
Horacio Quiroga: El maestro de la selva que convirtió la tragedia en literatura universal
Diario Bonaerense
Un día como hoy pero de 1937 se despedía Horacio Silvestre Quiroga Forteza, cuentista, poeta y dramaturgo uruguayo, considerado el mayor exponente del cuento latinoamericano y un renovador de la prosa modernista y naturalista. Su vida, signada por el infortunio y la aventura, alimentó una obra donde la naturaleza salvaje y el destino humano se entrelazan de forma indisoluble.
Nacido en Salto, Uruguay, Quiroga convivió con la muerte desde sus primeros meses de vida, cuando su padre falleció en un accidente de caza. Años más tarde, presenció el suicidio de su padrastro y, en un episodio que lo marcaría para siempre, mató accidentalmente a su mejor amigo mientras revisaba un arma para un duelo. Estas sombras lo empujaron a buscar refugio en la acción y el estudio autodidacta de la química, la fotografía y la mecánica.
Tras un viaje a París que terminó en la penuria, se radicó en Argentina y descubrió su "lugar en el mundo": Misiones. Integró una expedición junto a Leopoldo Lugones y quedó prendado de la exuberancia del Alto Paraná. Allí se instaló, fue juez de paz, cultivador de yerba mate y constructor de su propia casa. Sin embargo, el drama volvió a golpearlo con el suicidio de su primera esposa en 1915, hecho que lo obligó a regresar temporalmente a Buenos Aires.
Fue en esa época de madurez y dolor donde nacieron sus obras cumbres. En 1917 publicó Cuentos de amor, de locura y de muerte, una pieza fundamental donde el misterio y la violencia acechan en lo cotidiano. Un año después, entregó a la literatura hispanoamericana los inmortales Cuentos de la selva, donde animales con rasgos humanos —rayas, yacarés, flamencos y coatíes— protagonizan relatos de una solidaridad conmovedora y una fantasía desbordante que han educado a generaciones enteras.
Sus últimos años transcurrieron entre la soledad de su amado monte y el desencuentro familiar. Aquejado por un cáncer de próstata irreversible, decidió poner fin a su vida en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires ingiriendo cianuro. Se fue con la misma determinación con la que enfrentó la selva. Nos dejó una literatura mágica, poblada de animales parlantes y atmósferas lúdicas que logran neutralizar el miedo a través de la belleza y la crudeza del mundo real.
Salú, Horacio! Gracias por abrirnos las puertas de esa selva indómita y por enseñarnos que en la locura y el amor también habita la verdad más profunda.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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