
Día Mundial de la Energía: El dilema entre el desarrollo humano y la preservación del planeta
Diario Bonaerense
Un día como hoy pero de 1949, la Organización de las Naciones Unidas instituyó el Día Mundial de la Energía. El objetivo de esta fecha es impulsar el acceso universal a servicios energéticos fiables y modernos, disminuir la utilización de recursos no renovables y promover el uso de fuentes alternativas. La República Argentina se sumó a esta conmemoración mediante el Decreto Nº 3613/49, reconociendo la energía como un motor fundamental del progreso.
La energía no es solo un recurso técnico; es un derecho social que hoy vive en tensión permanente. Por un lado, se encuentra la pretensión de manejarla como un commodity financiero y, por el otro, la necesidad de millones de personas de alcanzar una calidad de vida digna. Este escenario nos enfrenta a un dilema crucial: ¿cómo garantizar el crecimiento económico de las naciones en desarrollo sin profundizar la degradación del medio ambiente?
La inequidad planetaria es alarmante. Los 30 países más desarrollados, que representan apenas el 15% de la población mundial, consumen el 60% de la energía moderna. Mientras tanto, un 13% de la humanidad ni siquiera tiene acceso a la electricidad. Resulta contradictorio que las naciones que crecieron a base de carbón y petróleo exijan ahora cambios abruptos al resto del mundo, sin estar dispuestas a reducir su propia cuota de contaminación ni firmar acuerdos ambientales de fondo.
Para descifrar este acertijo, aparecen dos conceptos clave: la transición energética y el uso racional de la energía. En Argentina, contamos con ventajas comparativas estratégicas para liderar este proceso. Poseemos el hidrocarburo menos contaminante, el gas natural, que representa el 51% de nuestra matriz actual. Además, disponemos de ingentes reservas de litio, zonas de radiación solar óptima, vientos regulares, ríos caudalosos y biomasa.
Actualmente, la ecuación energética nacional se completa con petróleo (30%), renovables (9%), hidráulica (5%), nuclear (4%) y carbón (1%). El gas natural se perfila como el combustible de transición por excelencia, permitiendo un ascenso sostenible de las energías limpias. El desafío de los próximos años será político y cultural: demandará cambios profundos en la producción de bienes y el compromiso de desechar formas de producción que dañen la vida en los mares o la corteza terrestre.
La solución reside en manos de mayorías conscientes. Una energía accesible, un uso racional y una conciencia ambiental ligada a las necesidades humanas son las herramientas para evitar una degradación social devastadora y construir, finalmente, un mundo más justo.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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