11 de septiembre: Domingo Faustino Sarmiento, luces y sombras del hacedor de la educación argentina

A 138 años de su muerte, se celebra en su honor el Día del Maestro y de la Maestra en la República Argentina. Impulsivo, polémico y con una capacidad de trabajo extraordinaria, fue el gran promotor de la escuela pública, laica y gratuita, además de una figura central e interpelante en la formación de la organización nacional.
Las Efemérides del "Pelícano"Hace 6 horasDiario BonaerenseDiario Bonaerense

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Un día como hoy, pero de 1888, fallecía Faustino Valentín Quiroga Sarmiento (el nombre Domingo le fue agregado con posterioridad) y, en conmemoración de esta fecha, se celebra el Día del Maestro y de la Maestra en nuestro país. Fue uno de los personajes más polémicos de nuestra historia: impulsivo, de extraordinaria capacidad de trabajo, feroz con sus enemigos, perseverante, solitario, fácilmente irritable, irónico, conocedor de la dinámica de su época, propagandista eficaz, unilateral en su concepción de progreso y desarrollo, y parte indisoluble de las luces y sombras de nuestra patria. 

Nació en Carrascal, uno de los barrios más pobres de la ciudad de San Juan. Fue hijo de un veterano de las luchas por la independencia y baqueano del Ejército, y de una tejedora que construyó su propia casa familiar. Fue uno de los 15 hijos de esa pareja, de los cuales solo sobrevivieron cinco.

Al terminar la escuela primaria, la madre de Sarmiento quiso que estudiara para sacerdote en Córdoba, pero él se negó enfáticamente e intentó conseguir una beca para continuar su educación en Buenos Aires. No lo logró y se quedó en San Juan. Desde ese momento fue autodidacta: amigos y parientes lo ayudaron con matemáticas, latín y teología; con el idioma francés se las arregló solo. En 1825, su tío José de Oro fue desterrado y recaló en la provincia de San Luis, más precisamente en el pueblo de San Francisco del Monte, donde junto a Sarmiento fundaron una escuela. 

Más tarde regresó a su provincia, trabajó en la tienda de su tía y en 1827 se produjo un hecho que definió su postura política futura: la invasión de San Juan por las fuerzas de Facundo Quiroga en la guerra civil declarada en nuestro territorio. Sarmiento fue reclutado por el ejército federal, se opuso a algunas órdenes recibidas, fue a prisión por desacato y se terminó uniendo al ejército unitario con el grado de teniente. Luego de la derrota en la batalla de Chacón, se exilió en Chile (1831). 

Allí trabajó de empleado de comercio y de maestro; en Pocuro fundó su propia escuela y se enamoró de su alumna María Jesús del Canto, con quien tuvo a su única hija —Ana Faustina Sarmiento— sin contraer matrimonio. Simultáneamente, trabajó como obrero minero y contrajo fiebre tifoidea, por lo que la familia pidió al gobernador de San Juan que permitiera su vuelta. Así ocurrió. 

Formó la Sociedad Literaria, que utilizó también como centro de reuniones de los opositores a Juan Manuel de Rosas. En 1839 fundó un instituto secundario para señoritas, el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, y creó el periódico El Zonda, donde continuó su prédica antirosista. Eso motivó que fuera nuevamente preso y obligado a exiliarse en Chile. 

Comenzó a trabajar como periodista y consejero en educación del gobierno chileno, que lo designó director de la Escuela Nacional de Preceptores (primera formadora de maestros en América). En 1845 publicó Facundo, una obra central de su pensamiento político en la cual sintetizó su idea de civilización —que identificaba con el progreso, lo urbano y lo europeo— y de barbarie —que asociaba al atraso, lo rural, el indio y el gaucho—. Obra clave, dramática, directa y anticipatoria de su accionar. 

Hasta 1847, el gobierno chileno lo envió en un periplo por Uruguay, Brasil, Francia, España, Argelia, Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Cuba para investigar los avances en educación, interesándose también por la infraestructura y las comunicaciones. Esa experiencia está relatada en su libro Viajes por Europa, África y América, en el que también esbozó su proyecto de educación pública, gratuita y laica. En 1848 se casó con la viuda Benita Agustina Martínez Pastoriza y adoptó a su hijo Domingo Fidel Castro, Dominguito (aunque algunos datos indican que era hijo suyo), de quien se separó al año. Escribió Recuerdos de provincia, una autobiografía donde intercaló recuerdos infantiles con retratos de su madre, su tío y personajes que tuvieron actuación relevante en la formación de la nación. 

En 1851 regresó a nuestra patria y se incorporó al Ejército Grande, comandado por Justo José de Urquiza, con el cargo de teniente coronel y encargado de la redacción del boletín del ejército. Tras el triunfo de Caseros se alejó, se enfrentó a Urquiza y se expatrió nuevamente: primero a Río de Janeiro y luego a Chile, donde se incorporó a la logia masónica Unión Fraternal de Valparaíso. 

En 1855 regresó a la Argentina; un año después fue elegido concejal de la ciudad de Buenos Aires y en 1860 fue convencional de la Asamblea Constituyente que reformó la Constitución, además de ministro de Gobierno durante la presidencia de Santiago Derqui. En 1862 fue electo gobernador de San Juan, donde creó numerosas escuelas, el Colegio Preparatorio, la Quinta Normal (actualmente Escuela de Enología) y la Escuela de Minas (actualmente Escuela Industrial); confeccionó el plano topográfico de la provincia de San Juan e incentivó la minería y el desarrollo agrícola con los inmigrantes. Sin embargo, sus disputas con el ministro del Interior nacional, Guillermo Rawson, hicieron que renunciara en 1864 y partiera como ministro plenipotenciario argentino a los Estados Unidos. Allí quedó impresionado por el desarrollo económico, el peso de la educación y el funcionamiento de grandes ciudades como Boston, Nueva York o Montreal. 

En 1868 fue electo presidente de la Nación. Heredó la Guerra de la Triple Alianza —en la que murió su hijo Dominguito—, la cual finalizó en 1870 con la sangrienta derrota paraguaya. En paralelo, dio forma a un nuevo sistema educativo: construyó 800 escuelas, alcanzando la cifra de 100.000 alumnos; quadruplicó los subsidios educativos a las provincias; incorporó nuevos métodos de enseñanza; trajo 61 maestras de Estados Unidos; creó escuelas normales; subvencionó la primera escuela de sordomudos; fundó los Colegios Nacionales de La Rioja, Santa Fe, Rosario, San Luis, Jujuy, Santiago del Estero y Corrientes; y estableció las escuelas de Agronomía de San Juan, Mendoza y San Miguel de Tucumán. 

Propició la creación de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares y la Exposición de Artes y Productos Nacionales, embrión de las futuras exposiciones de maquinaria agrícola. Fundó el Colegio Militar de la Nación y el Liceo Naval con su flota, extendió 1.300 kilómetros de vías férreas, tendió 5.000 km de líneas telegráficas y la primera comunicación telegráfica con Europa, construyó los puertos de Zárate y San Pedro, y organizó el primer censo nacional en 1869, donde detectó que el 71% de la población era analfabeta. 

Fue una obra frenética en solo seis años de gobierno. Luego fue ministro del Interior, director general de Escuelas de la provincia de Buenos Aires y Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación, lugar desde donde impulsó la aprobación de la Ley 1.420 de educación gratuita, laica y obligatoria.

Una larga relación lo unió durante muchos años —de forma clandestina o pública— a la escritora Aurelia Vélez Sarsfield, coescritora del Código Civil Argentino. Ella preparó y cuidó su candidatura presidencial mientras él estaba en Estados Unidos, y fue quien lo acompañó hasta sus últimos días.

Sarmiento también fue un personaje implacable en los enfrentamientos armados de su tiempo: perseguidor mortal del Chacho Peñaloza, ejecutor de la orden del fusilamiento de los coroneles Santa Coloma y Chilavert tras Caseros, e instigador ante los levantamientos de los caudillos y rebeliones populares en las provincias, entre otros episodios cruentos que involucraron a gauchos e indígenas. Fue el prototipo de una época de nuestra historia en que no había mediaciones ni se pedían.

¡Salud, Sarmiento! Porque, como pocos, expresaste nuestros dilemas irresueltos y nos desafiaste a encontrar caminos mejores que los transitados en esos años, los cuales aún nos siguen interpelando.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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