
21 de agosto: Florencio Molina Campos, el pintor que llevó al gaucho a millones de hogares argentinos
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1891, nació en la ciudad de Buenos Aires el dibujante y pintor de los gauchos y de las costumbres de la pampa y del país, Florencio de los Ángeles Molina Campos. El artista de los gauchos y «chinas» de rasgos exagerados y humor melancólico, de caballos desproporcionados y vitales, o de pulperías y fiestas camperas llenas de música.
Pasó su vida, especialmente su infancia y adolescencia, entre la ciudad de Buenos Aires, los pagos del Tuyú y General Madariaga en la provincia de Buenos Aires, y Chajarí en la provincia de Entre Ríos. Allí compartió su cotidianeidad con los peones de campo y con su trabajo; aprendió a registrar sus costumbres, a valorarlos y a respetarlos. Mientras tanto, estudió y se recibió en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En las artes plásticas fue un autodidacta: probaba y se perfeccionaba en soledad desde los nueve años.
En 1920 se casó con María Hortensia Palacios Avellaneda y al año siguiente nació su única hija, Hortensia, a la que apodaron «Pelusa». El matrimonio fracasó y la niña quedó al exclusivo cuidado de su madre. Años después, conoció en Mar del Plata a una joven mendocina, María Elvira Ponce Aguirre, con quien convivió hasta sus últimos días.
Como en la Argentina no existía el divorcio, la pareja contrajo matrimonio varias veces: en 1932 en Montevideo, en 1937 en los Estados Unidos y, finalmente, el 9 de marzo de 1956 se casaron por civil en Buenos Aires aprovechando la Ley N.º 14.394, que en su Artículo 31 permitía el divorcio vincular para aquellos casos que hubieran obtenido la separación de cuerpos con al menos un año de antelación. A los pocos días de su casamiento, esa ley fue suspendida, pero los matrimonios contraídos con anterioridad quedaron legalizados.
En 1926 realizó su primera exposición en la Sociedad Rural. Se trataba de 61 pasteles y acuarelas colgadas en hileras de cinco obras que llegaban casi hasta el piso, bajo el título de Motivos gauchos. El presidente Marcelo T. de Alvear quedó impresionado por la obra, compró dos láminas y le otorgó una cátedra en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda.
En marzo de 1930 firmó un contrato para ilustrar los almanaques de la empresa Alpargatas; su éxito extendió el vínculo hasta 1936, años en los que retrató la historia de Tiléforo Areco, un capataz de estancia que había conocido en su niñez. Repitió contrato entre 1940 y 1945, período en el cual incorporó motivos de otras regiones argentinas y no solamente de la pampa. Sus almanaques poblaron almacenes, estaciones de trenes, librerías, pulperías y talleres de todo el país.
También trabajó en el diario La Razón. Allí abandonó por un tiempo sus ilustraciones gauchescas y desarrolló una tira humorística inspirada en la prehistoria que tituló Los Picapiedras Criollos, en la que ilustraba a simpáticos cavernícolas y sus llamativas costumbres adaptadas al siglo XX.
En 1942 fue contratado por Walt Disney para asesorar a los dibujantes en tres películas de los Estudios Disney. Sin embargo, los filmes derivaban en una parodia y deformación de los paisanos y sus costumbres que Molina Campos no compartió, por lo que decidió renunciar.
En 1944 firmó un contrato por más de 10 años con la firma estadounidense Minneapolis-Moline para ilustrar almanaques en los que se incluía maquinaria agrícola de la empresa; posteriormente, ilustró afiches, estampillas y naipes. Se transformó en una suerte de embajador cultural y entabló amistad con estrellas cinematográficas del momento como Charles Chaplin, Rita Hayworth o el gran actor y bailarín Fred Astaire, a quien le enseñó a bailar el malambo.
Sus últimos años los vivió en la localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires, donde él mismo construyó su casa. Durante el día trabajaba la tierra y cuidaba a sus animales, mientras que durante la noche pintaba y escuchaba música clásica. Su última obra la construyó en un rincón de su chacra: una escuela rural para los niños de familias humildes de Cascallares. Tenía dos aulas, un pasillo cubierto y un mástil donde flameaba la bandera argentina, bajo el nombre de su antepasado Gaspar Campos. Tiempo después comenzó a funcionar como la Escuela N.º 20 «Florencio Molina Campos».
Fue uno de los artistas plásticos más populares de nuestro país. Pintaba minuciosamente las expresiones del paisano, la vestimenta de los hombres y mujeres de campo, sus ranchos, sus caballos, el mate, las tortas fritas y las diversas manifestaciones del trabajo rural.
Fue un agudo observador con memoria fotográfica, simpático, entrador, carismático, eximio bailarín, siempre bien empilchado, defensor a ultranza de los habitantes de nuestro campo y eficaz difusor de sus costumbres, gestos y pasiones en el mundo urbano de nuestro país y buena parte del planeta.
¡Salud, Florencio! Gracias por permitirnos convivir con esos personajes inolvidables y vitales que se siguen riendo o enojando en cada rincón de nuestra Patria.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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