
Horacio Guarany
Diario Bonaerense
Un día como hoy pero de 2017 se despedía Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo, guitarrista, cantor, compositor y escritor argentino, autor de canciones emblemáticas que acompañaron luchas y marchas de varias generaciones, el cantante de folklore más popular en Argentina, cultor de un compromiso consecuente con el pueblo trabajador y los pobres y firme luchador contra los dictadores y contra el silencio impuesto.
Nació en 1925 en Las Garzas, un pueblo mínimo del Chaco Austral, en la provincia de Santa Fe. Fue el penúltimo de catorce hijos que tuvo la pareja formada por Feliciana Cereijo y por Jorge Rodríguez, hachero de La Forestal. Pasó su infancia en Alto Verde, un pueblo de pescadores frente a la ciudad de Santa Fe. Aprendió a varear caballos y criar gallos de riña. Le gustaba la música y el canto y de la mano del maestro Santiago Aicardi hizo sus primeros pasos con la guitarra. La economía familiar venía mal y probó suerte en la ciudad de Buenos Aires. Se aquerenció en una pensión de la calle California en el barrio de La Boca y comenzó a cantar en el boliche La Rueda. Después de las canciones los parroquianos le obsequiaban botellas de cerveza, él las juntaba y al final de la velada se las vendía al bolichero. No alcanzaba para sobrevivir. Entonces, se embarcó. Conocía el trabajo de marinero. Primero, fue contratado para hacer la provisión. Después fue cocinero y foguista. La vida iba mejorando y en los tiempos de tierra firme seguía despuntando el vicio del canto y la guitarra.
Sus inicios fueron en la orquesta de Herminio Giménez, cantaba música paraguaya en idioma guaraní. En 1957 debutó en Radio Belgrano y tuvo su primer éxito “El mensú”. Su voz comenzó a transitar todas las radios. Su personalidad lo enfrentaba a la dictadura que gobernaba el país. Se afilió al Partido Comunista y lo hizo público en muchas presentaciones. Su popularidad crecía junto a los problemas. En 1961 se contó entre los pioneros del Festival Nacional de Cosquín y se transformó en un clásico. Poncho, guitarra afilada, protesta en la garganta, composiciones cercanas. Los gauchos y los cultores del aguardiente tenían alguien que hablara de ellos. Los luchadores también. “Si se calla el cantor”, “Guitarra de medianoche”, “Milonga para mi perro”, “La guerrillera”, “No sé por qué piensas tú”, “El guitarrero”, “Luna de Tartagal”, “Zamba del carbonero”. Fiesta popular asegurada. No lo pudieron bajar más.
En 1972 filmó su primer largometraje: Si se calla el cantor con Olga Zubarry y en 1974 filmó La vuelta de Martín Fierro. Compromiso sin dobleces, alegría desparramada entre quienes tenían poco, letras que replicaban paisajes, historias e ilusiones. Demasiado para la Triple A que puso una bomba en su casa. Exilio forzado en Venezuela, México y, finalmente, España. Tozudo, en 1978 volvió a la Argentina. A los pocos meses colocaron otra bomba en su casa del barrio de Coghlan, más precisamente en la bodega, el Templo del Vino. Además del susto machazo, sintió indignación por la cantidad de vino derramado. Prohibido en los medios de comunicación, comenzó una vida itinerante ofreciendo recitales en pequeñas ciudades y pueblos. Fueron años de peregrinaje y de encuentro que afianzaron el vínculo con el pueblo al que le cantaba.
Con la vuelta de la democracia, se produjo el reencuentro del cantor con su pueblo en las grandes ciudades. Una noche de 1984 el Luna Park se cansó de aplaudir y cantar. Los que nunca lo habíamos visto lo entendimos enseguida a pesar de la diferencia de edad. Lo mismo pasó en todo el país para escuchar al cantor de barba y poncho que alababa a su tierra, a los de abajo, a la libertad y al vino. Fueron seguidillas de temas de antaño y recién horneados: “Sembrador argentino”, “Coplera del prisionero”, “Volver en vino”, “Caballo que no galopa”, “Puerto de Santa Cruz”. Actuó en forma sostenida, incursionó en el cine y también en la televisión. Finalmente, en 1989 compró la finca Plumas Verdes y se asentó en ese pedazo de tierra cercano a Luján.
Entre 1992 y 1993 desarrolló su veta de escritor. Publicó El loco de la guerra, Las cartas del silencio, Sapucay y, finalmente su autobiografía, Memorias del cantor. Mientras tanto, preparaba su última aventura de magnitud: un recital en el máximo coliseo porteño con Soledad y una gira por todo el país que insumió casi todo el año 2003. Indómito, alegre, solidario, amante del buen vino, defensor de principios que validó con el cuerpo, compositor de notable sensibilidad, detector nato del sentimiento popular. Un integrante indispensable en nuestra popular imaginaria.
Salú Horacio! Por estar cerca aunque algunos se empeñaran en alejarte, por tu simpleza para describir, por tu armonía que llamaba a la alegría, por tu envidiable esperanza que ayudaba a ser optimista.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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