3 de agosto: Enrique "Mono" Villegas, el pianista bohemio y noctámbulo que tocó el mejor jazz en la Argentina

Un recorrido por la vida del más importante músico argentino de jazz. Talentoso, mordaz y disciplinado, pasó de descifrar partituras antes de aprender a leer a conquistar escenarios como el Teatro Colón, Nueva York y Europa. Amigo de Borges, Piazzolla y Macedonio Fernández, dejó una huella imborrable por su genialidad sobre el teclado y su inquebrantable libertad.
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3.8 Enrique  Villegas

Un día como hoy, pero de 1913, nacía Enrique Villegas, el más importante músico argentino de jazz.

Toda su familia era sanjuanina, pero él nació en la intersección de Charcas y Agüero, en el barrio porteño de Barrio Norte, en la misma manzana donde también nacieron el bandoneonista Aníbal Troilo y el pianista de folklore Adolfo Ábalos. Cursaba el año 1913. Su madre, Helena Reybaud, falleció cuando él tenía apenas seis meses, mientras que su padre, Enrique Ulises Villegas —odontólogo, abogado y escribano—, devino en criador de gallos de riña y se alejó de la ciudad, por lo que fue criado por sus tías.

Ingresó a la escuela primaria y, al mismo tiempo, inició su periplo en el Conservatorio de Música de Buenos Aires que dirigía el compositor Alberto Williams en la calle Suipacha, frente a la casa de música Gurina (donde Villegas leía toda la música para piano) y a media cuadra de la Confitería del Gas, famoso rival gastronómico en facturas y masas de la Confitería del Molino.

Aprendió a descifrar música antes que a leer y escribir. En el Conservatorio aprendió las estructuras musicales del tango, el folklore y la música clásica, y a los nueve años se encontró por primera vez con el jazz. Ingresó al Colegio Nacional Mariano Acosta, pero su asistencia era deplorable: se escabullía permanentemente para estudiar piano. Como acostumbraba a decir, "... era de nacionalidad pianista". En cuarto año abandonó los estudios secundarios. Su rutina consistía en ensayar nueve horas diarias. No abandonó el colegio por un vacío existencial, sino que lo hizo de forma consciente, eligiendo un rumbo que transitó el resto de su trajinada vida.

En 1932 estrenó el Concierto para piano de Maurice Ravel en el Teatro Odeón de Buenos Aires y, a los pocos meses, ejecutó la versión original de Rapsodia en azul de George Gershwin en el Consejo Nacional de Mujeres. Dos mundos musicales, un solo pianista y una performance inigualable. En esa época descubrió a sus "maestros espirituales": Art Tatum, Fats Waller, Duke Ellington y Louis Armstrong, quienes marcarían su estilo futuro. Después incorporó otras influencias descollantes como Thelonious Monk y Bill Evans; no se privaba de nada al sumar sonidos fundantes a su paleta.

Su envión se iba a ver interrumpido por el servicio militar, pero cuando fue a la revisación médica lo declararon inepto. Entonces, mandó a imprimir y distribuyó una tarjeta personal que decía: "Enrique Villegas, sietemesino. Por eso, se salvó de la colimba".

En 1935 consiguió su primer trabajo en el Alvear Palace Hotel, tocando junto al guitarrista Eduardo Armani. Después ingresó como músico en LR1 Radio El Mundo, de donde sería cesanteado tiempo después cuando expresó públicamente que la muerte de Ravel había sido más importante que la del Papa. Honestidad brutal y despido asegurado.

En 1941 estrenó su obra Jazzeta, primer movimiento junto a Carlos García como solista y otros importantes músicos de jazz. En 1942 dirigió el concierto "Ideal de Jazz" en Radio Belgrano, donde estrenó "Three O'Clock Jump". En 1943 formó una original banda —la Santa Anita Sextet— junto con Panchito Cao en clarinete para inaugurar la boite "La Cigale", y en 1944 creó "Los punteros", junto a Juan Salazar en trompeta, Bebe Eguía en saxo tenor, Jaime Rodríguez Anido en guitarra, Nene Nicolini en contrabajo y Pibe Poggi en batería. No se detenía en cuanto a formaciones musicales y experimentación mientras su fama no paraba de crecer.

En 1949 hizo una pausa con el jazz: reemplazó a Horacio Salgán en el acompañamiento del dúo de música criolla Martínez-Ledesma y grabó temas folklóricos con los Hermanos Ábalos. En 1950 ofreció un recital de piano en el Teatro Odeón dividido en tres partes: la primera de música criolla, la segunda con obras de Brahms, Schumann, Ravel y Bartók, y la tercera con temas de jazz. Un todoterreno de la música.

En paralelo fue cofundador del Bop Club, un refugio de músicos y melómanos que atisbaban las nuevas tendencias del género. Fijaron sus sentidos en el bebop, la vanguardia jazzera traccionada por Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Miles Davis, Thelonious Monk, John Coltrane y Horace Silver. Se juntaban un lunes por medio en la sede de la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes), donde organizaban jam sessions con público, escuchaban discos que llegaban de Estados Unidos y comentaban las novedades difundidas por Héctor Basualdo en la audición "Jazz Moderno" de Radio Splendid. En esa tribu abrevaban Rubén Barbieri, Leandro "Gato" Barbieri, Horacio "Chivo" Borraro, Jorge Navarro, Jorge González, Alfredo Remus y Alberto Casalla: un verdadero seleccionado.

En 1955 fue contratado por Columbia Records y se fue a vivir a Nueva York. Grabó un par de discos con Milt Hinton en bajo y Cozy Cole en batería. Cuando le propusieron tocar ritmos caribeños, declinó la oferta. Prefirió dedicarse a tocar en recintos pequeños y a frecuentar a músicos de la talla de Cole Porter, Count Basie, Louis Armstrong, Nat King Cole o Coleman Hawkins. En 1957 conoció a Duke Ellington en Cleveland, generándose un magnetismo musical inmediato y una mutua identificación jazzera.

Fueron años de un pasar económico muy austero pero de un intercambio cultural notable: vivió a café con leche y pan con manteca, pero tocó jazz, frecuentó los circuitos de cine de Nueva York y se codeó con los grandes maestros en su propia salsa. En 1963 realizó una serie de conciertos en Alemania, Francia y España, para luego regresar a Nueva York a seguir trajinando con el jazz en estado puro. El día de su debut en un recinto neoyorquino llegó acompañado por un contrabajista negro, pero los dueños del lugar le franquearon el paso: "Negros, no", le dijeron. "Entonces, no debuto", respondió. Al día siguiente se embarcó de regreso a la Argentina. Era el año 1967.

Ya era un mito viviente, pero siempre cercano y afable. A tal punto que en esa vuelta recibió su célebre apodo de "Mono". El periodista Rodolfo Arizaga, de la revista Primera Plana, se lo puso por su apariencia física, pero él se burlaba de ese mote y contestaba que sería porque "imitaba muy bien a los seres humanos". Dio varios conciertos con una estructura consolidada de trío: primero lo acompañaron Jorge López Ruiz (contrabajo) y Carlos Casalla (batería); luego Alfredo Remus y Néstor Astarita; y finalmente Oscar Alem y Osvaldo López.

Realizó célebres grabaciones para el sello Trova y editó álbumes como En cuerpo y alma, Tributo a Monk, Metamorfosis, Porgy & Bess, Encuentro, Inspiración (junto al saxofonista Ara Tokatlian), Baladas de amor, 60 años, 3-8-73 y Tributo a Jerome Kern (Aleluya Records). Abrió un boliche en la calle Viamonte, entre Talcahuano y Uruguay, al que llamó "Villegas y sus amigos", donde tocaba entre la una y media y las tres de la madrugada, hasta que lo cerraron por "ruidos molestos", según rezaba el acta de clausura. En 1971 se convirtió en el primer músico de jazz en tocar en el Teatro Colón, ejecutando Rhapsody in Blue junto a la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Pedro Ignacio Calderón.

En 1974 repitió esa performance en el estadio de Vélez Sarsfield ante 20.000 espectadores y en 1975 volvió al Teatro Colón, esta vez en un solo de piano con un recordado repertorio jazzero. Finalizó sus actuaciones en La Peluquería de San Telmo, un refugio íntimo, agradable y digno.

Fue amigo entrañable de Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Xul Solar y Astor Piazzolla. Utilizaba las entrevistas como pequeños géneros literarios provocadores. Era mordaz, divertido, austero, disciplinado en su métier, quejoso por la falta de buenos pianos en nuestra tierra, cauto, agnóstico y de convicciones firmes.

El día de su muerte, un contrabajista amigo le envió un sentido telegrama: "Enrique, que descanses en Jazz". Esa música fue el motor de su vida. Un artista diferente y nuestro, un indispensable de nuestra cultura popular.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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