21 de julio: Lee Miller, la fotógrafa de modas que se coló en la trinchera para retratar la barbarie de la guerra

Un día como hoy, pero de 1977, fallecía Elizabeth "Lee" Miller, fotógrafa, fotoperiodista, modelo y artista surrealista estadounidense. Su audacia la llevó a transformarse de retratista de alta costura en una de las corresponsales de guerra más implacables del siglo XX, mostrando con crudeza los horrores del frente occidental y visibilizando el rol fundamental de las mujeres en el conflicto bélico.
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Un día como hoy, pero de 1977, se despedía Elizabeth "Lee" Miller, fotógrafa, fotoperiodista, modelo y artista surrealista estadounidense que se convirtió de retratista de alta costura en corresponsal de guerra, y mostró con audacia y crudeza los horrores de la conflagración en el frente occidental y sus devastadores efectos, los cuales se pretendieron ocultar todo lo posible. 

Nació en 1907 en Poughkeepsie, una pequeña ciudad del norte del estado de Nueva York. Hija de la pareja formada por Florence McDonald, enfermera, y Theodor Miller, ingeniero y fotógrafo aficionado, tuvo una infancia trunca. A los siete años fue violada por un amigo de la familia, infectada de gonorrea y sometida a un tratamiento sumamente doloroso durante meses. Su carácter explosivo determinó que fuera expulsada de manera sistemática de las escuelas en las que cursó. Su padre la retrató desnuda durante su infancia y adolescencia en unas turbias imágenes; la insólita excusa fue que buscaba que Lee volviera a aceptar su cuerpo tras el abuso sexual que había sufrido y que recuperara su autoestima.

A los dieciocho años alcanzó un respiro: se mudó a París unos meses y estudió iluminación, vestuario y diseño en la Escuela de Escenografía de Ladislas Medgyes. Acto seguido, retornó a su casa e inmediatamente se dirigió a Nueva York. Ingresó a un programa de teatro experimental en el Vassar College, impartido por la pionera Hallie Flanagan, y estudió dibujo y pintura en la Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York, ubicada en Manhattan. 

Un encuentro casual cambió su vida: al intentar cruzar una calle, casi fue atropellada por un automóvil, pero fue rescatada por el legendario editor de la revista Vogue, Condé Montrose Nast, quien quedó impactado por la belleza de la distraída transeúnte. El incidente se convirtió en una leyenda del sector y Lee Miller comenzó su carrera de modelo. Tenía diecinueve años. Al poco tiempo, apareció en las portadas de las revistas más vendidas. 

Otro hecho cambió su vida en sentido inverso: la empresa Kotex utilizó su imagen para promocionar una línea de toallas higiénicas, un tema tabú para la época. Ella no había dado su consentimiento, pero había cedido previamente sus derechos de imagen de manera general. Edward Steichen le había tomado las fotografías un año antes y las vendió a la empresa, lo que provocó un escándalo y el fin de su carrera como modelo.

En 1929 se trasladó nuevamente a París. Se empeñó en ser asistente del artista visual Man Ray y lo logró a pesar de la inicial negativa del creador. Pronto se convirtió en su aprendiz, musa y amante, sumergiéndose por completo en el mundo del surrealismo. Entabló amistad con Salvador Dalí, Max Ernst y Paul Éluard, entre otros. Fotografió a Pablo Picasso, participó en un film de Jean Cocteau, aprendió a usar técnicas innovadoras como la solarización (sobreexposición de una película a tonos inversos que crea un efecto fantasmal) y mejoró su formación junto al fotógrafo de moda inglés George Hoyningen-Huene, un aprendizaje que le resultaría de gran utilidad en su próxima aventura profesional.

La convivencia con Man Ray no resistió el fuerte carácter de ambos ni el alto grado de autonomía de Miller, por lo que ella regresó a Nueva York. Allí inauguró su propio estudio de fotografía. Se atrevió a sacar a las modelos de los estudios para retratarlas en las calles y espacios públicos de la ciudad, logrando un éxito razonable gracias a esta estrategia artística novedosa para la época.

En 1934 se casó con el empresario egipcio Aziz Eloui Bey y vivieron en la isla de Gezira, cerca de El Cairo. Durante ese período exploró la fotografía paisajística, pero la pareja no funcionó y se separaron a los pocos años. En 1937 ya estaba de vuelta en París, donde conoció al crítico, coleccionista de arte e integrante del movimiento surrealista Roland Penrose, con quien luego se casaría y tendría un hijo. Viajaron a los Balcanes, donde retrató la vida rural y el modo de subsistencia de las comunidades romaníes y sintis. A su regreso se establecieron en la ciudad de Londres, su nuevo centro de operaciones. Se acercó a la edición británica de Vogue y ofreció sus servicios profesionales. Al principio la rechazaron, pero la partida de los varones a la guerra abrió una ventana de oportunidad. Aunque el salario era bajo, pudo trabajar y ejercer su arte. 

Su labor inicial en la revista era monótona, pero su inquietud la impulsó a ir más allá. Invitó a la curadora y periodista Ernestine Carter y al locutor Edward R. Murrow a editar Grim Glory: imágenes de Gran Bretaña bajo fuego, un fotolibro sobre los bombardeos nazis a Londres y su secuela de destrucción, dirigido especialmente al público estadounidense. La publicación fue un éxito rotundo tanto en EE. UU. como en el Reino Unido. Poco después, fue contratada como corresponsal de guerra oficial del Ejército de los Estados Unidos para retratar el trabajo de las enfermeras norteamericanas en Gran Bretaña, aunque terminó haciendo mucho más que eso.

Retrató a las mujeres trabajadoras que ocupaban los puestos dejados vacantes por los hombres enviados a la guerra, la tarea sin descanso de enfermeras y médicos agotados en los hospitales de campaña, a las integrantes del Servicio Territorial Auxiliar (ATS) operando una batería de reflectores en Londres en apoyo de la defensa antiaérea, y el trabajo de las mujeres del Servicio Real Naval Femenino (WRNS). No solo mostró la presencia y el heroísmo femenino en el frente y en la retaguardia, sino que también desnudó los sentimientos ante el dolor extremo y la sinrazón.

En 1944 franqueó todos los filtros militares y logró mostrar la vida directamente en el terreno de combate: el vértigo en los hospitales cercanos al frente, el dolor de los heridos, las curaciones improvisadas, el asedio aliado a Saint-Malo y la dura resistencia alemana, el uso por primera vez de las bombas de napalm con el consecuente desquicio que producían, la liberación de París y la cruenta campaña de Alsacia.

Presenció la rendición alemana. En Múnich, su socio David E. Scherman le tomó la famosa fotografía en la que se la ve desnuda en la bañera del departamento privado de Adolf Hitler, el mismo día en que el dictador se suicidaba en su búnker de Berlín. Fue además la primera mujer en fotografiar el espectáculo espectral de los campos de concentración de Buchenwald y Dachau: sobrevivientes esqueléticos y hambrientos, niñas víctimas del horror escondidas en oscuros rincones, un tren repleto de cadáveres, cuerpos inermes sin enterrar, fosas comunes, los cuerpos de oficiales alemanes que se habían suicidado junto a sus familias y soldados aliados ajusticiando a prisioneros alemanes. La locura de la guerra puesta en foco. 

También retrató el inicio de la posguerra: niños moribundos en Viena, bebés que fallecían debido a la escasez de medicamentos, la vida en los campos arrasados de Hungría, la ejecución del exprimer ministro húngaro filonazi László Bárdossy, el suicidio de la hija del alcalde de Leipzig y mujeres francesas rapadas en Rennes bajo la acusación de haber colaborado con los nazis.

Lee Miller entregó decenas de rollos y miles de palabras en textos que describían minuciosamente cada una de sus fotografías. De esta forma, introdujo a una revista de modas como Vogue en el barro de la guerra y sus consecuencias humanas, superando los intentos de censura de los sectores de poder que buscaban invisibilizar la magnitud del horror.

La guerra no fue gratuita para ella. Convivió con el consumo de alcohol y benzedrina, al igual que muchos soldados durante la contienda, y sufrió graves secuelas de estrés postraumático y episodios depresivos al regresar a Londres. Trabajó durante dos años más en Vogue y finalmente se retiró de la actividad de manera definitiva. Peleó contra los recuerdos dramáticos de la guerra y logró reconvertirse, transformándose con los años en una muy consultada cocinera gourmet.

En el verano de 1977, el cáncer de pulmón la venció en una batalla desigual en su casa de Sussex. Había guardado unas 60.000 imágenes y negativos que fueron recuperados por su nuera y dados a conocer por su hijo años más tarde. Su cámara Rolleiflex de formato cuadrado y sin teleobjetivo —que la obligaba a estar físicamente cerca de las peligrosas y dramáticas escenas que quería plasmar— hizo un último clic y enmudeció para siempre.

Lee Miller mostró el horror de la guerra e hizo un aporte fundamental para revelar el esfuerzo silenciado de las mujeres en la derrota del fascismo, dejando en claro la necesidad de reconocer sus derechos de manera efectiva y sin rodeos.

¡Salud, Lee Miller!

Ruben Ruiz - El Pelícano

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