
24 de mayo: La junta "trucha" de Cisneros y el juramento de Belgrano
Diario Bonaerense
El síndico Julián de Leyva reunió a las autoridades del Cabildo para establecer una Junta de Gobierno provisoria. Ignorando la voluntad mayoritaria del 22 de mayo, resolvieron que dicha Junta fuera presidida por el propio Cisneros —quien conservaría sus rentas y prerrogativas— acompañado por el cura Juan Nepomuceno de Sola, José Santos de Incháurregui, Juan José Castelli y Cornelio Saavedra.
Esta composición era una afrenta directa: con Sola e Incháurregui (reconocidos leales a la Corona), Cisneros se aseguraba la mayoría y el control del nuevo organismo. A pesar de que Saavedra intentó presentar su renuncia por no haber sido consultado, el Cabildo la rechazó y fijó la asunción para las tres de la tarde. Los designados juraron sus cargos y se publicó el bando correspondiente.
Sin embargo, a medida que la noticia corría por el centro y los suburbios, la indignación fue en ascenso. Al atardecer, la casa de Rodríguez Peña fue el epicentro de la resistencia. Allí, harto de la inacción, Manuel Belgrano se puso de pie y lanzó un juramento que quedó grabado en la historia: “¡Juro a la patria, y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas!”.
La efervescencia era ya irrefrenable. Grupos de vecinos se dirigieron a los cuarteles de Patricios y Arribeños para sumar apoyo militar, mientras otros arrancaban los bandos oficiales de las paredes. Cerca de las diez de la noche, en la primera reunión de la flamante Junta, Saavedra y Castelli ratificaron sus renuncias ante un Cisneros que, con ceguera política, afirmaba no percibir agitación masiva en las calles.
En la madrugada, los patriotas no perdieron tiempo. En la casa de Rodríguez Peña, French y Beruti redactaron una nota exigiendo una nueva elección con nombres propuestos por el pueblo. Al mismo tiempo, convocaron a "Los Infernales" y a los vecinos de los suburbios para movilizarse a la mañana siguiente.
En los fogones, entre el frío y la humedad, ya se escuchaban los cielitos que desafiaban al trono: “Cielito, cielo que sí, / el rey es hombre cualquiera, / y morir para que él viva, / ¡la pucha, es una zoncera!”.
La cancha estaba embarrada y el resultado era apretado, pero el pueblo ya había decidido jugar su partido definitivo por la libertad.
Ruben Ruiz - El Pelícano


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