
30 de agosto: Enrique del Valle Iberlucea, el primer senador socialista de América y pionero de los derechos laborales y de las mujeres
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1921, se despedía Enrique del Valle Iberlucea, político, periodista y abogado argentino (de origen español) a quien el voto del pueblo de la ciudad de Buenos Aires convirtió en el primer senador socialista de América.
Nació en 1877 en Castro-Urdiales, Cantabria. Fue hijo de María Iberlucea y de Epifanio del Valle, de profesión pescador. En 1885 emigró con su familia a la Argentina y se radicaron en Rosario. Cursó sus estudios primarios en esa ciudad y los secundarios en el Colegio Nacional (de la calle 9 de Julio). Desde joven se acercó a la escritura: fundó el periódico Fiat Lux, colaboró con la publicación teórico-política llamada La Revista y fue redactor del diario rosarino La Capital.
En 1895, junto a un grupo de inmigrantes alemanes, fundó el primer centro socialista de Rosario. Al año siguiente se mudó a la ciudad de Buenos Aires. Ingresó como columnista del diario La Prensa y se inscribió en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde se recibió en 1901. En su carácter de estudiante constituyó el Centro de Antropología y Sociología Criminal, coordinó las charlas dictadas por el criminalista Pedro Gori y pronunció su primera conferencia, titulada Sobre el colectivismo integral, en la que se acercó al pensamiento socialista. El mismo año en que se recibió, se nacionalizó argentino y se enroló voluntariamente en las filas del Ejército Nacional.
Al mismo tiempo, presentó su tesis doctoral El procedimiento judicial en el Derecho Internacional. Sus primeros trabajos fueron Derecho Político, una crítica demoledora al accionar de la «clase dirigente», y Fundamentos científicos del divorcio y Teoría materialista de la Historia. En ese contexto, el Centro Socialista Femenino lo invitó a afiliarse al Partido Socialista, convite que aceptó tiempo después. En 1904 fue colaborador del diario La Internacional, órgano de comunicación del sindicalismo revolucionario, y se acercó a las posiciones del socialismo marxista.
A partir de 1905 se sumergió en el mundo de los asuntos constitucionales (especialmente en la división de poderes) y realizó varias publicaciones sobre el tema. Ese año se casó con María Luisa Curutchet, a quien había conocido años antes en Rosario.
En 1908 cofundó, junto a Alicia Moreau de Justo, la Revista Socialista Internacional (luego Humanidad Nueva). La vinculación entre socialismo y filosofía fue una preocupación teórica que desarrolló regularmente en esa publicación. Otros rasgos distintivos fueron su aguda vocación educadora, el peso que le asignaba a la cultura y la difusión entusiasta del ideario socialista.
En 1909 publicó el ensayo Industrialismo y Socialismo en la República Argentina, en el que analizó el desarrollo capitalista de nuestro país y elaboró el novedoso concepto de «país semicolonial», basándose en algunas formulaciones teóricas de Lenin. Su posición comenzaba a deslizarse hacia una tensión consciente con la ortodoxia socialista del momento.
En 1911 publicó un trabajo titulado La doctrina histórica de Marx, donde precisó la idea de que los modos de producción se encuentran determinados por los instrumentos de trabajo y el medio en que el trabajador o trabajadora vive (la geografía, el clima, el ambiente natural que lo rodea). Fue el antecedente que precipitó su famosa conferencia dictada en el Colegio Nacional, llamada Laboremus, en la que disertó sobre la defensa de los derechos y la dignidad de la clase trabajadora y la centralidad de la educación para el crecimiento y la emancipación colectiva.
Fue profesor en el Colegio Nacional, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde también fue designado secretario general y realizó un profuso trabajo en el área de extensión universitaria.
El 29 de abril de 1913 fue electo senador nacional por el pueblo de la ciudad de Buenos Aires. Alcanzó el 40 % de los votos emitidos y derrotó al candidato radical Leopoldo Melo (29,5 %), al conservador de la Unión Cívica Nacional, Francisco Julián Beazley (22 %), y al independiente Estanislao Zeballos (8,5 %). Hacía su aparición el primer senador socialista de América.
De entrada, el senador radical bonaerense José Camilo Crotto se opuso a su incorporación por considerar que respondía a una «confabulación siniestra de extranjeros». La respuesta del senador socialista fue breve y contundente: «Allí donde seas padre de familia, allí donde estén tus sufrimientos, allí donde has levantado un hogar, está tu patria». La impugnación no prosperó y comenzó su periplo parlamentario.
Su trabajo fue intenso y disruptivo. Presentó proyectos para derogar las leyes de Residencia y de Defensa Social; para suprimir la pena de muerte; para establecer la jornada de ocho horas en los establecimientos industriales, oficiales o particulares; para democratizar la elección del Senado y para reducir los mandatos a seis años.
Obligó a discutir al pleno y votar en 1918 la Ley N.º 10.505, conocida como «Ley de trabajo a domicilio e industrias domésticas», que reglamentaba dicha actividad. Al mismo tiempo, propuso la creación de un Consejo Económico del Trabajo donde los trabajadores participaran en el control de industrias y servicios e intervinieran en la planificación económica.
Una preocupación permanente fue la defensa de los derechos de las mujeres. Presentó un proyecto que consumaba la liberación civil y derogaba las funciones tutelares de los maridos respecto a sus esposas. Fue el antecedente legislativo de la Ley N.º 11.357, aprobada en 1926, que amplió la capacidad de las mujeres respecto a la patria potestad, administración y disposición de los bienes propios y el régimen de bienes gananciales en el matrimonio. Otro proyecto anticipatorio fue el que impulsaba la incorporación del divorcio vincular en el Código Civil.
En 1918 presentó un proyecto de reforma de la Ley N.º 1920, inserta en el Código Penal, para ampliar la despenalización del aborto cuando este fuera practicado por un médico y con consentimiento de la mujer, más allá de los casos de riesgo de vida de la madre. Impulsó la no punibilidad en caso de abortos cuando se produjeran con fines terapéuticos, eugenésicos o sentimentales (especialmente los embarazos no deseados producto de violaciones). En 1919 presentó su proyecto de ley sobre la emancipación femenina, acompañado por la firma de 7000 mujeres, encabezadas por su compañera Alicia Moreau de Justo.
Tuvo una destacada participación en los históricos debates sobre el presupuesto de 1915, en la elaboración del Código Penal, contra las transgresiones a las leyes del trabajo, del comercio con los indios y por la creación del salario mínimo; sobre las leyes orgánicas de los territorios nacionales y de la ciudad de Buenos Aires, y sobre la ley de educación general, entre otras.
En el plano político, adoptó una posición «aliadófila» frente a la Primera Guerra Mundial (la cual impulsó como director de La Vanguardia) y fue un férreo defensor de la Revolución Rusa iniciada en 1917 y de la necesidad de incorporarse a la III Internacional (Comunista). Esa posición se discutió largamente en el Congreso partidario del 8, 9 y 10 de enero de 1921 realizado en Bahía Blanca. La propuesta encabezada por Del Valle Iberlucea y Augusto Bunge fue derrotada por 5013 votos a 3650. No lograron su objetivo, pero alcanzaron el consenso necesario para que el Partido Socialista iniciara su retiro de la II Internacional.
Su posición pública llegó a oídos del juez federal Emilio Marenco, quien le inició una causa judicial por «delito de opinión», solicitó su desafuero del Senado, la anulación de su carta de ciudadanía y su posterior expulsión del país. Los conservadores y radicales en la Cámara Alta estaban esperando una excusa para expulsarlo. El absurdo pedido ingresó al Senado; hubo manifestaciones obreras y estudiantiles, incidentes callejeros y actos reivindicatorios a favor del senador socialista, pero el cuerpo cerró filas y lo desaforó con el voto de dos terceras partes de sus miembros. Actuaron como lo que eran: una facción del poder dominante, y no lo disimularon. Su épica autodefensa fue publicada con el título La libertad de pensar. Mi desafuero. Su difusión generó bronca y desazón en miles de ciudadanos comunes que valoraban su tarea.
Meses después, una neumonía y la depresión generada por su desafuero pudieron más. Tenía tan solo 44 años.
¡Salud, Enrique del Valle Iberlucea! Por tu defensa de los de abajo, por tu ética inconmovible y por tu huella militante que sigue construyendo caminos.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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