
Festival Pan Caliente
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1982, se realizó el único festival de rock producido en forma independiente durante la dictadura militar. Fue en la cancha del Club Excursionistas, en el Bajo Belgrano, ciudad de Buenos Aires, y duró 12 horas. Se hizo para ayudar a la revista “Pan Caliente”, que corría peligro de cerrar por los serios problemas económicos que atravesaba.
“Pan Caliente” era una revista creada en 1981, artesanal, novedosa, continuadora de la línea de Expreso Imaginario. Constaba de 44 páginas en tamaño tabloide y su valor era el de un kilo de pan. Si bien las noticias sobre rock ocupaban un lugar central, tenía una variedad de temáticas atrapantes: cine, humor, poesía, crónicas culturales, fotonovelas, corresponsales en alguna ciudad del mundo y una sección de clasificados que se dividían en trabajos y oficios pedidos y ofrecidos, revistas subterráneas, fotografía, músicos e instrumentos musicales, libros y revistas, discos y cassettes.
Una Guía Práctica muy popular incluía notas, por ejemplo, sobre cómo sobrevivir con muy poco dinero, u otra sección llamada “Caldera”, con notas breves sobre tecnología (especialmente sobre el potencial que tenía el mundo del video en un planeta visual gobernado por la televisión), ecología, alimentación saludable, pueblos originarios y orientalismo.
Su director fue Jorge Pistocchi; su jefe de redacción, Ralph Rothschild; y sus primeros editores, dos jugadores de fútbol: Julio Balbi, número diez de Deportivo Merlo, y Norberto “Ruso” Verea, arquero de Chacarita Juniors. La gráfica estuvo a cargo del diseñador “Resorte” Hornos —un fenómeno del fileteado— que le dio su impronta a la portada. Colaboraron Pipo Lernoud, Jorge Nasser, Ana Reig, Horacio Fontova, Mario Rabey, Claudio Keblaitis, Guillermo Mikunda, Claudio Mingheti, Sergio Aisenstein, Pablo Perel, José Luis D’Amato, Gabriela Molina, José Luis Vals, entre otros. Un hallazgo.
El festival se llevó a cabo ese sábado caluroso de principio de año. La concurrencia fue notable: llegamos a ser 5.000 personas en el mejor momento, y allí nos dimos cuenta de que proveníamos de circuitos sumamente distintos y distantes, y que nos unía un hilo invisible que contactaba con gustos musicales, pero también con esa necesidad de romper con el halo gobernante opresivo que se estaba desmoronando pero no se terminaba de ir.
La solidaridad de los músicos fue apabullante: tocaron sin cobrar un peso. Y estuvieron casi todos. Una audaz Celeste Carballo solamente con su guitarra acústica; Litto Nebbia; León Gieco; Willy Quiroga y Destroyer; un inspirado y espeso Alejandro Medina; MIA; Piero; Alberto Muñoz; Alejandro Lerner; y tres perlas:
La Fuente, con un arriesgado repertorio folklórico y murguero que provocó un baile multitudinario y una polvareda fenomenal, se llevó el gran aplauso de la tarde-noche de jóvenes que íbamos a escuchar rock and roll y nos sorprendimos con esa música tan vital y tan nuestra.
Los Abuelos de la Nada, recién llegados de España, con un sonido y una estética impensados.

Y un grupo que recién se empezaba a conocer: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que explotó al atardecer con un espectáculo rupturista y sorpresivo. Temas como “Un tal Brigitte Bardot”, “Nene, nena”, “El bazar de Wakeman y Fripp” fueron entonando el espíritu rockero hasta que llegó “Blues de la libertad”.
Subieron al escenario Monona y María Isabel, que acompañaban al grupo, y, a medida que el tema sucedía, comenzaron a sacarse la ropa hasta quedar completamente desnudas. Al desconcierto inicial continuaron gritos, aplausos, silbidos y un destacamento policial que arremetió contra el escenario para frenar el festival. La confusión fue generalizada, pero nadie se quiso ir. Finalmente, dos asistentes de Los Redondos subieron al escenario con unas mantas, se llevaron a las performers y la policía volvió a sus posiciones originales. Fue un shock momentáneo y aleccionador de lo poco acostumbrados que estábamos a presenciar situaciones estéticas inesperadas, y de lo cerca que seguía la vigilancia en todo evento.

Después, el festival continuó con tranquilidad y efervescencia. Fue un espacio de libertad, sorpresas, contracultura, reconocimiento colectivo de las diferentes tribus en que habitábamos y de lo cerca que podíamos estar sin tener contacto. Fueron doce horas en que la alegría inundó la cancha de Excursionistas y nuestras mentes y cuerpos se energizaron. Salimos olfateando que no éramos pequeños grupos los que queríamos vivir más libres, sino una parte de miles que sentían lo mismo.
Después, volvimos a la normalidad: pedido de documentos en la parada del colectivo, las manos contra la pared y cacheo correspondiente, chicanas por el pelo largo y alguna broma pesada. No importó: nos llevamos la música, la mirada compinche con algún desconocido/a y una nueva prueba de que algo se estaba gestando…
Ruben Ruiz - El Pelícano


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