25 de julio: Osvaldo Pugliese, el maestro del marcatto, la dignidad obrera y el talismán eterno del tango

A 31 años de su partida, recordamos al pianista, compositor y director de Villa Crespo que revolucionó la música ciudadana con "La yumba", fundó el sindicato de músicos para defender a sus compañeros y convirtió su orquesta en una cooperativa ejemplar. Un repaso por la vida del artista que se volvió leyenda y sinónimo de buena fortuna.
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Un día como hoy, pero de 1995, se despedía Osvaldo Pugliese, pianista, director de orquesta, compositor, símbolo indiscutido de la renovación tanguera, pionero del nacimiento del tango moderno y fundador del Sindicato Argentino de Músicos.

Le decían "el Rasca". Nació en la casa ubicada en Canning (hoy Scalabrini Ortiz) 392, en el barrio de Villa Crespo, que a principios del siglo XX formaba parte del suburbio de la ciudad de Buenos Aires. Hijo de Aurelia y Adolfo, un cortador de calzado y flautista aficionado, Osvaldo creció en un ambiente donde la música era cotidiana: sus dos hermanos mayores, Vicente Salvador y Alberto Roque, eran violinistas. Las primeras nociones musicales las recibió de su padre y, más tarde, estudió violín en el vecino Conservatorio Odeón con el maestro D’Agostino. Fue allí donde se topó con un instrumento que lo sedujo de inmediato: el piano. Aquel fue un amor a primera vista y se convirtieron en compinches por el resto de su vida.

Abandonó la escuela primaria en cuarto grado y comenzó a trabajar en una imprenta de la avenida Corrientes (en ese entonces Triunvirato), entre Vera y Godoy Cruz. También se desempeñó como aprendiz de joyería y de carpintería. Tras un período de desavenencias con su padre por su destino laboral, se volcó de lleno al estudio del piano, la armonía y el contrapunto bajo la tutela de maestros como Vicente Scaramuzza, Pedro Rubbione y Antonio Bautista.

A los 15 años debutó profesionalmente en un trío completado por Domingo Faillac en bandoneón y Alberto Ferrito en violín, presentándose en el bar "La Chancha", ubicado en Rivera (hoy avenida Córdoba) y Godoy Cruz. Sin embargo, su presencia se hizo fuerte en el Café ABC, de Córdoba y Canning, escenario donde estrenó su célebre tango "Recuerdo" —con letra de Eduardo Moreno— e integró la orquesta dirigida por la primera mujer bandoneonista de nuestra historia, Francisca Cruz Bernardo, más conocida como "Paquita, la Flor de Villa Crespo".

Con el tiempo se afianzó y comenzó a pisar el centro de la ciudad. Tocó en el café "El Parque", en Lavalle y Talcahuano, junto a Enrique Pollet, el "cieguito" Biasco y Diodatti en bandoneones, y el "zurdito" Franco y De Grandis en violines.

Los directores de orquesta de la época solían detectar rápidamente a los buenos músicos. Primero lo contrató Roberto Firpo y, para 1926, Pugliese ya se desempeñaba como el pianista del sexteto de Pedro Maffia. No obstante, en su cabeza rumiaba de forma constante la idea de conformar su propia agrupación. En 1929 se asoció con Elvino Vardaro y Alfredo Gobbi (primer y segundo violín), Ciriaco Ortiz y Aníbal Troilo (en bandoneones) y "Pucherito" Adesso (en contrabajo) para dar forma a su propio grupo. Aunque debutaron con éxito en el café Nacional y emprendieron una gira por las provincias, les faltó respaldo económico y el proyecto fracasó. Ante esto, volvió a sus filas tradicionales e integró sucesivamente las orquestas de Gobbi, Miguel Caló y Pedro Láurenz. También tocaba en los cines Electric y Metropol (en una época en que las películas aún eran mudas) y trabajó en la Academia Lapade, donde compartió espacio con Mariano Mores y Aída Luz.

Con la llegada del cine sonoro y la vitrola, la realidad social cambió drásticamente. En pocos meses se instaló una desocupación masiva de músicos de tango, jazz y música clásica. Solo quedaban como fuentes de trabajo los cabarets, los boites, los dancings, unos pocos clubes nocturnos y los exclusivos garconnières, ámbitos donde los patronos solían abusar de su poder al momento de contratar. Fue en ese duro contexto donde emergió el Pugliese organizador de trabajadores. En 1935 impulsó las primeras reuniones orgánicas y, en 1937, cofundó el Sindicato de Músicos y Artistas Afines, que nucleó a los intérpretes y se lanzó activamente a la lucha laboral. Lograron que los músicos participaran de las recaudaciones de las salas, que las funciones no excedieran las cuatro de la madrugada y que se regularizara el trabajo en las emisoras de radio y los clubes. Aquella fue una gesta notable que unió de forma indisoluble la cultura con la defensa de los derechos de los trabajadores.

Aunque ejerció una intensa labor sindical, nunca dejó de ser músico. El 11 de agosto de 1939 se tomó revancha en el café Nacional y debutó con su nueva y definitiva orquesta. El conjunto estaba liderado por Pugliese en dirección y piano, acompañado por Enrique Alessio, Osvaldo Ruggiero y Alberto Armengol en bandoneones; Enrique Camerano, Julio Carrasco y Jaime Tursky en violines; Aniceto Rossi en contrabajo y la voz de Amadeo Mandarino. Al principio les costó consolidarse en el centro porteño; mientras tanto, hacían mella en los clubes de Avellaneda, Gerli, Lomas de Zamora, Quilmes, La Plata y Rosario. Así comenzó un fenómeno popular inédito: "las barras de Pugliese". Se trataba de una verdadera fiesta tanguera donde los seguidores vestían trajes de estilo Divito (saco largo y cruzado con grandes solapas y abundantes botones, pantalón abombillado ajustado por encima de la cintura y con una botamanga muy alta, botines largos y corbata chillona). Algunos, incluso, agregaban un detalle distintivo de lealtad al director: una curita adherida en la mejilla derecha.

Bajo su batuta florecieron tangos que marcaron un estilo interpretativo inconfundible, tales como "El encopao", "Adiós Bardi", "Recién", "Una vez", "La Beba" y "Barro". Asimismo, se adueñó de clásicos ajenos de manera magistral, legando versiones definitivas de "La mariposa" (de Pedro Maffia), "Derecho viejo" (de Eduardo Arolas), "Boedo" (de Julio De Caro), "Farol" (de los hermanos Expósito) y "Seguime si podés" (de Scarpino y Caldarella). Sin embargo, su gran himno fue "La yumba", compuesto en 1946. Con esta obra nacía el "marcatto con arrastre", un recurso rítmico que definió una época y dotó al grupo de una identidad inigualable. No conforme con esa marca indeleble, compuso posteriormente "Negracha" y "Malandraca", obras que completaron su podio vanguardista dentro del género.

Su obsesión artística fue siempre el tango tocado por y para la orquesta. Su eje central radicaba en la interpretación colectiva (los acentos, el marcado rítmico y el sutil acompañamiento para los solos de cada instrumento), todo enlazado por ese mecanismo conductor que era su piano. Su exigencia se traducía en ejecuciones precisas y sumamente afiatadas, con el desafío permanente de integrar a sus cantores no como meras estrellas solistas, sino como un instrumento orquestal más.

En el plano personal, su condición de militante comunista y su coherencia ideológica le acarrearon serios problemas políticos, pero también lealtades históricas por parte de su público. Fue encarcelado en reiteradas oportunidades tanto durante el peronismo como bajo la dictadura instaurada en 1955. Sin embargo, don Osvaldo nunca estuvo solo. En el verano de 1950 fue detenido dos días antes de un concierto programado en la cancha de Newell's Old Boys en Rosario. La orquesta se presentó y tocó de todas formas, sin director: los violines reemplazaron las notas del piano mudo y sobre el teclado del instrumento colocaron un clavel rojo. Los 40.000 espectadores presentes ovacionaron de pie al grito unísono de "¡Pugliese! ¡Pugliese!". Siempre que recuperaba la libertad, volvía a los escenarios con la frente en alto. Cuando el ciclo de detenciones se repetía, la orquesta replicaba el emotivo rito del clavel y el público abarrotaba los salones, demostrando que la perseverancia de Pugliese y sus seguidores podía más que la soberbia del poder de turno.

En 1985, finalmente, la orquesta se presentó en el Teatro Colón, cumpliendo el histórico sueño de su hinchada que solía alentar con dos cánticos característicos: "Ese, ese, ese, la barra de Pugliese..." y "¡Al Colón! ¡Al Colón!", en épocas en que los músicos populares se hallaban completamente excluidos del máximo coliseo lírico del país. Aquella versión de "La yumba", interpretada junto a muchos de los músicos que habían pasado por sus distintas formaciones a lo largo de las décadas, resultó inolvidable. El público hizo tronar las naves del teatro en un aplauso estruendoso, largo, emotivo y profundamente popular.

El 25 de julio de 1995, el maestro pareció decir: "Hasta aquí llegué, muchachos, ahora sigan ustedes...". Se marchó sonriendo y con la humildad que lo caracterizó siempre. Fue un comunista coherente en la acción: su Orquesta Típica funcionó bajo un estricto régimen de cooperativa donde los ingresos se repartían equitativamente y donde nunca faltó el trabajo ni el respeto mutuo. Por sus filas pasaron sus cantores favoritos, voces de la talla de Roberto Chanel, Alberto Morán, Jorge Maciel, Jorge Vidal y Abel Córdoba. Su figura cosechó el cariño y el respeto unánime de sus contemporáneos, desde Homero Manzi y Aníbal Troilo hasta Roberto Goyeneche y Astor Piazzolla.

Con los años, el imaginario popular lo convirtió en el símbolo "antimufa" por excelencia; hoy, artistas y trabajadores de la cultura de todo el país saben que invocar su figura en los camarines y escenarios siempre trae buena fortuna.

¡Salud, don Osvaldo! Su música sigue siendo parte fundamental del patrimonio popular y su conducta, un faro para nuestra cultura.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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