsable de la epidemia de peste bubónica en África del Sur; Historia del hombre que se convirtió en perro; e Historia del hombre que se convirtió en mono. Eran relatos simples o triviales que se apoyaban en el grotesco, la ironía o el absurdo, transformándose en historias de carácter ejemplar. Otra de sus grandes características fue el minimalismo escénico: tres actores, una actriz, una pequeña utilería, música en vivo y una gran versatilidad espacial que permitía representar las obras en cualquier escenario.
Completaron este volumen las piezas Los de la mesa 10 (que fue llevada al cine) e Historia de mi esquina, donde abordó temas universales como el amor, la esperanza o la angustia, entrelazados con tópicos locales como la desorientación y la memoria rioplatense.
Simultáneamente escribió su primer gran éxito, La peste viene de Melos, obra que toma de forma metafórica un hecho acaecido en la antigua Grecia —aunque traspolado al golpe de Estado que los Estados Unidos perpetraron en 1954 en Guatemala para derrocar al gobierno de Jacobo Árbenz y reemplazarlo por una junta militar— y que sirve como excusa para analizar las relaciones de poder, el peso de la propaganda, los motivos ocultos detrás de las guerras y las estrategias de supervivencia en situaciones de crisis.
Inmediatamente después escribió Túpac Amaru, una relectura historiográfica con la intención de desmitificar al dominador y describir la decadencia del Imperio español, buscando una conexión directa con los comportamientos sociales e individuales del momento de su creación (1957). Además de su labor autoral, se desempeñó como asesor literario del teatro y organizador de eventos teóricos, tales como los seminarios realizados dentro del Primer Festival Rioplatense de Teatros Independientes en 1960.
Al mismo tiempo, incursionó con éxito en la televisión. Fue coguionista junto a Andrés Lizarraga, Roberto Cossa y Dalmiro Sáenz del ciclo Historia de jóvenes, emitido por Canal 7 bajo la dirección de David Stivel. El programa contaba con destacados actores y actrices provenientes del teatro independiente, entre ellos Norma Aleandro, María Rosa Gallo, Bárbara Mujica, Jorge Rivera López, Emilio Alfaro, Luis Medina Castro, Selva Alemán, Nélida Lobato, Susana Rinaldi, Ámbar La Fox y Emilio Disi.
Desde 1961 residió en Cuba —donde vivió durante dos años—, México, Venezuela, Perú, Colombia y los Estados Unidos. Tiempo después se radicó en España, donde participó en varias producciones televisivas. En esos años de tránsito escribió El jardín del infierno, donde describió la pobreza y la violencia en una villa de emergencia y el desarraigo de sus habitantes, y Milagro en el mercado viejo, obra que transcurre en el sótano de un predio de mercancías donde confluyen los marginales y los excluidos en el horario nocturno, cuando el espacio cambia de dueños; una pieza que retrata la crudeza de la vida de los desposeídos junto a la ilusión, el amor, el juicio sobre los demás y el futuro. En 1966 sumó Heroica de Buenos Aires, un calidoscopio sobre las dificultades y luchas de los ciudadanos para enfrentar un panorama complejo y contradictorio, la opresión de las instituciones, la incapacidad para controlar el contexto y una fuerte crítica al militarismo.
En 1981 formó parte de un grupo de colegas y amigos compuesto por Roberto “Tito” Cossa, Jorge Rivera López, Luis Brandoni, Pepe Soriano, Oscar Viale y Gonzalo Núñez, entre otros, quienes pergeñaron una idea magistral: ponerle arte a la resistencia contra la dictadura militar. Así nació Teatro Abierto, y el público inundó de inmediato la sala de El Picadero. El centro de Buenos Aires se transformó en un espacio de teatro y libertad. La respuesta del régimen fue brutal: incendiaron el recinto. Sin embargo, no lograron detener el movimiento; la actividad se trasladó al Teatro Tabaris, las obras de autores argentinos se multiplicaron y el acompañamiento del público creció exponencialmente, replicándose la experiencia en los años posteriores. Dragún aportó a este ciclo los títulos Mi Obelisco y yo y La balada del pobre Villón (1981), Al vencedor (1982) y Hoy se comen al flaco (1983).
En 1987 se puso al hombro junto a otros colegas la reapertura del Teatro del Pueblo bajo la nueva denominación de Teatro de la Campana, ubicado a metros del Obelisco, reconstruyendo así una parte fundamental de la historia teatral argentina. Al año siguiente se radicó en Cuba para dirigir la Escuela de Teatro de Latinoamérica y el Caribe, con sede en La Habana, una enriquecedora experiencia pedagógica que se extendió durante siete fructíferos años.
Continuó con su labor de escritura y publicó títulos como ¡Arriba corazón!, La soledad del astronauta, El delirio e Historias con cárcel. En 1996 regresó definitivamente a la Argentina y fue designado director del Teatro Nacional Cervantes, una decisión institucional por la que recibió variadas críticas del sector y que le costó el distanciamiento de algunas amistades, debido al paso del ámbito del teatro independiente al rol de funcionario público durante la gestión menemista.
A pesar de los cuestionamientos, su decisión fue firme y avanzó con paso firme: convocó a sus colegas, descentralizó la gestión y organizó la “Maratón del Cervantes”, en la que participaron catorce grupos de Buenos Aires y del interior del país, además del Encuentro Iberoamericano de Teatro. Asimismo, impulsó numerosas giras de los elencos oficiales por todo el territorio nacional, en un intento novedoso de federalización teatral y distribución equitativa de los recursos.
Finalizaba el otoño de 1999 cuando las complicaciones de una neumonía afectaron su corazón, provocándole un paro cardíaco definitivo. El deceso se produjo de manera sorpresiva en el hall del Cine Splendid de la ciudad de Buenos Aires, mientras se encontraba acompañado por su esposa. Un desenlace con tintes teatrales para un habitante itinerante y apasionado de ese arte milenario.
Crítico implacable de las estructuras de opresión, analista agudo de la existencia cotidiana, creador de personajes entrañables y reconocibles, morador del absurdo y hacedor enérgico, Dragún dejó una huella imborrable en la escena nacional.
¡Salud, Osvaldo Dragún!
Ruben Ruiz - El Pelícano


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