
Violeta Parra: La voz de la tierra que agradeció a la vida antes de partir
Diario Bonaerense
Un día como hoy pero de 1967 nos dejaba la chilena Violeta del Carmen Parra Sandoval, compositora, cantante, folklorista, divulgadora tenaz, escultora, pintora, ceramista y bordadora. Fue la mujer que rescató el alma de su pueblo de los rincones más profundos de la geografía trasandina para proyectarla al mundo entero.
Nació en 1897 en San Carlos, provincia de Ñuble, en una familia pobre pero empapada de música. Hija de un maestro y guitarrista y de una madre modista y tejedora, Violeta creció en los campos del sur chileno entre carencias y enfermedades como la viruela, que la marcó a los tres años. Tras la muerte de su padre en 1929, comenzó un periplo itinerante cantando en circos, restaurantes y trenes para ayudar a la economía familiar. En 1932 se instaló en Santiago con su hermano, el poeta Nicanor Parra, y decidió que su vida sería la música.
En 1939 se casó con Luis Cereceda, con quien tuvo a sus hijos Isabel y Ángel, también destacados músicos. Violeta nunca encajó en el modelo tradicional de esposa; su actividad era intensa en radios, botes del puerto y giras. Tras su separación, formó el dúo "Las hermanas Parra" con su hermana Hilda, ganando popularidad en los boliches de la avenida Matucana. Sin embargo, el gran quiebre llegaría en 1952 cuando, a instancias de Nicanor, inició su investigación sobre el folklore chileno. Recorrió barrios pobres, comunidades mineras y poblaciones mapuches, compilando más de 3.000 canciones en su libro Cantos folclóricos chilenos, una síntesis de identidad cultural sin precedentes.

Su carrera despegó con masividad en Radio Chilena y Radio Minería. En Europa grabó para la BBC y en 1964 se convirtió en la primera mujer latinoamericana en exponer en el Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre, exhibiendo sus óleos, esculturas en alambre y sus famosas arpilleras. De esa época son sus temas más filosos y críticos, como “Arauco tiene una pena” y “Según el favor del viento”, que sentaron las bases de La Nueva Canción Chilena.
A su regreso en 1965, instaló una carpa que llamó "La Universidad del Folklore" y grabó su disco cumbre: Las últimas composiciones. Allí se encuentran sus genialidades póstumas: “Run Run se fue p’al norte”, “Volver a los 17” y el himno universal “Gracias a la vida”. Inmersa en un estado de ánimo depresivo y tras el desamor de su último compañero, Gilbert Favre, decidió quitarse la vida en su carpa de La Reina. No abandonó; solo decidió irse, dejándonos una obra que es patrimonio de la humanidad.
Salú Violeta! Por tu entereza, tu trabajo de hormiga, por tus músicas y tus letras inoxidables que nos enseñaron a mirar lo propio con orgullo.
Ruben Ruiz - El Pelícano



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