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title: "2 de julio: A 131 años del fallecimiento de Ignacio Pirovano, el pionero que revolucionó la medicina y fundó la cirugía argentina"
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description: "Introductor de las técnicas modernas de asepsia y antisepsia que salvaron miles de vidas, fue el primer profesional en realizar una laparotomía en el país. Formador de una brillante generación de médicos, su legado transformó para siempre los hospitales públicos y la enseñanza académica de la medicina en la Argentina."
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date_published: "2026-07-02T08:00:00-03:00"
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  - "Diario Bonaerense"
  - "Efemérides"
  - "Ignacio Pirovano"
  - "Ruben Ruiz - El Pelícano"
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author_bio: "Diario de la Provincia de Buenos Aires"
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# 2 de julio: A 131 años del fallecimiento de Ignacio Pirovano, el pionero que revolucionó la medicina y fundó la cirugía argentina

![Captura de pantalla 2026-06-30 104746](/download/multimedia.normal.ba5a6ed4ce5689f5.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Un día como hoy, pero de 1895, se despedía Ignacio Pirovano, eminente cirujano argentino que realizó la primera *laparotomía* (intervención que se efectúa con el objeto de abrir, explorar y examinar las paredes abdominales para tratar los problemas que se descubran) y se destacó como formador de camadas de notables colegas.

Nació en 1844 en el pueblo de Belgrano, que en esa época no pertenecía al eji do de la ciudad de Buenos Aires y era un lugar alejado, marginal y pobre.  Fue hijo de Catalina Ayeno, de ascendencia italiana y austríaca, y de Aquiles Pirovano, de origen corso y de profesión platero. Ignacio cursó sus estudios secundarios en el Colegio Central (hoy, Colegio Nacional de Buenos Aires) y en 1865 estudió Farmacia, con cuyo certificado pudo ingresar a la Facultad de Ciencias Médicas en 1866. Al integrar una familia humilde, trabajó activamente para costearse sus estudios. Fue practicante del doctor Francisco Muñiz durante la guerra contra el Paraguay, asistió en la epidemia de cólera de 1867 y en la de fiebre amarilla de 1871, realizó prácticas en la farmacia El Cóndor de Oro —ubicada en las actuales Corrientes y Maipú— y trabajó en la farmacia del Hospital de Hombres.

Gozaba de un humor sarcástico que combinaba con ingenio y simpatía. Durante sus años de facultad integró, en calidad de “aseso r”, el “Comité de Mortificación Pública” y “El club del esqueleto”, entre otros  espacios. Su principal mérito radicó en su capacidad intelectual, su facilidad de aprendizaje y su constante curiosidad por la innovación. En 1872 se recibió de médico y su tesis se tituló *Herniotomía*, un trabajo que confrontaba con las rutinas existentes de la época y proponía la extirpación inmediata en los casos de hernias estranguladas; una teoría anticipatoria pero muy resistida en ese entonces.

Su capacidad como médico cirujano residente, su acercamiento a las novedades de la ciencia y su estilo para comunicarlas le generaron un rápido prestigio y lo acercaron a una beca del gobierno de la ciudad de Buenos Aires para perfeccionarse en Europa. El periplo se extendió por Francia, Inglaterra, Alemania e Italia, y duró tres años. Durante su extensa estadía en París asistió a las clas es d e Claude Bernard y Luis Pasteur, presenció las intervenciones quirúrgicas de Auguste Nélaton y Jules Péan, y tomó contacto con Joseph Lister, el cirujano británico que desarrolló las técnicas de asepsia y antisepsia que mejoraron notablemente las situaciones postoperatorias e hicieron caer el número de infecciones que eran comunes después de las intervenciones.

Participó en operaciones que se realizaban en el Hospital Saint Louis y en la Clínica Levallois-Perret , ubicadas en los suburbios parisinos, donde conoció las pinzas hemostáticas (instrumento quirúrgico para controlar los sangrados) y apr endió el uso de la litotricia (técnica que utiliza ondas de choque para deshacer cálculos en los riñ ones, la vejiga o los uréteres). En  el *King's College* de Londres conoció los secretos de la laparotomía o la “conquista del abdomen”, como refería el doctor William Ferguson; en Berlín incorporó conocimientos sobre cirugía de urgencia y la extracción de cuerpos extraños u órg anos; y en Florencia presenció novedosas técnicas quirúrgicas.

Rechazó varias ofertas para investigar en el Viejo Continente y en 1875 retornó a la Argentina con su título de Doctor de la Facultad de Medicina de París. Reinició sus tareas en el Hospital de Hombres de Buenos Aires y fue designado titular de la cátedra de Histología y Anatomía Patológica en la Universidad de Buenos Aires.

Exigió la compra de un microscopio y la instalación de un laboratorio. Impuso el uso del g uardapolvo con mangas cortas para operar (y no  la ropa de calle con levita, como se acostumbraba) y nuevos métodos de asepsia. Gracias a esto, bajaron drásticamente las gangrenas tan comunes en esos años. Implantó una reforma curricular mediante la cual se comenzaron a dictar clases de Histología normal y Anatomía patológica, y se concentró en el estudio de la estructura de los tejidos normales para comprender el desarrollo de los procesos mórbidos. Desarrolló técnicas entonces desconocidas en el medio local: fijación de los tejidos con ácido pícrico, oclusión con solución de goma y alcohol, cortes con navaja, y coloraciones con ácidos y nitratos.

Obligó al uso de métodos asépticos estrictos: sumergir el instrumental, los campos quirúrgicos y las esponjas en ácido fénico; rociar con pulverizadores las salas de operaciones, las manos de los cirujanos y  las de sus ayudantes; y cubrir con apósitos herméticos la zona operada. Aplicaba minuciosamente las normas aprendidas con Joseph Lister. En 1879 ocupó la cátedra de Medicina Operatoria, en 1883 fue designado titular de la cátedra de Clínica Quirúrgica en el Hospital de Clínicas y trabajó en el Segundo Hospital de Niños, al que transformó en un centro masivo de operaciones. Se inició así el camino de la cirugía infantil en la Argentina, junto a la cirugía plástica y reparadora para niños y niñas.

También se especializó en cirugía de cabeza, cuello y extremidades, y formó una extensa camada de discípulos: Enrique Bazterrica, Alejandro Posadas, Diógenes Decoud, Alejandro Castro, Antonio Gandolfo, Andrés Llobet, Juan B. Justo, Pascual Palma, José Molinari, Daniel Cranwell, Marcelino Herrera Vegas, Nicolás Repetto, David Prando y Avelino Gutiérrez.

Una mañana llam ó a su discípulo Alejandro Castro para que le extirpara un ganglio del cuello. Él mismo practicó el estudio microscópico. E nvió la pieza para que realizaran la biopsia sin develar los datos del pacie nte y la respuesta fue contundente: “Cáncer. Caso perdido”. Efectivamente, padecía un cáncer en la base de la lengua.

Transitó la enfermedad de forma estoica. Se retiró de su actividad médica y académica, se refugió en su casa del Tigre, visitaba con su lancha las plantaciones de su isla en el Caraguatá, recorría los arroyos del Delta con melan colía y serenidad, y hablaba de su afección como si se tratara de otra persona. Su hora llegó cuando le faltaban dos meses para cumplir los 51 años.

Sabio, campechano, noble, curioso, amante de la innovación, aficionado al dibujo, la pintura y la escultura, y amigo de los pájaros, el campo y el río.

¡Salud, Ignacio Pirovano! Por tu decisión ante lo desconocido, por tu capacidad para aprender nuevas técnicas y tu destreza para aplicarlas y ayudar a transformar la salud pública.

Ruben Ruiz - El Pelícano

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