
26 de agosto: Fray Mocho, el gran cronista del habla popular, el humor político y el hampa porteña
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1858, nacía José Sixto Álvarez Escalada, escritor y periodista argentino que describió con maestría las costumbres urbanas y rurales, las iconografías cotidianas y moldeó el uso de expresiones populares que se convirtieron en parte del habla común.
Nació en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos. Fue hijo de la pareja uruguaya formada por Dorina Escalada Baldez y Desiderio Álvarez Gadea. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. Sus amigos lo conocían como «Mocho», apodo al que luego le agregó el título de «Fray».
En 1876 viajó por primera vez a la ciudad de Buenos Aires, pero se estableció definitivamente en ella en 1879. Tenía 21 años y traía consigo esa costumbre campera de criticar usando la broma como recurso: filoso pero simpático. Trabajó como periodista en diferentes periódicos: El Nacional, La Pampa, La Patria Argentina, La Razón y en revistas como El Ateneo o La Colmena Artística. Fue cronista policial en La Nación en una época donde las notas sobre delitos se escribían con un cuidado formato literario.
En 1885 publicó su primera obra, Esmeraldas, cuentos mundanos, una serie de narraciones breves sobre su entorno cercano. En 1886 ingresó a la Policía de la Capital y se desempeñó como comisario de pesquisas. Conoció en profundidad los bajos fondos, a sus personajes, las estrategias de los hampones y las costumbres para eludir la ley que se difuminaban entre la gente común.
En una ocasión encontró a un amigo suyo jugando a la taba por dinero, un acto prohibido por ley. Le explicó que lo apreciaba, pero que estaba obligado a encarcelarlo por dos días. Meses después, su amigo encontró a Fray Mocho jugando de forma ilegal. Ante la evidencia, el escritor le dijo a su allegado: «Olvidate de que soy comisario y llevame a la comisaría». Al verlo, el subcomisario se sorprendió, pero Fray Mocho le exigió que lo encarcelara por dos horas. Su amigo lo increpó: «¿Por qué dos horas si a mí me tuviste dos días?». «Es que vos no sos comisario», le retrucó. Con códigos, pero sin exagerar…
En 1887 publicó Galería de ladrones de la Capital, un álbum de fotografías con impresiones fotomecánicas de los principales malhechores de la ciudad, y Vida de los ladrones célebres y sus maneras de robar.
Diez años después publicó Memorias de un vigilante, obra que originalmente firmó bajo el seudónimo Fabio Carrizo. Se trata de un libro autobiográfico en clave ficcional que utiliza a su personaje para describir su viaje a la gran ciudad, el impacto que le causó, su ingreso a la fuerza policial y su encuentro con la heterogeneidad citadina. Incluye el registro del lunfardo y su mundo circundante, análisis y relatos pícaros sobre el delito contra la propiedad, y descripciones precisas sobre el malevo y su vestimenta, los criollos y extranjeros, el vigilante enamoradizo, la jerarquía en el hampa y los delatores.
Ese mismo año escribió Viaje al país de los matreros, una obra que clasifica de forma ágil los recuerdos de sus viajes por las costas del río Paraná: escenas, costumbres y personajes. La carnada, la caza del peludo, la doma, el fogón, la siesta y las tierras bajas donde se refugiaban los matreros solitarios y de pocas palabras.
En 1898 se convirtió en director y primer editor de la icónica revista Caras y Caretas. La publicación destacaba por sus ilustraciones de calidad, un caleidoscopio de retratos de los habitantes, diferentes usos del idioma, notas de intriga, crítica política y relatos detallados e irónicos de acontecimientos sociales y culturales que daban cuenta del cambio de costumbres, la identificación de oficios y los nuevos hábitos. Contaba con viñetas populares que invitaban al asombro y producían una empatía masiva, además de secciones como «Portfolio de Curiosidades» y «Sinfonía».
También en 1898 publicó En el mar Austral, croquis fueguino, una historia de aventuras a bordo de un barco ballenero que recorre el extremo sur de la Argentina y Chile. Se trata de una ficción en la que describe el paisaje desolado de la isla del fin del mundo y las condiciones de vida de sus pobladores, enfocada en que los habitantes de la gran ciudad apreciaran la diversidad e inmensidad del territorio nacional.
La precisión en el relato de los paisajes, la descripción de los pueblos originarios de la zona (yaganes, kawésqar y selk'nam), la fuerza expresiva que imprime a la figura de los loberos, mineros, buscadores de oro y contrabandistas, los datos sobre lobos marinos, tiburones, delfines, ballenas, albatros, avutardas, alciones, petreles y pingüinos, junto a la aparición de las leyendas del huemul, del avestruz o del guanaco, hacen de este libro una guía imprescindible sobre la región más austral de nuestro país.
Lo curioso es que Fray Mocho nunca viajó a esa zona: compuso su obra basándose en numerosos datos, historias y anécdotas que le aportaron marineros y exploradores, logrando una reconstrucción que su pluma describió con notable verosimilitud.
Sus obras póstumas, como Cuentos de Fray Mocho, Cuadros de la ciudad o Salero criollo, sumaron aristas, situaciones y relatos que describieron con humor ácido una época de profundas transformaciones en la vida cotidiana y mostraron las actitudes de las distintas clases sociales ante esos cambios.
Detallista, provocador, retratista de lo evidente que habitaba en las sombras y cultor de la filigrana literaria para comunicar, se ganó con creces el título de uno de los primeros periodistas profesionales de la Argentina.
¡Salud, Fray Mocho!
Ruben Ruiz - El Pelícano


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