

Un día como hoy, pero de 1932, nacía Umberto Giuseppe Eco: escritor, semiólogo, ensayista, filósofo, medievalista y crítico cultural. "El gran profesor", un sabio leído por un público enorme en muchos países del mundo.
Hijo de Giulio Eco, contable de un comercio, y Giovanna Bisio. Cuando su padre fue a combatir en la Segunda Guerra Mundial, Umberto fue a vivir con su madre a un pequeño pueblo piamontés y recibió educación de la congregación salesiana. Finalizado el secundario, se trasladó a Turín para estudiar Derecho —tal como quería su padre—, pero hizo una pequeña gambeta y se inscribió en la carrera de Literatura y Filosofía Medieval. Se doctoró en Filosofía y Letras en 1954.
Su tesis doctoral, El problema estético en Santo Tomás de Aquino, se convirtió en su primera obra. Italia salía de veinte años de aislamiento cultural generado por el fascismo gobernante y comenzaron discusiones más complejas. Hasta ese momento, la teoría existente sobre la estética era que esta, como el arte, surgía como algo inexplicable, inefable e indescriptible. Era solo intuición individual.
Eco se animó a enfrentarla y emitir su propia teoría: el gesto artístico no era distinto de las otras actividades humanas y surgía como un acto del conocimiento. No era solo intuición, sino que actuaban también las valoraciones, los gustos y los juicios de los seres humanos. Recordemos que, en esa época, la cuestión estética no fue un hecho menor en Italia. Comenzó la era de los medios masivos de comunicación: en las peluquerías y en los bares se discutía si los temas de Los Beatles eran música o ruido; en el Festival de San Remo ganaban cantantes que no eran melódicos; Picasso pintaba caras con tres ojos y las maestras se escandalizaban por las posibles interpretaciones de sus alumnos.
Después de escribir esta obra, comenzó su alejamiento del rígido sentimiento religioso. Simultáneamente, empezó a trabajar como editor cultural en la Radio y Televisión Italiana (RAI) y como profesor en las universidades de Turín y Florencia. Luego fue profesor en la Universidad de Milán, donde contactó con un colectivo de escritores, músicos y pintores denominado Gruppo 63, que tuvo gran influencia en su obra posterior. En 1962 se casó con Renate Ramge, profesora alemana de comunicación y diseño y experta en didáctica en museos y arte, con quien tuvo un hijo y una hija, y con quien compartió convivencia y discusiones estéticas.
La pasión de Umberto Eco fue el estudio de los signos, su influencia y evolución en las distintas culturas y los procesos en el mundo de la comunicación. Es decir, la semiología. Irrumpió con Obra abierta, en la que introdujo el concepto de que el lector era un sujeto activo delante de la obra y que las palabras tenían diversas acepciones. El autor ya no era dueño total de la obra.
¿Genio o hereje?
En 1964 publicó Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, en la que enfrentó las dos posiciones ante la existencia de los medios de comunicación: los que consideraban a la industria cultural solo como una operación de condicionamiento ideológico que reducía al ser humano a un receptor cautivo, y los que consideraban el avance de la capacidad técnica y su reproducción solo como una expansión cultural, sin considerar el efecto de los mensajes que recibía el espectador.
Entonces, Eco incorporó el concepto de "análisis estructural" por el cual el intelectual —mediante la crítica y el análisis metódico— debía explorar un modo de actuación que defendiera los intereses de los receptores ante el aluvión de mensajes que podían limitar su capacidad de juicio ante los hechos.
Continuó su camino con La estructura ausente, una obra central en su producción donde sentó las bases de la semiótica, combinó una visión semiótica sobre la arquitectura y realizó un ensayo sobre comunicación visual, "Socialismo y consolación" o "Las formas del contenido". En 1965 fue columnista de L’Espresso y luego de Corriere della Sera y de La Repubblica. Entre 1969 y 1974 trabajó como profesor visitante en las universidades de Nueva York, Columbia, Oxford, Harvard, Northwestern, Toronto, São Paulo, Buenos Aires y el Collège de France, entre otras. En 1971 ingresó como profesor en la Universidad de Bolonia y en 1975 fue nombrado profesor titular de la primera cátedra de Semiología en Italia.
No descansó. Publicó El signo y Sociología contra psicoanálisis, hasta que en 1975 escribió Tratado de semiótica general, prodigiosa obra que reunió investigaciones e hipótesis producidas durante diez años y en la que intentó definir la semiótica como ciencia, sus propósitos, sus contenidos y sus límites.
Sin embargo, su encuentro con el gran público no se produjo desde la academia ni desde el periodismo. Fue su novela El nombre de la rosa la que lo hizo célebre. Esa maravillosa obra combinó novela histórica, filosofía y novela policial, en la que narró los crímenes que se sucedían en una abadía benedictina del norte de Italia y los pasos seguidos por el franciscano Guillermo de Baskerville y su joven asistente, Adso de Melk, para descubrirlos. Una curiosidad: el personaje del monje español, anciano y ciego que custodiaba la biblioteca, fue un homenaje a Jorge Luis Borges, de quien era admirador. Obviamente, la película protagonizada por Sean Connery y Christian Slater multiplicó su popularidad y la cantidad de lectores no dejó de crecer.
Posteriormente nos deleitó con El péndulo de Foucault, que narraba la historia de unos trabajadores gráficos de Milán inmersos en una trama de organizaciones secretas, de conspiraciones sobre los templarios y de los peligros sobre el esoterismo; todo con un cuidado lenguaje erudito. O con La isla del día de antes y el relato retrospectivo del náufrago en los mares del Sur, en un contexto histórico donde se entremezclan las redes europeas de espionaje, la Guerra de los Treinta Años y el misterio del secreto del Punto Fijo del Mundo. O con Baudolino y la pícara narración de las aventuras de ese campesino mentiroso, falsificador y poco afecto al trabajo que nos retrotraía a las épocas del emperador Barbarroja y la Tercera Cruzada.
Finalmente, su última obra, Número 0, en la que un mediocre documentalista recibía una extraña pero lucrativa propuesta: ser jefe de redacción de un medio que se adelantaría a los hechos, transitando la delgada línea entre la verdad y la mentira; sus investigaciones sobre secretos de la CIA, el Vaticano y Mussolini y cómo la aparición de un cadáver cambiaba su vida. Excelente sátira sobre política, periodismo y teorías conspirativas en grandes dosis.
Fue uno de los primeros intelectuales globales, le dio un sentido pragmático al estudio de los signos lingüísticos y sus consecuencias, predijo algunos de los problemas de un mundo hiperconectado, construyó su ateísmo desde las profundidades del catolicismo, se enfrentó al fascismo con argumentos irrebatibles y lo definió con precisión. Fue un fanático de las series policiales como Columbo, Starsky y Hutch, CSI, Miami Vice, ER Emergencias o de la peli El código Da Vinci.
Un sabio con escuela de tablón.
¡Salud, Umberto! Por la sencillez con que escribiste cosas complejas, por desentrañar los trucos de los medios masivos y su influencia en nuestras vidas, por tu erudición sin soberbia, por tu capacidad de comunicación, por tu versatilidad, por hacernos vivir en épocas remotas con temas actuales.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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