
Garrincha: el ángel de las piernas torcidas que hizo feliz a un pueblo
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1983, se despedía Manuel Francisco dos Santos, “Garrincha”: el puntero derecho más famoso de la historia del fútbol mundial por su indescifrable gambeta y su control de pelota. Una leyenda del fútbol brasileño que convivió con limitaciones físicas extremas y superó la pobreza que lo acompañó toda su infancia. Le ganó a su destino con su eximia habilidad, una mirada triste y penetrante, y una sonrisa dibujada.
Nació en Pau Grande, Magé, estado de Río de Janeiro, en el seno de una familia muy pobre. Trabajó desde pequeño en una empresa textil y juntaba monedas con sus amigos para comprar pelotas de goma pequeñas (parecidas a nuestra "Pulpito") porque las “número cinco” eran demasiado caras. Eso le permitió ganar una destreza poco común y un manejo extremadamente fino de los tiempos de freno y reacción.
Tenía 12 hermanos y una de ellas, Rosa, lo bautizó Garrincha, como un pájaro que habita las selvas del Mato Grosso: veloz, pequeño y algo torpe en tierra. Esa ligereza para moverse libremente le valió el apodo familiar a Mané, como también lo llamaban desde niño.
Era patizambo (rodillas juntas y piernas arqueadas hacia afuera), pisaba con sus dos pies girando 80º hacia adentro, su pierna derecha era seis centímetros más corta que la izquierda y tenía la columna torcida. Para colmo de males, había sufrido poliomielitis y las operaciones no tuvieron resultados positivos. Solo una persona especial pudo haberse transformado, contra toda lógica médica, en un prodigio de la gambeta.
Se inició en el Esporte Clube de Pau Grande. Se probó en varios clubes grandes pero, sistemáticamente, fue rechazado, hasta que logró una prueba en el Botafogo. En ese partido fue marcado por el famoso Nilton Santos, "la Enciclopedia del Fútbol". La soberbia actuación de Garrincha hizo que Nilton exigiera su contratación: “No quiero volver a jugar contra él”, dijo. Garrincha se convirtió en estandarte del Fogão y Nilton se transformó en su hermano mayor. Era el año 1953.
En su debut contra el Bonsucesso, convirtió tres goles. Jugó en el club hasta 1966 y se convirtió en la “Alegria do Povo” (la alegría del pueblo). No fue O Rei, no fue el príncipe de ningún club; simplemente fue el ícono alegre de un pueblo agradecido que se sentía libre cuando él abría sus alas en la cancha.
Su técnica era un ritual: tomaba la pelota junto a la línea de cal, amagaba hacia adelante por arriba de la redonda sin tocarla, volvía sobre sus pasos y repetía. El marcador no sabía si atorarlo o esperar, y esos segundos eran mortales porque Garrincha arrancaba cuando detectaba la duda. La popular deliraba. No era animosidad contra el rival; era felicidad pura.
En 1958 fue al Mundial de Suecia. Casi queda fuera porque el psicólogo de la selección, João de Carvalahaes, fue concluyente: “Es un débil mental, no apto para el juego colectivo“. El técnico Vicente Feola dudaba, pero Nilton Santos convenció a todos. Formó la famosa delantera: Garrincha, Didí, Vavá, Pelé y Zagallo. Fueron imbatibles y campeones invictos.
Pero su consagración absoluta fue en el Mundial de Chile 1962. Tras la lesión de Pelé en el segundo partido, Garrincha se puso el equipo al hombro. Fue el goleador y premiado como el mejor jugador del torneo, llevando a Brasil a su segundo título consecutivo tras vencer a Checoslovaquia en la final.

Su retiro fue un periplo con menos brillo por el Corinthians, Flamengo y el Red Star de Francia. En esa etapa de su vida vivió un amor inflamable con la cantante Elza Soares, la reina de la bossa negra. Sufrieron juntos el exilio por la dictadura y enfrentaron la pelea feroz contra el alcoholismo de Mané. Lamentablemente, esa adicción terminó por destruir su salud y su entorno.
El final de Garrincha lo sorprendió en la miseria a los 49 años. En el cementerio donde descansan sus restos, una frase popular resume su esencia: “Fue un niño encantador. Hablaba con los pájaros”.
¡Salud, Garrincha! Por tu desfachatez para vencer los límites físicos y los veredictos de los sabiondos, por tus gambetas endiabladas y por regalarle una sonrisa al pueblo cuando más la necesitaba.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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