
5 de junio: Federico García Lorca, el poeta de la luna, la sangre y la República
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1898, nacía Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca, el poeta y dramaturgo español más popular del siglo XX y símbolo de las víctimas de la Guerra Civil Española, cuyo cuerpo descansa en alguna fosa común aún no descubierta.
Nació en Fuente Vaqueros, provincia de Granada, Andalucía. Fue hijo del hacendado Federico García Rodríguez y de Vicenta Lorca Romero, una maestra de escuela que fomentó el gusto por la literatura en el pequeño Federico. A los ocho años se mudó con su familia al pueblo de Asquerosa (hoy Valderrubio), en donde asistió a la escuela primaria. Cursó el secundario en un colegio de Almería y, en 1914, ingresó a la Universidad de Granada para estudiar Filosofía y Letras y Derecho. En paralelo, despuntaba el vicio de sus otras dos pasiones: la música y el dibujo.
Allí recibió instrucción de un profesor que lo influiría intelectualmente: Martín Domínguez Berrueta, quien mezclaba clases presenciales con viajes de estudio. Así, Federico descubrió otra España en sus recorridos por Baeza (donde conoció a Antonio Machado), Úbeda, Zamora, Salamanca, Ávila, Medina del Campo, Venta de Baños, Segovia, León, Burgos y varias localidades de Galicia, e inició su inclinación por la escritura. De esa época es su única publicación en prosa: Imágenes e impresiones. En Granada también conoció al compositor Manuel de Falla, quien lo acercó al folclore y a la música popular, e integró la tertulia llamada “El Rinconcillo” en el café La Alameda, en la que espadeó en formadoras discusiones sobre poesía, literatura, periodismo, artes y política.
En 1919 abandonó Andalucía y se trasladó a Madrid para continuar sus estudios. El lugar elegido fue la Residencia de Estudiantes, creada por la Institución Libre de Enseñanza. Era uno de los centros de ebullición intelectual de la época por donde pasaron figuras como Albert Einstein, John Maynard Keynes y Marie Curie; allí conoció a Juan Ramón Jiménez y trabó amistad con Salvador Dalí y Luis Buñuel.
En ese espacio fue compañero de escritores y poetas que serían futuros integrantes de la Generación del 27, como Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre. También interactuó con "Las sinsombrero", la contrapartida femenina de dicho movimiento cuyo centro de operaciones fue el Lyceum Club Femenino, integrada por Remedios Varo, María Zambrano, María Teresa de León, Maruja Mallo, Marga Gil Roësset y Josefina de la Torre, entre otras. Aquello constituyó un verdadero semillero cultural.
En 1920 publicó su primera obra de teatro, El maleficio de las mariposas, una lúdica exageración de los trastornos que produce el amor en una tranquila comunidad de insectos, y en 1921 su Libro de poemas, luego de un par de años de esfuerzo creativo y mejoramiento de su técnica literaria. Ese mismo año retornó brevemente a Granada y se reencontró con Manuel de Falla, con quien emprendió trabajos relacionados con el cante jondo, los títeres de cachiporra y el folclore andaluz. En 1925 y 1927 visitó a Dalí en su refugio de Cadaqués, donde profundizaron su amistad y el poeta se acercó decididamente a la pintura. En 1927 realizó su primera exposición en la Sala Dalmau de Barcelona con relativo éxito.
Ese mismo año apareció su primer gran éxito: el poemario Canciones e, inmediatamente después, su obra de teatro Mariana Pineda, un drama patriótico en el cual la protagonista es condemned a muerte por bordar una insignia liberal en una bandera durante el reinado de Fernando VII. En 1928 publicó Romancero gitano, un intento por unir lo popular y lo culto, cuyo tema central es la marginación del pueblo gitano, su sufrimiento, sus mitos y sus símbolos que devienen en metáforas vitales. Fue un éxito popular, pero se transformó en un mal trago con sus compañeros de generación, quienes lo acusaron de costumbrista gitano.
En 1929 aprovechó una invitación y rumbeó hacia Nueva York, un viaje que le permitió descansar de las polémicas con sus amigos, superar su separación del escultor Emilio Aladrén y aprender inglés en la Universidad de Columbia. La capital del mundo lo impactó profundamente por su dinámica capitalista, el trato discriminatorio hacia los negros, la deshumanización y la alienación social. Sintetizó sus impresiones en un libro de denuncia en clave poética que se publicó después de su muerte: Poeta en Nueva York, una verdadera joya literaria.
En 1930 retornó a España y participó del anhelo social de terminar con la monarquía. Al año siguiente, ya instaurada la Segunda República, fue invitado por el Ministerio de Educación a divulgar la cultura española por el país. Conformó entonces con el escritor Eduardo Ugarte el grupo teatral “La barraca ambulante”. Este fue su vínculo explícito con la República, el cual lo expondría, años después, ante el franquismo salvaje. En 1931 publicó Poemas del cante jondo, una obra que había escrito en 1921 sobre la esencia andaluza y su forma de expresarla en símbolos como el amor, la muerte, la pena y la soledad.
En 1933 fue invitado por la actriz Lola Membrives a trabajar en Buenos Aires, produciéndose un amor a primera vista con la ciudad. Se sintió un porteño más. Su morada fue la habitación 704 del Hotel Castelar. Dio conferencias, presentó su obra de teatro Bodas de sangre en el teatro Avenida, se hizo habitué del Café Tortoni —donde cantó una noche junto a Carlos Gardel—, se convirtió en un asiduo caminante de la avenida Corrientes y de la calle Florida, y solía escaparse al delta del Tigre. Fueron seis meses de absoluta plenitud.
En 1934 ya estaba nuevamente en España. Se dedicó a escribir obras teatrales y su cénit fue la culminación de la trilogía de dramas rurales que lo situaron entre los grandes escritores mundiales. Esta serie había comenzado con Bodas de sangre (1933), una tragedia de a tres inspirada en un hecho real, con un fondo de celos, persecución y muerte dominado por un escenario de mitos, costumbres y pasión primitiva; la Andalucía profunda, real y mítica a la vez.
Continuó con Yerma (1934), que trata sobre el férreo mandato social de ser madre, la imposibilidad de poder concretarlo y una dramática decisión final. Culminó la saga con La casa de Bernarda Alba (1936), una descripción descarnada de las consecuencias del oscurantismo develado a través de una viuda y su propio martirio, la tiranía materna, la rigidez del luto, el fanatismo religioso, las apariencias, la inevitable rebeldía de una de sus hijas y el drama final con todo el peso de la incomprensión y los usos sociales. Resulta notable la descripción rigurosa y minuciosa de todos los personajes femeninos de la obra; la España profunda de la época reflejada en realismo poético en estado puro.
Simultáneamente, desgranó libros de poemas de gran factura, como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, elegías por su amigo torero herido en una tarde fatal, y Seis poemas galegos, escritos en ese idioma como un homenaje a la tierra que lo cobijó en sus viajes iniciáticos y como muestra de una profunda admiración por sus poetas contemporáneos y medievales. Para el final quedó una obra de teatro que se apartó de las tragedias rurales e ingresó en otro terreno dramático: Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, que aborda las distancias devastadoras, las promesas incumplidas, las esperas interminables y la soltería inevitable, uniendo lo ingenuo, lo fortuito, lo grotesco y lo conmovedor en una sola pieza.
La violencia conservadora se iba instalando con fuerza en España. García Lorca continuaba con su tarea de difusión cultural y con las denuncias contra las injusticias en su tierra, los falsos nacionalismos, los privilegios y la ignorancia. Por estas razones, fue uno de los primeros blancos del franquismo. El odio llegó a tal extremo que su cuerpo nunca apareció. Fue tomado prisionero en la casa de su amigo, el poeta Luis Rosales, trasladado al pueblo de Víznar y fusilado en el camino entre esa localidad y Alfacar, conocido como la carretera de la muerte, posiblemente contra un olivo, durante una triste madrugada del 18 de agosto de 1936.
Sus delitos, tal como se encargaron de explicitar los enemigos de la vida en esa España trágica, fueron ser republicano, poeta y homosexual. La dictadura duró cuarenta años, pero Federico sigue vivo. Universal, vital, cultor de la amplitud de los sentidos, comprometido sin red, culto y cercano.
¡Salud, Federico García Lorca! Por tu poesía y por tu exquisita herencia que la cultura popular multiplica como una muestra indeleble ante la barbarie.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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