14 de agosto: Raúl González Tuñón, el poeta de los barrios, los puertos y las revoluciones

A 52 años de su fallecimiento, el homenaje al fundamental autor porteño que combinó la vanguardia literaria con el compromiso político. Miembro clave de la generación de "Martín Fierro", cronista de guerra y creador del inolvidable Juancito Caminador, pintó como nadie la belleza, el dolor y la mística de los suburbios del mundo.
Las Efemérides del "Pelícano"Hace 1 horaDiario BonaerenseDiario Bonaerense

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Un día como hoy, pero de 1974, nos dejaba el poeta argentino de los puertos, los barrios y las revoluciones: Raúl González Tuñón.

Nació en 1905 en una casa con dos patios de la calle Saavedra, frente al muro de un asilo, en el barrio del Once de su querida ciudad de Buenos Aires. Hijo de inmigrantes españoles, era el sexto de siete hermanos. Su abuelo materno, Manuel Tuñón, minero asturiano y socialista, fue el primero en llevarlo a una manifestación y le sembró la semilla del compromiso social. 

De adolescente tuvo un oficio y una pasión: caminar la ciudad. El cine Select, el bar y billar El Buen Orden, las zarzuelas del Teatro General San Martín donde conoció a Carlos de la Púa. 

Mientras tanto, escribía en las mesas de las lecherías y en los bancos de las plazas. Caras y Caretas le publicó su primer poema cuando tenía apenas 17 años: "A Frank Brown" (el célebre payaso). En 1926 publicó su primer libro, El violín del diablo, un compendio de fondas, cafetines, cabarés, marineros, prostitutas, ladrones y canallas de Buenos Aires. 

Más tarde, comenzó a trabajar en el diario Crítica junto a Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Nicolás Olivari y otros, hasta que el medio fue clausurado. Participó en la revista Martín Fierro con Borges, Enrique Santos Discépolo, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Macedonio Fernández —integrantes del conocido grupo Florida—, enfrentados teóricamente al grupo Boedo de Roberto Arlt, Leónidas Barletta y Álvaro Yunque. Sin embargo, él y su hermano Enrique fueron un nexo permanente entre ambos colectivos literarios; en eso, no se comportó como el típico argentino marcado por las grietas.

De sus viajes por el país nació Miércoles de ceniza, una obra transgresora y contraria al relato oficial de la época. En 1928 viajó a Francia con el dinero que ganó en un concurso literario y, en 1930, publicó en París La calle del agujero en la media, versos sueltos construidos con una significativa potencia que le dan identidad propia a los poemas, sumados a una sintaxis vanguardista y a un compromiso inalterable.

Retornado a la Argentina, volvió a trabajar en la reapertura del diario Crítica y lo enviaron a cubrir la Guerra del Chaco. Allí vio de cerca la tragedia absurda del conflicto bélico entre Paraguay y Bolivia, donde «...los soldaditos morían abrazados...». Eran crónicas urgentes, crudas y dolorosas.

En 1934 escribió un poema en el que dio vida a un personaje que se volvería popular y se transformaría en canción y en película: Juancito Caminador, un prestidigitador que el poeta dijo haber conocido en un circo de la Patagonia y del que se hizo amigo porque llevaba el mismo nombre que su marca de whisky preferida (Johnnie Walker).

En 1936 publicó La rosa blindada, obra inspirada en la sublevación de los mineros asturianos cuando el fascismo acechaba con sus acciones anticipatorias. Desde el propio título de la obra transmitió la necesidad de no ser neutral ante la barbarie que avanzaba a la vista de todos, e involucró a la cultura como un arma fundamental en las luchas sociales y políticas.

Ante la guerra civil española, se consideró un republicano más. Fue así que viajó a España como corresponsal de La Nueva España y relató esa tragedia que anticipó la Segunda Guerra Mundial, funcionando como un laboratorio bélico para escarmentar a un pueblo que quiso ser libre transitando su propio camino de construcción social, y para demostrarle al resto del mundo que los poderosos no tienen piedad ni escrúpulos cuando se trata de disputar intereses.

En 1939 viajó a Chile por quince días para visitar a su amigo Pablo Neruda y se terminó quedando cinco años. Fue uno de los fundadores del diario El Siglo, donde escribía dos columnas diarias.

Con el advenimiento del peronismo al poder, regresó a la Argentina y publicó su primer Canto argentino, un relato coral de las luchas del pueblo. En 1952 publicó Hay alguien que está esperando y, en 1957, La luna con gatillo y A la sombra de los barrios amados.

En la década del ’60 editó Demanda contra el olvido, Crónicas del país del nunca jamás, El rumbo de las islas perdidas y La veleta y la antena, a los que más tarde se sumaría El banco en la plaza. Obras en las que adquirió un tono más intimista que no restó fuerza a su poética comprometida, pero que la rodeó de nuevos elementos para resignificar esa síntesis entre el lenguaje del arte y el de la vida cotidiana. 

En la noche del 13 de agosto escribió su último poema, en homenaje a Víctor Jara, el cantor asesinado por la dictadura chilena. El 14, a la hora de la siesta, se despidió para siempre. 

Escribió sobre muchas ciudades del mundo, pero nunca se olvidó del cementerio de tranvías de Loria y Carlos Calvo, del misterio del Parque Lezama, del salón de baile La Argentina, de la calesita de Floresta, de la plazoleta de jubilados de Constitución ni de la fogata de San Juan. 

Describió como pocos el mundo orillero, los bajos fondos, a los marineros, payasos, prostitutas, borrachos, muñecos de trapo, fondas y cafés, personajes solitarios y ladrones. De esos ladrones imperdonables, arrinconados en vidas miserables y desesperadas, pero que respetaban códigos no escritos. No como hoy.

«Los ladrones usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas. Algunos llevan una linterna sorda en el bolsillo. Por otra parte, se enamoran de robustas muchachas, coleccionan tarjetas postales y a veces lucen un tatuaje en el brazo izquierdo: una flor, un barco y un nombre: Rosita. Todos los ladrones están enamorados de Rosita y yo también. Los ladrones saben silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el vals. Aman sobre todo a la madre anciana y cuando ésta se les muere cantan un tango, lloran desconsoladamente y de los objetos dejados por la muerta, a repartirse entre los hermanos, eligen una virgen de plata y el canario».

¡Salud, Raúl! Por tu convoy de personajes que todos conocimos alguna vez en el barrio, por tu descripción de los suburbios recónditos del planeta, por tus versos que destilan calle, por tu impronta de reportero universal y por tus ganas de cambiar el mundo. 

Un personaje pasional y sensible de nuestro imaginario popular...

Ruben Ruiz - El Pelícano

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