
El TEG de Trump: La chance bélica en la era del goce
Diario BonaerenseEl primero remite a la consolidación del frente interno. El liderazgo carismático de Trump —siempre tensionado por un sistema de alta institucionalidad— comienza a mostrar fisuras a partir de la elección local en Nueva York, donde el Partido Demócrata parece haber encontrado un modo eficaz de interpelar a un electorado desencantado frente a un político no tradicional. En ese contexto, nada resulta más funcional que la construcción de un enemigo externo para reagrupar voluntades, reforzar identidades y cohesionar el campo propio. Así, Trump rompe con su propia marca de política exterior errática para ensayar una lógica clásica de distracción geopolítica.

El segundo punto es netamente geopolítico. Se trata del ajedrez global frente a una China cuyo slogan —“usamos más cemento en los últimos cinco años que Estados Unidos en todo el siglo XX”— sintetiza una expansión material y estratégica sin precedentes. La injerencia china en América Latina es profunda, mientras que su presencia en África resulta prácticamente total. Desde esta lectura, Trump buscó incidir indirectamente en procesos electorales en Brasil, Argentina y Chile, promoviendo financiamientos tanto económicos como ejércitos digitales, con el objetivo de evitar quedar atrapado en la pinza china.
En este marco, Groenlandia pasa a ocupar un lugar estratégico equivalente al que supo tener Australia. Se trata de un enclave geopolíticamente relevante desde el punto de vista militar, posicionado entre Estados Unidos, China y Rusia. El territorio, que impulsa crecientes aspiraciones independentistas respecto de Dinamarca, se convierte en objeto de deseo de las grandes potencias. Trump, fiel a su lógica transaccional, intenta adelantarse.

El tercer vector es la búsqueda de legitimidad en la mesa de Vladimir Putin. Como en la lógica de antaño, ambos líderes se muestran dispuestos a repartirse zonas de influencia, confirmando que Europa ha quedado reducida a pieza de museo y América Latina a mero decorado. Los perfiles psicológicos del liderazgo político —estudiados desde Gustave Le Bon hasta Wilhelm Reich— ayudan a comprender esta pulsión de poder personalista y la necesidad de escenificar dominio global.
Esta avanzada corre el riesgo de quebrar el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial, más allá de las cuestiones estrictamente petroleras. Cualquier cálculo racional indica que las tres grandes potencias poseen armamento suficiente como para convertir en realidad incluso la más delirante teoría conspirativa.
En paralelo, emerge una pregunta inquietante: en una era donde las derechas nacionalistas parecen no encontrar un sustento social sólido, ¿cómo reaccionaría una sociedad organizada en torno al goce digital y al consumo frente a un escenario bélico real? Una guerra no sólo exigiría abandonar la comodidad cotidiana, sino también ofrecer sacrificio. Ese desplazamiento podría convertirse en un boomerang para los líderes globales y para las burbujas digitales que hoy sostienen su poder.
Por Lic. Damián Deglauve (LIcenciado en Ciencias Políticas. Mg en Marketing Politico )
Diario Bonaerense



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