
Sangre y semen: De Tucumán a Julio Iglesias
Diario BonaerenseMientras el cuerpo de Erika Antonella Alvarez era encontrado en un basural y una mujer era arrojada, con las manos atadas, a la vía pública en la provincia de Tucumán, del otro lado del mundo, la denuncia por abuso sexual, violencia laboral y trata de personas contra Julio Iglesias, nos deja un gusto ácido indigerible.
“Si los policías y los investigadores no dicen nada, voy a contar todo lo que mi hermana sabía. Ella tuvo que saber algo. Es algo muy, muy grande, hay mucha gente involucrada. mucho de poder. Ella tenía miedo”, escupió Milena Alvarez, refiriéndose al femicidio que abrió el calendario macabro tucumano.
El dolor desborda por las comisuras de los labios de las que velan las carnes destrozadas con ensañamiento de sus mujeres. Entonces, como un rayo de luz en forma de advertencia, el coraje de algunas nos devuelve la esperanza de que la enorme olla a presión del jardín de la república, por fin, se destape: las mujeres que sostienen la bandera Ni una menos Tucumán saben de ponerle el cuerpo a los edificios rancios de la indiferencia. Caminan mientras acompañan con abrazos renacidos a los familiares que se van sumando detrás del pedido de justicia. Exigen y defienden el nombre y apellido de cada muerta y cada viva que dejaron al costado de una ruta derretida por el calor del poder, ese calor que, de tan obsceno, se vuelve insoportable.

Erika nos enrostra a todas las que se retuercen en su tumba clamando justicia.
El Ministerio Público Fiscal Tucumano parece funcionar a tracción a sangre de las mujeres. Avanza sobre los cuerpos sin miramientos, aplastando cualquier vestigio que se acerque a la verdad. Sigue, soberbio, pisando denuncias nuevas y acumulándolas junto a sus muertas, rematando sobreseimientos al mejor postor, dignándose, después de 20 años, a ofrecerle a la memoria de Paulina Lebos, como una limosna no merecida, un juicio oral. Con el látigo de las injusticias ejemplares, construye un manto de silencio impenetrable. El miedo se convierte en el enemigo íntimo que le respira en la nuca a las víctimas. El adoctrinamiento es brutal para las que se animan a desnudarse y mostrar las lesiones.
Pisar Tucumán es pisar un suelo que late fuerte. Que parece gritar desde el fondo de la tierra. Cruzando realidad y ficción, le pido en voz baja a Dolores Reyes que me preste a Cometierra, para que la piba me diga el nombre de cada alarido que retumba a cada paso.
El cuerpo de Erika, de 25 años, fue encontrado dentro de una bolsa de residuos en un basural cercano a su casa, en la zona de Manantial Sur, en la provincia de Tucumán. El informe preliminar de la autopsia determinó que la joven murió como consecuencia de un traumatismo craneofacial con luxación cervical, una combinación de lesiones que evidencia una agresión de extrema violencia, con golpes severos en el rostro y el cráneo y una lesión fatal en el cuello. Con ese dato, la causa quedó en manos de la Unidad Fiscal de Homicidios de feria.
“Arrojar a la basura el cuerpo sin vida de una mujer dentro de bolsas de consorcio de color negro, y a otra en la vía pública, apenas con vida, con las manos atadas tiene un mensaje simbólico y extremadamente deshumanizador. Su cuerpo es “residuo”, algo sin valor y descartable, que no merece ni duelo ni nombre. Se convierte en un castigo ejemplificador destinado a infundir terror, donde el cuerpo femenino es territorio de castigo, poder y dominación.
La basura es el lugar de lo desechable, donde se pierde su identidad, su nombre, su historia, su condición humana. Su vida no vale nada, su cuerpo es dominable, el terror es la herramienta de dominación, y la humillación es el cierre de una historia de vida. Y las manos atadas un claro mensaje hacia la libertad: “no sólo te quito la vida, te inmovilizo, te someto, te humillo y te domino”, analiza María Carolina Ballesteros, abogada especializada en derecho penal y ex magistrada tucumana.
La palabra miedo es recurrente en cada historia. Abrirla es un desafío necesario. En ese trabajo artesanal, aparece la trampa estratégicamente diseñada: La falta de confianza en el sistema y la resignación. Cada vez más víctimas creen que denunciar no conduce a una condena y mucho menos a una reparación. ¿Cuánta responsabilidad tiene el Estado en esta ecuación desoladora?
“Lo que vemos en la Justicia de Tucumán es el fracaso de la protección estatal y la normalización del miedo. Tucuman va camino a convertirse en un ícono de la violencia en contra las mujeres como lo es Ciudad Juárez. Hay persecución en la provincia de Tucumán y se vive con miedo a denunciar. El miedo tiene que ver con lo que viene después de la denuncia”, relata Ballesteros.
La violencia de género atraviesa todas las capas de una sociedad que pivotea entre el pánico y la fachada a sostener. Ahí, en el extremo menos pensado, una jueza fue amenazada de muerte al grito de “Tortillera hija de puta te voy a meter una bala en la cabeza”, según reza la denuncia y pedido de protección ante la Comisión Interamericana de Derecho Humanos. La jueza es María Carolina Ballesteros. Del otro lado del escritorio, el Ministro Público Fiscal de Tucumán, José Pirincho Jimenez.
Ballesteros, quien sentó precedente a nivel nacional en fallos con perspectiva de género, fue víctima de violencia de género, violencia institucional y amenazas por el propio Poder Judicial que debía protegerla.
Así como nuestras muertas hicieron denuncias que fueron desestimadas, nuestras vivas, también. Ellas, las que aún respiran, son tiradas al escarnio público: Luli, la denunciante por abuso sexual en pluralidad a los cuatro ex jugadores de Velez, es sometida desde hace 22 meses, a violencias mediáticas e institucionales imperdonables.
“Ese tipo de fallos va más allá de un mensaje para silenciar a las mujeres que son víctimas de violencia sexual o desalentar denuncias. En ellos subyace un mensaje más devastador “aunque denuncies, nadie te va a creer”. Lo que no se perdona a las mujeres es defender sus derechos, la libertad, el derecho a elegir, a sentir, y a decir no”, suma a la causa Velez, Ballesteros.
Romper el cerco del silencio a pesar de todo, incluso, enfrentando a quienes ostentan una especie de idolatría popular se transforma en un acto que merece castigo, mucho más cuando el o los denunciados tienen el peso específico y expansivo de la fama: Esa rebeldía contra el patriarcado tiene el mismo impacto en cualquier lugar del mundo. Ahí, las fronteras se desdibujan: La sangre de las víctimas y el semen de los violadores serpentean en cada rincón del planeta y se alojan, entre las cuatro paredes que atestiguan el horror.
Rebeca y Laura, el pasado 5 de enero, denunciaron al cantante Julio Iglesias por abuso sexual, abuso de poder, maltrato laboral y trata de personas, mientras desempeñaban su trabajo en régimen interno en las residencias del cantante en República Dominicana y Bahamas, en 2021.
El asco y el hastío por goteo ha llenado varios vasos de nuestra paciencia y tolerancia. Sin embargo, acá estamos, escribiendo como quien grita, mientras se nos revuelven las tripas.
¿Qué vericueto atroz nos devolvió a las manos de bestias que utilizan su popularidad para reducir a la inhumanidad, para apropiarse de nuestros cuerpos y hacer de nosotras, retazos? ¿Qué les hizo pensar que estaban habilitados a cometer semejantes delitos?. La cadena de complicidades es infinita, con bordes difusos.
Así, en un vuelo rasante desde Tucumán a España, mientras enterramos a Erika, desatamos las manos de la mujer arrojada de un carro y sostenemos el cuerpo sangrante de Luli, Julio Iglesias, quien promediando el año, se transforma en el meme más popular y variado, es acusado de los peores delitos contra la integridad sexual.
Fuente: Pagina12. Por Carolina Fernández
(Carolina Fernández, es actriz, cronista de Tv, conductora y productora de medios)


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