
7 de agosto: Carlos Monzón, de la gloria olímpica en el ring al crimen atroz y el trágico final
Diario Bonaerense
Un día como hoy, pero de 1942, nacía Carlos Roque Monzón. Eran casi las 22 horas de una noche fría y lluviosa de invierno en San Javier, provincia de Santa Fe. Nació en un rancho de madera de la isla, con paredes de paja recubierta de barro y cuatro habitaciones. Ya tenía siete hermanos. Su madre estaba en el suelo duro y apisonado, protegida con una frazada y dos braseros de leña y carbón, y a su lado, Norberta Flores, la vecina que hizo de partera en los ocho nacimientos. Después vinieron cinco hermanos más.
Tuvo una infancia marcada por el hambre y una vida irremediablemente violenta; nos dio un inolvidable campeonato del mundo y catorce alegrías defendiendo el título de los medianos; fue autor del imperdonable asesinato de su esposa Alicia Muñiz, y tuvo una muerte trágica en el paraje Los Cerrillos de la Ruta Provincial 1, al noreste de Santa Rosa de Calchines, en su provincia natal.
Fue uno de nuestros ídolos del boxeo junto a Nicolino Locche, Ringo Bonavena y Horacio Accavallo. Los memoriosos agregarán a esa lista a José María Gatica y los más memoriosos a Luis Ángel Firpo.
Su infancia comenzó en el barrio "La Flecha" de su San Javier natal y a los nueve años se mudó con su familia al barrio "Barranquitas", en el oeste de la ciudad de Santa Fe. Iba a la escuela primaria con la caja de lustrabotas para trabajar a la salida. No le gustaba estudiar, así que en cuarto grado plantó bandera. Fue sodero, lechero y canillita y, mientras tanto, practicaba boxeo. Sus primeros pasos los dio en el Club Cochabamba, cercano a su casa, bajo las órdenes de Roberto "Tito" Agrafogo. Debutó como amateur el 2 de octubre de 1959 en la Sociedad Rural de Santa Fe frente a José Daniel Cardozo: el veredicto fue empate. Cambió de entrenador; pasó por los gimnasios donde entrenaban Rafael Araujo, Ricardo Minella y Oscar Méndez.
Estaba disconforme con sus "maestros". Flaco, desgarbado, anémico y con sus pertenencias en una bolsa de arpillera, llegó una tarde, con 17 años y siete peleas amateurs, al gimnasio de Unión de Santa Fe para ver a su futuro maestro en el ring y en la vida: Amílcar Brusa. "Quiero trabajar con usted, sé que no roba", le dijo. Además, sabía de su fama de entrenador duro y exigente y sus contactos con la policía, que más de una vez lo salvaron después de una pelea callejera o un escándalo familiar.
Brusa lo midió en el gimnasio ubicado abajo de la popular tatengue, le vio "pasta" aún con sus brazos raquíticos y descubrió rasgos que otros no vieron: sus ganas desbordantes rayanas en un instinto asesino, su persistencia y su capacidad para absorber golpes. A partir de ese momento, la relación fue inquebrantable. Jamás firmaron papel o contrato alguno: la lealtad fue el factor común.
Ya tenía un hijo, Carlos Alberto, de su unión con Zulma Encarnación Torres, quien se separó de Monzón por la violencia familiar recurrente. Irascible, solitario y buscador, comenzó otra relación con Mercedes Beatriz García, "Pelusa", y meses después se casaron en Santa Fe. Él tenía 19 años y ella 16. Tuvieron una hija y un hijo: Silvia Beatriz y Abel Ricardo. El matrimonio terminó abruptamente en 1974, luego de que "Pelusa" se cansara de soportar agresiones violentas y agravios.
Debutó profesionalmente el 6 de febrero de 1963 en el club Ben Hur de Rafaela frente a Ramón Montenegro; ganó por KO en el segundo round. En febrero del ’66 fue campeón provincial. En septiembre le ganó el título nacional a Jorge Fernández, el "Torito de Pompeya", y al año siguiente ganó el título sudamericano. Había nacido "Escopeta". El apodo fue fácil de encontrar: era alto, flaco y pegaba.
Así llegó a la inolvidable noche del 7 de noviembre de 1970, en la que demolió a Nino Benvenuti en el 12º round y se consagró campeón del mundo. Los memoriosos recordamos el relato alternado de Osvaldo Cafarelli y Hernán Santos Nicolini, su memorable voz en el éter en el round definitorio y el abrazo posterior con Amílcar Brusa, con lágrimas en los ojos.
Nunca más perdió. Besaron la lona Benvenuti nuevamente, dos veces Emile Griffith, Jean-Claude Bouttier, Tom Bogs, Tony Licata y José "Mantequilla" Nápoles (memorable KOT en el séptimo), entre otros. Solo sufrimos ese 11 de noviembre de 1972, cuando el pelado Bennie Briscoe le pegó esa tremenda piña y Monzón y todos los argentinos subimos la mirada al reloj del viejo Luna Park para que terminaran esos tres minutos infernales (después lo demolió con paciencia), y el 30 de julio del ’77, cuando Rodrigo Valdés lo tiró en el segundo round. Finalmente, la ganó de guapo y se retiró campeón invicto. Era su pelea número cien.
Capítulo aparte merece su incursión en el mundo del cine (La Mary, Soñar, soñar, La cuenta está saldada, Los machos, Amigos para la aventura); sus amistades insospechadas con Alain Delon, Jean-Paul Belmondo, Yves Montand, Lino Ventura o Julio Cortázar; sus inalterables amigos en momentos claves de su vida, Carlos "Chiquito" Uleriche y Mariano Etcheto; su relación apasionada, mediática y violenta con Susana Giménez; y su trágica relación con la actriz y bailarina uruguaya Alicia Muñiz, con quien tuvo un hijo, Maximiliano, y que terminó en un femicidio por el que fue condenado a once años de prisión.
Tuvo una derecha terrible. Fue guapo, tenaz, frío, contundente, feroz. Se reía poco. La Argentina se paralizaba cuando él peleaba. Conoció la pobreza más extrema y las exageraciones del éxito. Tuvo su primera torta de cumpleaños a los 30 años y construyó su primera casa con sus propias manos cuando ya era campeón.
Cometió un crimen atroz y lo pagó acá abajo. Derrapó en la ruta y se quedó mirando el pedazo de vida que le faltaba. No dio tregua ni la pidió. Quizás no tuvo tiempo. O simplemente no quiso…
¡Salud, Campeón!
Ruben Ruiz - El Pelícano


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