
Giordano Bruno: El filósofo que desafió al dogma con la infinitud del universo
Diario Bonaerense
Un día como hoy pero de 1600, las llamas del Campo dei Fiori, en Roma, consumieron el cuerpo de Filippo Bruno, conocido como Giordano Bruno. Filósofo, astrónomo, matemático y poeta, Bruno fue el mayor desafiante de la Iglesia católica en su época y un azote moral contra la Inquisición. Su ejecución marcó uno de los capítulos más oscuros de la persecución al pensamiento libre, pero también el nacimiento de un símbolo de la resistencia intelectual.
Nacido en Nola, Nápoles, Bruno ingresó a la Orden de los Dominicos a los 14 años, donde comenzó su formación en filosofía aristotélica y teología tomista. Sin embargo, su carácter irreverente no tardó en manifestarse: rechazaba la veneración de imágenes, poseía libros prohibidos de Erasmo de Rotterdam y cuestionaba dogmas centrales como la eucaristía. Tras acumular más de un centenar de causas en su contra, huyó de los hábitos para iniciar una vida errante por Europa que lo llevaría a Ginebra, París, Londres y Fráncfort.
La gran "herejía" de Bruno fue su visión del cosmos. Rechazó que la Tierra fuera el centro de la creación y, adelantándose a su tiempo, sostuvo que el universo era homogéneo, infinito y poblado por innumerables sistemas solares. En obras como Cena de cenizas y Del infinito, el universo y los mundos, describió una realidad donde la materia es eterna y está en permanente mutación, una idea que colisionaba frontalmente con el principio de trascendencia divina defendido por el Vaticano.
En 1592, tras regresar a Italia por una invitación que resultó ser una trampa, fue entregado a la Inquisición. Pasó siete años encarcelado en el Palacio del Santo Oficio, bajo cargos de blasfemia e inmoralidad. El proceso fue dirigido por el cardenal Roberto Belarmino —el mismo que años más tarde juzgaría a Galileo Galilei—. A pesar de las torturas y las constantes ofertas de retractación, Bruno se mantuvo firme en sus convicciones hasta el final.
Al leerle la sentencia de muerte en la hoguera, su respuesta fue lapidaria: “Tal vez, ustedes pronuncien la sentencia con mayor miedo con el que yo la recibo”. Fue quemado vivo con la lengua inmovilizada para que no pudiera hablar a la multitud, rechazando en su último aliento el crucifijo que le acercaron. Siglos después, la ciencia comprobaría muchas de sus teorías sobre la infinitud del cosmos, obligando a la Iglesia a reconocer el error de su acción despiadada.
Salú Giordano Bruno! Por tu firmeza ante el dogma y el oscurantismo, y por esa imaginación infinita que permitió a las generaciones siguientes transformar la intuición en ciencia.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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